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Acto segundo


DEOGRACIAS (escribiendo, habla en los intermedios):El conde del Verde Saúco pedirme mi hija para casarse... vaya... es singular; no hace nada que estaba en París... pero yo tengo oído hablar de él; ahí está, sin ir más lejos, Pascasio mi jardinero que fue criado suyo: es un calavera, está arruinado. ¡Qué boda tan mala sería! No, no, de ningún modo; estos enlaces desiguales sólo acarrean la desgracia de los que los contraen; el marido le echa en cara a la mujer que es una plebeya... Nunca, nunca; ¿para qué querrá que nos veamos? No conviene, me excusaré con un pretexto; le diré que voy de caza hoy mismo. ¡Hola, muchacho!

(Entra el JOCQUEY, al reclamo de DEOGRACIAS)

DEOGRACIAS: Diga usted, ¿es cosa de llevar la respuesta?

JOCKEY: Como usted guste; pero la verdad, entiendo que mi amo debe marchar esta mañana; ahora mismo voy yo a buscarle con el tílburi para dejarle en un coche francés; va por ocho o diez días a una casa de campo que tiene junto a Buitrago.

DEOGRACIAS: (¡Qué plan se me ocurre tan soberbio! Un poco atrevido, eso sí). ¿Dice usted que se va por ocho o diez días?

JOCKEY: Así lo ha dicho.

DEOGRACIAS: (¡Bravo! mi mujer y mi hija sólo de oídas le conocen; están entusiasmadas por él... Dicho y hecho, en ocho días hay tiempo para volver el juicio a una muñeca de diez y seis años).

JOCKEY: (Este hombre es cachazudo)

DEOGRACIAS: ¿Con que dará usted esta respuesta al señor conde ahora mismo? (Le da la carta).

JOCKEY: Sin duda.

DEOGRACIAS: ¿Y después le deja usted en su coche francés?

JOCKEY: Cierto.

DEOGRACIAS: Y después... ¿eh?

JOCKEY: (Vaya un preguntar). Y después, después, como me quedo libre, no sé lo que haré.

DEOGRACIAS: No lo pregunto con falta de misterio; es preciso explicarme. Usted parece un excelente sujeto, callado, fiel.

JOCKEY: Señor.... mi amo no tiene queja de mí.

DEOGRACIAS: Porque... tiene usted cara de serme útil hoy.

JOCKEY: En cuanto no se oponga con el buen servicio del señor conde.

DEOGRACIAS: Nada de eso... Y por último, yo soy agradecido, a duro por hora, todo el día; tome usted para empezar.

JOCKEY: A ese precio mande uste, y no quedará usted descontento del desempeño: ¿qué es lo que hay que hacer?

DEOGRACIAS: Volver aquí en derechura con el tílburi en cuanto haya usted dejado a su amo; si en casa le echan a usted de menos...

JOCKEY: Eso corre de mi cuenta: ¿qué más?

DEOGRACIAS: Pues, señor, después... Pero calle usted: es mi mujer, silencio.

(Entra DOÑA BIBIANA; durante su monólogo siguen hablando, entre sí DON DEOGRACIAS y el JOCQUEY, en un rincón de la escena).

BIBIANA: ¡Jesús, qué infierno de almacén! y parece que hoy han convocado a todos los pesados de Madrid para venir a comprar a casa; y el otro jorobado chiquituelo con una mujer de que se pueden hacer tres como él (remedando): «a ver el tafetán español... este no... más fuerte... el francés... tampoco, tiene mal negro... un poco más cuerpo... A ver el gros de Nápoles». Pues, revuelva usted todo el almacén, y luego los descamisados se van sin comprar nada. Es triste cosa estarse moliendo uno que tiene talegas en obsequio de un cualquiera, que, después de no tener una peseta, todavía tiene la petulancia de darse un tono con entrar y salir en estas casas: «y a ver, saque usted, y esto no me gusta, y aquél es feo»; y por último, «quede usted con Dios», y vuelva usted a doblarlo todo, y ¡vaya, yo me quemo!

JOCKEY: (A don Deogracias). Muy bien, quedo enterado. Descuide usted, se hará exactamente. (Sale).

BIBIANA: Vamos, tú también estás pesado; ¿es cosa de que no almorcemos hoy?

