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Acto tercero


(Don Deogracias, después PASCASIO)

DEOGRACIAS: Es preciso, sí, mi mujer es el diablo. Pascasio, Pascasio... este muchacho pudiera descubrirlo todo.

PASCASIO: Señor.

DEOGRACIAS: Mira, ¿tú has sido criado del conde del Verde Saúco, eh?

PASCASIO: Sí, señor, ya sabe usted que de su casa vine aquí, que la dejé porque nunca veía un cuarto de mis salarios, porque todo el día me traía hecho un zascandil: a casa del sastre; del acreedor a llevar esperanzas; del empeñador, del prestamista, porque tenía su señoría un compromiso y era preciso salir de él a toda costa..

DEOGRACIAS: Bueno, bueno, ya me lo has dicho.

PASCASIO: Pero, sin embargo, le quiero, como a todos mis amos; eso es otra cosa, y en cuanto pudiera servirle que no fuera...

DEOGRACIAS: Bueno, bueno; mira, Pascasio, tú eres hombre callado.

PASCASIO: Señor, desde que soy su jardinero de usted no creo...

DEOGRACIAS: No, no me has dado motivo de sentir, estoy contento; pero ven a mi cuarto; se trata de que ya que conoces al conde no descubras un proyecto que traigo entre manos.

PASCASIO: Señor, ya sabe usted que yo...

DEOGRACIAS: Sí, bien, te lo explicaré; ven a mi cuarto.

(Salen ambos por una de las puertas de la derecha, la que conduce al cuarto de DEOGRACIAS. Por la puerta de la izquierda---de la calle- llega FRANCISCO acompañado del CONDE DEL VERDE SAÚCO y de su criado SIMÓN).

FRANCISCO: (Abriéndoles la puerta). Aún tardarán porque se están peinando; pero pasen ustedes aquí.

CONDE: Mejor estaremos aquí que en esa antesala maldita.

SIMÓN: Pero, señor, ¿todo un conde del Verde Saúco andar en estos misterios y disfraces: Será posible que el amor le tenga a vuestra señoría tan turbado, que no conozca que se pone en el caso de hacer un papel ridículo?

CONDE: ¡Ah! ¡ah! ¡ah! no lo entiendes.

SIMÓN: ¿Se ríe vuestra señoría? Pues cierto que es cosa de risa.

CONDE: ¿No quieres que me ría, si no sabes de la misa la media? Amor, dices. ¿Cuándo me has visto tú enamorado desde que eres mi ayuda de cámara? Eso es muy plebeyo; muy antiguo.

SIMÓN: Pues, señor, entonces no alcanzo qué fin puede vuestra señoría llevar en introducirse así en casa de unos simples comerciantes, aguardar a que no esté el amo, pasar recado a la señora, y guardar aquí una rigurosa antesala, que vuestra señoría mismo no se la hace hacer a un...

CONDE: Verdad es; mira, ya que tú me acompañas en esta intriga, y que sabes que mi marcha es supuesta, quiero confiarme a ti. ¿Tú sabes cómo andan mis negocios?

SIMÓN: Sí, señor, lo sé.

CONDE: ¿Qué no tengo más esperanzas que las que me hace concebir mi tía, la que se está muriendo, pero que probablemente saldrá de este ataque como ha salido de otros diez, y vivirá todavía una porción de años?

SIMÓN: Sí, señor.

CONDE: ¿Qué estoy lleno de deudas, que ya lo estaba antes de ir a París, que allá me he acabado de arruinar? Ya se ve, esa maldita Josefina me ha desollado; pero vamos a ver, ¿qué remedio? Un hombre de mi clase... es indispensable tener caballos, trenes, buena mesa, familia, palco en la ópera, vestirme por el mejor sastre, tener el mejor zapatero, vivir en un hôtel carísimo...; luego, esas niñas no están contentas si no se les regala todos los días, cuando las pulseras de diamantes, cuando el aderezo, cuando un reloj; ni yo puedo hacer alto en eso. En una palabra, tú conoces las mujeres, y sabes como yo que para ser querido...

SIMÓN: Sí, señor, sí, señor.

CONDE: Luego hay que ir a sociedades; estando en una sociedad es preciso jugar, y jugando es preciso perder, y perdiendo ya ves tú lo que se sigue; de suerte que yo, que ya necesitaba poco, tuve que volverme cuando mi contador, que hablando aquí para entre los dos, es un solemne pícaro...

SIMÓN: Sí, señor.

CONDE: Pero un pícaro que no puedo despedir, porque, como no es moda tomar uno mismo sus cuentas, después de robarme tiene la habilidad de probarme que todavía le debo dinero y favores; pues, señor, tuve que volverme cuando este tal me escribió que no había más fondos; que la mayor parte de mis bienes estaban en hipoteca; que de lo libre nada quedaba sino cuatro miserables majuelos que no dan al año vino para llenar una botella, y que los acreedores le agobiaban, y era preciso...

SIMÓN: Ya, ya entiendo.

CONDE: Luego esta maldita circunstancia de no poder uno hacer nada sin que todo el mundo lo sepa, ha hecho que la fama de mi ruina vaya siempre delante de mí a todas partes; de modo que el único medio que me quedaba de evitar una quiebra vergonzosa, que era el de enlazarme con otra de mi clase que repusiese mi casa, no hay que pensar en él; he reconocido mis asuntos, estoy cada vez más abrumado; con esto de no tener casa en Madrid, y estármela haciendo, tengo que estar en una fonda; he visto que es preciso un medio extraordinario para salvar mi honor; he tirado mis líneas por varias partes; éstos son unos comerciantes riquísimos; la madre es loca por brillar, y lo puede todo con su hija, como todas las madres; el padre es otra cosa; pero esto ¿qué importa? Al fin, es su marido, y sobre poco más o menos ya sabemos lo que mandan algunos maridos en su casa...

SIMÓN: Ya, ya; ¿y trataría vuestra señoría de casarse?

CONDE: ¿Y por qué no? Me parece que no soy el primero de mi clase...

SIMÓN: Nada, nada: vuestra señoría lo hace, bien hecho está. Pero entonces, hay más que presentarse cara a cara, porque estos que tienen dinero y son plebeyos darán todos sus caudales por un usía más o menos; son unos tontos, y no habían de rehusar...

CONDE: Ellas no; pero ya te he dicho que el padre es otra cosa; pensando yo como tú, con la esperanza de deslumbrarle, le escribí pidiéndole su hija...

SIMÓN: ¡Cáspita! de buenas a primeras. ¿Y qué respondió?

CONDE: Lo que no yo podía esperar; que le es imposible acceder a mis deseos, por estar comprometido con un tal Bernardo, hijo de un amigo suyo, don Benedicto Pujavante, de Barcelona, y que, aunque no le conocen, la chica está enteramente a su favor, por la fama de sus buenas prendas, y que no podía verse conmigo porque iba de caza.

SIMÓN: ¡Y que haya vuestra señoría sufrido ese bochorno! ¿Y ahora qué quiere vuestra señoría hacer con venir y entrar, si la chica tiene novio, si el padre no quiere...?

CONDE: Hay que mudar de plan; dime ¿te acuerdas tú de aquel hombre gordo que se quejaba tanto de su ojo y de su gota, que fue dos veces a verme en Barcelona, ahora a mi vuelta de París?

SIMÓN: Sí, señor, sí ¿pues no me tengo de acordar?

CONDE: Pues aquél es el tal don Benedicto, comerciante en tapices, con quien tenía yo asuntos de dinero, y conozco a él y a toda su casa de toda la vida; de su hijo Bernardo también tengo noticias; es de mi cuerpo; en Barcelona quedaba cuando hemos venido; casualidad sería que viniese ahora mismo.

SIMÓN: ¡Calle! ¿Y sería posible...?