DEOGRACIAS: Mujer (ánimo y empecemos la grande obra), estaba contestando, como era regular, al criado del señor conde del Verde Saúco.

BIBIANA: ¿El conde del Verde Saúco? ¿Ha vuelto ya de París? ¿Y contigo qué asuntos puede?...

DEOGRACIAS: Sí, señora, ha vuelto; mira tú si ha vuelto, que él mismo en persona va a venir...

BIBIANA: ¿A casa?

DEOGRACIAS: A casa; hoy me escribe que, atraído por la fama de nuestra Julia, la conoce y la quiere...

BIBIANA: ¿Qué dices?

DEOGRACIAS: Mira tú si la querrá; me la pide en matrimonio. ¿Eh? ¿qué te parece?

BIBIANA: ¿Es posible? ¡Dios mío! yo voy a perder el juicio; ¿mi hija condesa del Verde Saúco? ¿Y querías casarla con ese tapicero? Habla ahora, si te parece.

DEOGRACIAS; Pero ¿quién había de figurarse?...

BIBIANA: Pues ahí verás; ¿quién? yo... Habla ahora por Bernardo.

DEOGRACIAS: En verdad, mujer (disimulemos), que en vista de estas cosas casi me inclino a pensar como tú; en fin, yo le he respondido que puede venir.

BIBIANA: Muy bien hecho; ¿y qué le habías de responder? Yo que tenía tantas ganas de conocerle... El primer elegante de Madrid, como quien dice. ¡Julia, Julia, Francisco, Pascasio! ¡Hola, criados!

DEOGRACIAS: Ya prendió la yesca.

FRANCISCO: (entrando) Señora, ya está listo el almuerzo desde las diez, y van a dar las doce...

BIBIANA: Déjanos de almuerzo; ¿quién ha de tener gana de almorzar?

FRANCISCO: Señora.... yo no sé... como usted dijo...

BIBIANA: ¡No tenemos otra cosa que hacer más que almorzar, salvaje! Mire usted si hay tiempo de almorzar en todo el día; arregla esas sillas, límpialas.

FRANCISCO: Si están limpias.

BIBIANA: No importa, bruto; saca aquí los floreros. Mira, antes ven aquí; esperamos dentro de un instante una visita, un joven muy elegante; al momento que vaya a entrar vienes tú delante de él, abres la mampara, le anuncias... como se hace en todas partes.

FRANCISCO: Sí señora; pero ¿cómo he de decir?

BIBIANA: ¿No lo has oído ya? «El señor conde del Verde Saúco».

DEOGRACIAS: (Bien hace pensar en eso; yo no tenía ya tiempo de avisar a Bernardo; con eso se oirá anunciar y sabrá quién es).

BIBIANA: Oye, y para eso ponte la levita azul con el vivo encarnado.

FRANCISCO: Está muy bien.

BIBIANA: ¡Julia! esta chica... El caso es que yo ya no tendré tiempo de mudarme este vestido.

DEOGRACIAS: No importa, mujer; como tú dices, estás en un agradable negligé. (Francisco se va después de haber limpiado las sillas y sacado los floreros). Llega Julia.

BIBIANA: Despáchate hija mía; el conde del Verde Saúco, el que teníamos tanta gana de conocer, que gasta tanto dinero, que juega, que ha tenido tantos desafíos, va a venir dentro de muy poco a verte.

JULIA: Mamá, ¿a mí?

BIBIANA: Acaba de escribir a tu padre pidiendo tu mano; ya ves, hija mía; ¿no te alegras? Por último, he hecho mudar de opinión a tu padre y conviene conmigo en que esta boda es mejor que la otra. Vamos, ¿qué dices?

JULIA: (¡Dios mío!). Sí, mamá, me alegro; me voy a mudar.

FRANCISCO: (Entrando, anuncia): El conde del Verde Saúco.

(entra BERNARDO elegantemente vestido).

DEOGRACIAS: (Se adelanta y le coge las manos, procurando unas veces no dejarle hablar, y otras instruirle por lo bajo). ¡Señor conde del Verde Saúco!

BERNARDO: (¿Qué es esto? ¿Yo conde?).

DEOGRACIAS: ¡Señor conde! (Bajo). Déjese usted llevar: sí, conde, conde. (Alto). Usted haciéndome tanto honor... ciertamente que me considero muy feliz recibiendo en mi casa al primer elegante de Madrid... (Bajo). Diga usted algo.

BIBIANA: Señor conde...

BERNARDO: Señora, yo no soy...

DEOGRACIAS: (Bajo). Sí, elegante, muchas contorsiones. Sí, señor; a ver, una silla al señor conde. Tengo el honor de presentaros al señor conde del Verde Saúco, de quien acabamos de recibir esa carta pidiéndonos nuestra hija en matrimonio. (Bajo). Hombre, calle usted y siga usted adelante.

BIBIANA: Señor conde...

BERNARDO: Pero señora, si... yo no soy... (Esta ficción me vuela).

DEOGRACIAS: (Bajo). Sí es.

BERNARDO: (Bueno). Señora, yo no soy... el menos honrado en estas circunstancias.

BIBIANA: Agradezco mucho en verdad tantas atenciones como debemos al señor conde, y creo que mi hija... -Julia, vamos- participará de mis sentimientos...

BERNARDO: Señora... (Julia levanta la cabeza y se ven los dos).

JULIA: (¡Dios mío! ¡él es!).

BERNARDO (¡Cielos! mi desconocida; ¡qué fortuna!).

BIBIANA: Vamos, hija, ¿qué tienes?

JULIA: Nada, mamá.

BIBIANA: Saluda al señor conde.

BERNARDO: Esta señorita me dispensará de haberme tomado la libertad de introducirme tan pronto, y sin contar primero con su beneplácito.

JULIA: ¡Ah! Ciertamente que está usted perdonado.

BIBIANA: Pero el señor es, si no me engaño, el mismo que la otra noche en la calle de Valverde... (aparte a Julia) el que te ha seguido.

JULIA: (Aparte a doña Bibiana). Sí, mamá. Sí..., yo conozco al señor conde.

BERNARDO: Efectivamente, señora, no es ésta la primera vez que nos vemos; ni ¿cómo hubiera yo podido de otra manera prendarme de esta señorita, y...?

BIBIANA: Sí, noches pasadas; en aquel bailecillo... estaría usted de incógnito allí... el viernes.

BERNARDO: Sí, el viernes; en la calle de Valverde, cuarto segundo, un baile de poco más o menos: yo no había ido nunca, pero acababa de llegar; no sabía en que pasar la noche; un amigo se empeñó en llevarme, y ciertamente no estoy arrepentido, tuve ocasión de conocer a ustedes. Pero ¡qué baile!... Tampoco había más de dos hermosas con quien se pudiese hablar; así fue que no me separé de ellas en toda la noche.

JULIA: (Bajo a su madre, mientras que Bernardo y don Deogracias hablan entre sí). ¡Ah, mamá, qué guapo, qué fino es!

BIBIANA: ¡Ah! a éstos que lo son desde la cuna, ¡cómo se les conoce a legua! No se pueden equivocar.

DEOGRACIAS (A Bernardo): Por Dios que es casualidad; ¿con que usted las vio sin saber quiénes eran?

BERNARDO: Esto es. (Se dirige a hablar a doña Bibiana).

DEOGRACIAS: (Vea usted).

BIBIANA: Pues aquí también fue casual el ir; pero mi Deogracias había debido favores en otro tiempo al marido de la hermana mayor, la loquilla aquella que estuvo toda la noche bailando con el guardia de corps, y chichisbeando, y...

BERNARDO: Sí.

BIBIANA: Y por eso fuimos; pero ¡qué noche pasé...!

DEOGRACIAS: Espero, señor conde, que querrá acompañarnos a almorzar.

BERNARDO: ¿No han almorzado ustedes todavía? ¡Oh! eso es del gran tono; enteramente como yo.

BIBIANA: Almorzamos tarde, muy tarde.

DEOGRACIAS: ¡Oh! el señor conde almorzará por la tarde, como quien dice...

BERNARDO: Sí, señor, no me gusta levantarme por la mañana; almuerzo mi bistek o mi rosbif a la inglesa; como por la noche a la francesa...

BIBIANA: ¿No comerá usted cocido nunca?

BERNARDO: Señora, cocido... jamás; y ceno...

DEOGRACIAS: ¿Por la mañana, eh?