CONDE: Y muy posible, ya me has entendido. Ya ves que don Deogracias no está en casa en tres días lo menos; está de caza, como él mismo dice. Vengo, pregunto por las señoras; me presento, ya soy Bernardo; no tengas miedo, no me perderé; ya están prevenidas en mi favor, particularmente la chica; me tratan como novio; esta franqueza algo ha de producir; yo no soy despreciable y me fío en mis fuerzas: todo es que yo coja dos cuartos de hora favorables, y vuelvo el seso a la chica; no es mi primera conquista. Va a venir el padre, un momento antes me declaro a la madre; es loca, y éste es su flaco; en viéndome conde, no digo nada, la zalagarda que se arma en la casa; a esto se agrega que si la chica me quiere siendo Bernardo, ¿por qué no me ha de adorar siendo conde? Esto es cosa natural; y el padre gruñirá, y dirá... pero cuando vea que todo está hecho ¿qué ha de hacer? Ceder y soltar los millones del dote.

SIMÓN: ¡Sopla! El plan no es malo; pero ¿qué tiene que ver todo eso con haber esparcido la voz de la marcha, con ocultarse hasta de los criados?

CONDE: Sí, señor, los acreedores me rompen la cabeza; en los ocho días que hace que estoy de vuelta, apenas he ido a parte alguna; se hubieran echado encima, y hasta ver el resultado de esta intriga me conviene estar oculto; si concluye bien, con el dote empezaré a hacer algunos pagos, y ya es otra cosa; si no, buscaré otro medio; en el ínterin hasta el jockey, que me ha dejado en la posada de la calle angosta de San Bernardo, lo ha creído.

SIMÓN: Bueno, bueno; así ya tiene otro ver; pero me parece que vienen...

CONDE: Retírate, pues; déjanos solos.

SIMÓN. Llegan BIBIANA y JULIA).

BIBIANA: Pues tienes muy mal gusto: todo elegante debe tener deudas. Caballero, buenas tardes. (Bajo). Julia, ¡qué traza de hombre! ¡Qué figura tan ordinaria!

CONDE: Señoras, a los pies de ustedes. (¡Qué gesto!).

BIBIANA: (A los pies de ustedes, ¡qué vulgaridad tan vieja!). ¿Qué se le ofrece a usted?

CONDE: (No sé cómo empezar). Señora, creo que usted debe ser doña Bibiana.

BIBIANA: ¡Doña Bibiana! ¿De dónde viene usted ahora? Yo no soy doña Bibiana ni...

CONDE: (Calle; si me habré equivocado de casa; me parece que no). Señora, ¿no vive aquí don Deogracias de la Plantilla?

BIBIANA: Sí, señor, ¿y qué?

CONDE: Bien, y usted será su señora, doña Bibiana...

BIBIANA: Vuelta con doña Bibiana: ¡qué grosería! ¿No le he dicho a usted que ya no me llamo Bibiana? Me llamo Concha, y está usted muy atrasado...

CONDE: (¡Malo! Maldita equivocación; sin embargo... ). Concha, es verdad, señora, disimúleme usted: acabo de llegar, traigo varias cartas de recomendación, y una muy interesante para una tal doña Bibiana, y traía este nombre en la cabeza; ¡pero qué tontera la mía! Mire usted si sabré cómo se llama usted; soy Bernardo Pujavante, y acabo de llegar de Barcelona. (¡Qué frialdad!).

BIBIANA: ¿Es usted don Bernardo?

CONDE: Sí, señora.

BIBIANA: (A Julia). Julia, ¡qué ocasión de venir!

JULIA: ¡Ay, mamá!

CONDE: Y deseando presentarme a ustedes, aunque sé que el señor don Deogracias... (No me escuchan).

BIBIANA: (A Julia). Si pudiéramos echarle; que no le viera Deogracias... ¿quién sabe si volvería atrás?... Voy a decirle que no está en casa.

CONDE: (¡Cielos! ¡qué recibimiento!). Como don Deogracias está...

BIBIANA: Caballero, mi esposo está fuera, y yo no acostumbro hacer sus veces nunca; puede usted volver pasado mañana, o el otro en ese caso... porque,l a verdad, aunque he oído hablar algo a mi esposo de un tal Bernardo, de Barcelona, ignoro qué asuntos puede tener con él, y no puedo sin su anuencia meterme en cosas que...

CONDE: (¡Malísimo!) Señora, ciertamente que no esperaba este recibimiento; ni creo que usted se halle ignorante de los planes de su esposo; además de esto, yo no he buscado casa en Madrid donde alojarme, porque contaba con ésta, como quien viene a ser yerno de don Deogracias.

BIBIANA: ¿Quién? ¿Usted? ¿Casarse con mi hija? Caballero, usted delira; ¿con el hijo de un tapicero? Cuidado que es imprudencia; he hablado muchas veces con mi esposo sobre el particular, y ciertamente, que no me ha dicho nada de semejante proyecto; ni es posible que una boda de esta clase... y en fin, sobre todo, en cuanto a casa, mientras mi esposo no esté en ella, me es imposible recibir a nadie. (Con esto se irá pronto; estoy en brasas).

CONDE: ¡Vive Dios! Señora, yo hablaré con don Deogracias: veremos si hablo de memoria; y pondré en conocimiento de mi padre el trato indigno que ustedes me han dado.

BIBIANA: ¡Qué grosería! Insultar todavía a la madre de la que quiere por esposa; vamos Julia, dejemos ahí a ese hombre. ¡Qué modales! ¡Qué diferencia de éste al conde! ¡Al fin, hijo de un tapicero!

BIBIANA)

CONDE: (¡Qué rabia! Si pudiera hablar a la hija). Señorita, señorita... ¿Usted también...?

JULIA: (No me gusta nada, pero me da lástima). Caballero, mamá tiene el genio bastante pronto, perdónela usted sus primeros ímpetus.

CONDE: Ah, Julia; no me ha engañado la fama que ha llegado de usted a Barcelona, y ciertamente que no se la puede ver sin comenzar a amarla.

JULIA: Déjeme usted. (¡Cielos! si viniera el conde). Déjeme usted, mamá está esperando.

CONDE: Y bien, ¿qué debo hacer? Usted considere el conflicto en que quedo.

JULIA: ¡Dios mío!; cierto... pero... ¿qué quiere usted que le diga? ¿No oye usted? Que me llama, ¡ay! allá voy.

CONDE: Julia, un momento todavía; ¿dónde la veré a usted? Prepare usted mejor a su mamá. Un momento. (Deteniéndola).

JULIA: No puedo; tenemos visita de cumplimiento; está ahí el conde del Verde Saúco: agur. (Sale).

CONDE: ¿Cómo? ¿El conde del Verde Saúco ha dicho usted? ¡Julia, Julia!

(JULIA no atiende a la llamada del CONDE que queda solo en escena. Breve pausa).

¡Cielos! ¡Y que me suceda a mí esto! Por Dios que estoy lucido; pues el tal Bernardo tiene el campo a su favor; este hombre me ha engañado, fue una excusa. ¡Qué cólera! ¿Y en esta circunstancia qué hacer? Adiós esperanzas y dote. Pero ¿y este conde del Verde Saúco? Estoy curioso, mas... gente viene por aquí; ¿será acertado esconderme? Sí, tal vez oiré lo que deseo saber.

CONDE se oculta en el cenador. Llegan DON DEOGRACIAS, BERNARDO y PASCASIO)

DEOGRACIAS: (A Pascasio). Pues anda listo, que se va a cerrar la tercena; mira que estoy sin rapé. Que sea bueno, del de primera, y a casa de don Pedro con él, que allí te espero; y de lo otro, cuidado con chistar.

PASCASIO: Señor, está bien.

PASCASIO a cumplir lo que se le ha encargado).

BERNARDO: ¿Es posible? ¿Con que no era ficción? i Ah! i ah! i ah!

DEOGRACIAS: ¿Qué había de ser? No, señor, duro sobre duro: ya ve usted que hemos empezado pagando bien el alquiler del nuevo personaje.

BERNARDO: La fortuna es que el mismo conde del Verde Saúco lo pagará...

CONDE: (Hablan de mí).

DEOGRACIAS: ¿Qué ha de pagar?

BERNARDO: ¿Pues no lo ha de pagar? Al momento que esto se acabe, bien o mal, le buscaré y le haré reconocer su deuda, y...

CONDE: (¿Qué deuda es ésta?)

DEOGRACIAS: No señor, no; aunque usted le cogiera por el cogote.

CONDE: (Para descubrirme en esta casa).

DEOGRACIAS: ¿No ve usted que es un hombre arruinado, un calavera...?

CONDE: (¡Bravo!)