BERNARDO: Sí, señor.

BIBIANA: ¡Cómo me gusta ese arreglo!

DEOGRACIAS: ¿Con que almorzará usted con nosotros?

BERNARDO: Con muchísimo placer.

BIBIANA: (A don Deogracias). ¿Qué haces? Mira que no tenemos quien sirva.

DEOGRACIAS: ¿Y qué importa? El señor conde traerá sus criados.

BERNARDO: Mis criados... efectivamente, los tengo... (Este hombre...).

DEOGRACIAS: Francisco, el almuerzo, y el jockey del señor conde que entre.

BERNARDO: ¡Jockey!

el interpelado)

JOCKEY: (A Bernardo). Vengo a saber las órdenes de vuestra señoría,

BERNARDO: (Pues, señor, está visto, hay que dejarse llevar).

DEOGRACIAS: (Acercándosele, mientras que ellas se miran al espejo y componen el peinado). Bernardo, por Dios, que es usted el conde del Verde Saúco hasta el último trance, o no se casa usted con mi hija.

JOCKEY: Señor, lo que vuestra señoría mande.

BERNARDO: Me parece que te puedes ir, o si no te puedes quedar.

JULIA: (Asomándose al almacén). ¡Ay! qué bonito tílburi.

JOCKEY: Es de mi amo, el señor conde.

JULIA: ¡Ay, qué bonito! Mamá, ¡mire usted!

BERNARDO: (A don Deogracias). ¿También tílburi? ¿Cómo saldremos de esto?

DEOGRACIAS: ¿A usted qué le importa? Vamos, señor conde, siéntese usted.

BERNARDO: Permítame usted... Señoras. (Buscando para sí un nombre). (Simón, Pedro... ) Mi jockey, Rodolfo, sírvenos.

BIBIANA: El señor conde nos dará noticias de París.

BERNARDO: (Ésta es otra).

BIBIANA: ¿Cómo deja usted París?

BERNARDO: No hay novedad particular; ya ve usted, París...

BIBIANA: ¡Oh! lo creo; ¿qué ópera nueva se echaba cuando usted vino?

BERNARDO: Precisamente, cuando yo vine... ¡oh! muy bonita.

BIBIANA: ¿Cómo se titula?

BERNARDO: La... la... la, la, la, ¡qué fatalidad...! no acordarme yo ahora; y todo el día la estoy tarareando. (¡Por vida de...!). En fin, muy bonita.

BIBIANA: Ya ve usted, París, aquello será un gentío inmenso...

BERNARDO: ¿Y aquí de ópera cómo estamos?

BIBIANA: Digo que aquello será un gentío.

BERNARDO: (¡Vuelta!) Señora, es una confusión; no se puede dar un paso; en fin, es una liorna. ¿Y aquí de ópera?

BIBIANA: Diga usted, ¿y qué vestidos llevan las señoras a los bailes?

BERNARDO: (¡Por vida rnía!). Señora, yo no reparo; pero... sin embargo, muy bonitos.

BIBIANA: Yo lo creo. ¿Qué telas son las más...?

BERNARDO: Sí, señora, de varias telas. (Estoy frito).

BIBIANA: (A Julia). Hija mía, distraído como todos estos señores.

BERNARDO: (A don Deogracias). ¿Y la ópera aquí...?

DEOGRACIAS: Buena, muy buena; pero desentonan los coros.

BIBIANA: Eso no sucederá en París; ¿no es verdad, señor conde?

BERNARDO: ¡Qué!, no, señora; ya ve usted...

BIBIANA: Ya me hago cargo, allí..., sino que aquí en España, como somos así... tan...

JULIA: Al señor conde le gustará mucho hablar de París.... como es tan bueno...

BERNARDO: Sí, señora, mucho. ¿Con que aquí la ópera...?

DEOGRACIAS: ¿Usted no faltará nunca?

BERNARDO: No, porque me guardan mi billete; ello cuesta más, pero es preciso desengañarse; es imposible concluir con los revendedores. Y usted, señor don Deogracias, ¿no es apasionado de la ópera?

BIBIANA: (Verá usted como dice alguna brutalidad). (Le pellizca).

DEOGRACIAS: Sí, señor, mucho; pero de música...-mujer, que me atenaceas- yo no entiendo una nota; y me gusta más ir al Pelayo de Quintana o al Viejo y la niña de Moratín que a la ópera.