DEOGRACIAS: En fin, es seguro que no pagará; a mí tampoco me importaría, como se lograse el objeto; pero si después mi mujer no cede, si mi hija Julia...

CONDE: (¿Es el padre? No tiene mal modo de estar en caza: ¡qué de engaños!).

BERNARDO: Pero hombre, ¿cómo le he de decir a usted que su hija me quiere?

CONDE: (¿Qué escucho?).

DEOGRACIAS: Sí, señor, le querrá a usted mucho...

BERNARDO: ¡Pues no me ha de querer! Yo me voy a descubrir a ella; yo no puedo pasar a sus ojos por lo que no soy...

CONDE: (¡Hola!).

DEOGRACIAS: ¿Volvemos a las andadas?

BERNARDO: Pero, señor, don Deogracias de mi alma, ¿hasta cuándo no he de ser yo el mismo que he sido toda mi vida?

DEOGRACIAS: Hasta mañana: no pido más tiempo.

BERNARDO: Pero ¿y qué pretende usted?

DEOGRACIAS: Sí, señor, pretendo todavía. Mire usted, venga usted acá, santo varón, no nos oigan. Esta noche, mi mujer me ha obligado a mí mismo a jugar, a perder, en fin, a echarla de elegante.

BERNARDO: Sí, acabe usted.

DEOGRACIAS: Bueno; pues esta noche fingiré irme con varios amigos, con el barón del Tahurete, ese truhán...

BERNARDO: Sí, señor.

DEOGRACIAS: Pero, se me olvidaba; en primer lugar usted no puede ir a esa sociedad tratando todavía de pasar por él.

BERNARDO: Adelante.

DEOGRACIAS: Ya ve usted que es imposible; dentro de un rato se despide usted, se va a donde quiera...

BERNARDO: Bueno, adelante. Usted, usted, ¿qué hace?

DEOGRACIAS: Pues yo, como le he dicho a usted...

CONDE:(Oigamos).

DEOGRACIAS: Finjo irme con ésos; no vuelvo por ellas, y cuando estén menos prevenidas... éste es el gran golpe, verá usted cómo esto debe hacer un grande efecto.

BERNARDO: Por Dios, adelante.

DEOGRACIAS: Aguarde usted, porque ésta es el alma del plan, es darle la última mano.

BERNARDO: ¡Dios mío! vamos.

DEOGRACIAS: Hombre, cachaza: ¿no nos oyen?

BERNARDO: No, señor, ¿qué han de oír? Ni un alma.

DEOGRACIAS: Pues, señor, entonces... Pero calle usted; mi hija.

BERNARDO: Por vida del plan...

DEOGRACIAS: Lo ve usted como hacía yo bien en irme con tiento; voy por mi caja, mientras que ustedes... allá...

BERNARDO: Don Deogracias...

DEOGRACIAS: Pero, hombre, si vuelvo.

(Sale)

CONDE: (Por Dios, que llevo adelantados mis asuntos, y no me será fácil salir de aquí).

JULIA: (Entrando) Señor Conde.

CONDE: (¡Conde!, ¡bravo!).

BERNARDO: ¡Ah, Julia! soy feliz; ciertamente que para el primer día que nos vemos hemos disfrutado algunas horas de la dicha de vernos juntos.

JULIA: ¡Ah! Si me fuera permitido creer que el conde del Verde Saúco me ama tan de veras como dice...

CONDE: (¿Qué oigo? ¿Del Verde Saúco?).

BERNARDO: Julia, ¿puede usted dudar de mi amor?

(¿Y yo he de sufrir esto?).

JULIA: No; dudar, nunca; pero ¿qué sé yo? Metido en el gran mundo, en los compromisos de la alta sociedad, ¡qué pocos momentos puede usted dedicar a la memoria de su amada!

BERNARDO: Verdad es; muchos atractivos tiene el mundo; pero crea usted, Julia mía, que desde que la amo nada hay que pueda distraerme.

JULIA: Sí, lo creo; pero tengo cierto cuidado... dicen que usted es valiente: ¿ha tenido usted muchos desafíos?

BERNARDO: Señora, son compromisos inevitables; un hombre de mi categoría...

JULIA: ¡Inevitables! Dígame usted: si tuviese usted una querida...

BERNARDO: ¿Por qué lo ha de suponer usted, cruel, pudiendo usted asegurarlo? ¿No la tengo ya?

JULIA: Sea así, y diga usted, ¿en ese caso tendría usted valor?...

BERNARDO: ¿Quién lo duda? El honor...

JULIA: ¿De irse a matar?

BERNARDO: El Honor...

JULIA: ¡El honor! ¡Y para tener honor es preciso ser un bárbaro! Cruel, ¿y me quiere usted?

BERNARDO: Pero, Julia mía, usted misma me despreciaría si viese que era capaz de rehusar un lance de honor: ¿no es verdad?

CONDE: (No puedo sufrir más; yo le desafiaré. Pues he acertado en mudarme el nombre). (Saca una cartera y escribe con lápiz sobre una hoja que después rompe; deja la cartera olvidada sobre el banco para cerrar la esquela, se va escurriendo hacia la puerta hasta marcharse).

BERNARDO: ¿No responde usted?

JULIA: No me ama usted.

BERNARDO: ¡Julia mía!...

JULIA: Mire usted que viene mamá.

BIBIANA (entrando): Sigan ustedes; parece que el señor conde es tan amable como dicen.

JULIA: Mamá, no sé por qué dice usted eso.

BERNARDO: Su mamá de usted goza siempre de muy buen humor.

BIBIANA: ¿Y no puedo tomar parte en lo que ustedes hablaban?

JULIA: Sí, por cierto; decía al señor conde que no me gustan algunas modas como los desafíos.

BIBIANA: Julia, no me parece que es ésa la educación que te he dado; no haga usted caso, señor conde; es una niña...

BERNARDO: Señora, dice muy bien. (¡Qué vergüenza! Hacer este papel a sus ojos).

JULIA: Pero, mamá, los desafíos... Aquí viene papá, verá usted cómo es de mi opinión.

(Entra don DEOGRACIAS en escena)

JULIA: Papá, llega usted a tiempo.

DEOGRACIAS: Di, hija mía, ¿para qué?

JULIA: Dígame usted; si tuviera usted una querida y le desafiasen, ¿tendría usted valor de dejarla, y...?

BIBIANA: (Bajo a don Deogracias). ¡Bruto! no vayas a decir alguna gansada... mira que está delante el señor conde.

BERNARDO: La verdad, don Deogracias.

DEOGRACIAS: (Es fuerza disimular).

JULIA: Papá, ¿lo piensa usted tanto?

DEOGRACIAS: Hija mía, te diré, un hombre fino, de cierto nacimiento, no puede rehusar esos lances de honor, y antes morirse que entregar la carta; yo creo que el señor conde pensará como yo.

BIBIANA: (Ya se va civilizando).

JULIA: ¿Lo cree usted así? ¿De veras?

DEOGRACIAS: ¿Y por qué no? Un hombre bien nacido...

JULIA: ¡Maldito nacimiento!

(entra el criado SIMÓN con una esquela en la mano)

DEOGRACIAS: ¿A quién busca usted?

SIMÓN: ¿El señor conde del Verde Saúco está aquí?

BERNARDO: (¡Qué nueva diablura! Don Deogracias...)

DEOGRACIAS: (Bajo a Bernardo). Responda usted. (Si será otro sastre).

BERNARDO: ¿Qué tenía usted que mandarme?

SIMÓN: ¿Es usted?

BERNARDO: Sí, señor; ¿no me ve usted?

SIMÓN: Efectivamente. Se me acaba de dar esta esquela para entregarla a usted en propia mano, y con la mayor prontitud posible.

BERNARDO: (La toma). Cierto...«Al conde del Verde Saúco...» (Alguna entruchada del padre). (A don DEOGRACIAS, bajo). Esto es también del plan...

DEOGRACIAS: (¡Puede! Vamos que el muchacho me ayuda, y sin decirme nada).

JULIA: ¡Dios mío! lo que me dice el corazón. Señor conde, ¿me permite leérsela...?

BIBIANA: ¡Julia; pero, niña...! ¿ha visto usted? ¡qué grosería! ¿Dónde se ha visto...?

JULIA: Mamá, si es un favor... nada más... se lo pido a usted.

BERNARDO: Déjela usted; yo no puedo negarle a usted nada. (Sea lo que fuere).

JULIA: ¡Ay, y qué de prisa se conoce que lo han escrito! y está con lápiz. (Lee). «Señor conde, le supongo a usted un caballero; en esta inteligencia otro caballero, a quien ha ultrajado, le pide una satisfacción...». ¡Dios mío! mi corazón me lo decía. (Se apoya sobre el hombro de su madre, llorando).

BERNARDO: ¿Una satisfacción? Deme usted, cierto; y en el café de... a las... ¿Yo?

DEOGRACIAS: (¡Bueno! a mí se me había olvidado un desafío; era indispensable: por eso traería él la conversación).

BERNARDO: (A SIMÓN). ¿Quién le envía a usted? Porque esta firma...

SIMÓN: Señor, lo ignoro.

BERNARDO: (¡Bah, bah, bah!) (A don DEOGRACIAS, bajo). Don Deogracias... aquella maldita interrupción del plan... pero ya estamos al cabo de la calle, ¿eh?

DEOGRACIAS: (Sí, que no hubiera dado en ello; pues lerdo es el niño).

BERNARDO: (Es mucho don Deogracias). Pero, ¡Dios mío! Julia...

JULIA: Déjeme usted... Desde que hablábamos parece que me tocaba Dios en el corazón.

BIBIANA: Hija mía...

BERNARDO: Pero esto no es nada; yo estoy muy acostumbrado a estos lances; esto es una bagatela, un rasguño, un ojo menos.

JULIA: ¡Un ojo menos!

BERNARDO: Pues, un ojo menos y unas botellas. (A Simón). Bien, está bien; dígale usted al sujeto que no faltaré.

JULIA: ¿Cómo tiene usted atrevimiento? Papá, ¿y me abandona usted?

DEOGRACIAS: Hija mía, es preciso dejar correr las cosas; ya te casarás con el señor, pero primero es indispensable que se vaya a romper la cabeza con el insultado; las leyes del honor así lo exigen; el señor conde no es un cualquiera.

BERNARDO: Julia, crea usted que esto no es nada; yo no soy un cobarde.

DEOGRACIAS: Efectivamente, señor conde, y parecería muy mal que por una niña se dejase usted silbar por sus iguales: debe usted romperse, no digo yo su cabeza, pero mil si las tuviera: es una moda muy puesta en razón... y tal vez será porque le haya usted quitado la acera; ¡oh! sí, sí; en este caso, ¿cómo puede evitarse el lance? Y si yo no tuviera prisa, pero es tarde para mí...; yo mismo sería su padrino.

BERNARDO: Pero ¿se va usted?

JULIA: ¡Papá!

DEOGRACIAS: Pero ¿qué quieren ustedes que haga yo? Al momento vuelvo a comer y saber el éxito.

JULIA: Deténgale usted; ¿es posible que sea yo tan desgraciada? ¡Ah, maldito honor!

BERNARDO: Don Deogracias, don Deogracias... ya es tarde; corre como un muchacho. Pero Julia, no se aflija usted, tal vez no se realizará; si es costumbre bárbara, los que la tienen procuran suavizarla; estas cosas son menos de lo que parecen... (A doña Bibiana). Señora, le dejo a usted este sagrado depósito y marcho a mi obligación.

JULIA: ¡Mamá! ¡Ay, se va y todos le han dejado ir! ¡Dios mío! ¿qué le irá a suceder?

BIBIANA: Vamos, niña, ¿qué le ha de suceder? Te vas haciendo muy imprudente; mire usted si no ha de ir a un desafío; ¿pues hay cosa más racional? Pues si antes el conde ha insultado al otro, ¿para repararlo y desagraviarle no le ha de romper después la cabeza? Ven, te echarás, ¡Francisco! ¡muchacha! Ven, hija mía; sosiégate, bebe un poco de agua y vinagre; eso no es nada; un desafío es para un elegante el pan nuestro de cada día.

(Lentamente cae el telón, mientras BIBIANA atiende a su hija)
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