BIBIANA: ¿No lo dije? No haga usted caso, señor conde; mi marido no está en el tono; es un español muy español, y nada más. (A don Deogracias). ¡Bruto! tú me has de avergonzar por todas partes.

DEOGRACIAS: Pero mujer..., en fin, ¿te gusta el conde?

BIBIANA: ¡Qué fino! ¡Cómo se conoce que viene de París! ¡Qué maneras! A no ser quien es...

(entra el sastre BORDERÓ)

BORDERÓ: Felices, señor don Deogracias. Hola, ¿están ustedes comiendo ya? ¿Irán ustedes a los toros? Abur, doña Bibiana. (Le da en el hombro).

BIBIANA: Caballero, ¡qué franqueza! Tenga usted la bondad de reportarse; para la primera vez que me ve usted no deja de tener desembarazo; si busca usted a mi marido... Vamos, hombre, despacha al señor.

BORDERÓ: La primera vez que la veo... ¡ah! ¡ah! ¡ah! señora, perdone usted; yo pensé que el sastre Borderó, como antiguo parroquiano...

BIBIANA: Deogracias, ¡qué impertinencia! Usted, señor conde, excusará...

BERNARDO: ¡Señora!

BORDERÓ: ¡Señor conde! Hola, esta casa va subiendo como la espuma.

DEOGRACIAS: (Le lleva al lado opuesto). No haga usted caso de mi mujer.

BORDERÓ: No, no vale la pena. Vengo por el terciopelo gris perle, y es preciso...

DEOGRACIAS: Hombre... Si pudiera usted volver... porque... la verdad, estamos en este momento haciendo los honores al señor conde del Verde Saúco, que almuerza con nosotros.

BORDERÓ: ¿El conde del Verde Saúco? ¿Ha venido ya? ¿Quién es? ¿Aquél?

DEOGRACIAS: Sí, señor; pero hombre, no mire usted con ese descaro; con que vuélvase usted a otra hora.

BORDERÓ: ¡Qué casualidad! Precisamente le ando buscando por todas partes, porque desde que se fue a París me dejo una pella de cuatro mil reales por un surtú, un habit de chase y un corsé.

DEOGRACIAS: Hombre, en mi casa... ¡Estamos frescos! (Esto es lo que yo no había calculado).

BORDERÓ: Quite usted. Verá usted. Señor conde, señor conde del Verde Saúco.

BERNARDO: (¡Diantre! Apenas he tomado posesión del título y ya todo el mundo me conoce). ¿Qué quiere usted?

BIBIANA: ¡Qué insolencia!

BORDERÓ: ¿Vuestra señoría es el conde del Verde Saúco...?

BERNARDO: Sin duda: vamos, acabe usted.

BORDERÓ: Señor, soy el sastre Borderó. Me he presentado varias veces en la fonda donde está vuestra señoría.

BERNARDO: (En la fonda. Esto es cosa del padre; bueno).

BORDERÓ: Y siempre me ha despedido ese mismo criado que trae vuestra señoría; que vuestra señoría no estaba visible, que tal, que...

JOCKEY: Las órdenes del señor conde.

BERNARDO: Bien, está bien; calla tú; ¿y qué?

BORDERÓ: Yo he respetado esas órdenes... pero al fin tengo aquí una letra aceptada por vuestra señoría y endosada a mi favor, cuyo término ha expirado.

DEOGRACIAS: (¡Por San Telmo, lo hemos echado a perder!). Señor Borderó, el señor conde está en mi casa ahora, y...

BERNARDO: (¡Cómo disimulan!). Corriente... esa letra... veamos (La ve, y dice aparte). (Este es el golpe del padre; de gentes elegantes es tener acreedores, y él ha encontrado uno en un momento). Bien, cierto; pero ¿qué tengo yo que ver con esto? Es verdad que yo he contraído la deuda, pero ¡qué! ¿Quiere usted que yo también la pague? ¿Lo he de hacer yo todo? Véase usted con mi contador; los hombres de mi clase no acostumbramos a pagar las deudas nosotros mismos; ¿o cree usted que soy un cualquiera?

BORDERÓ: Ya sé que va mucha diferencia; pero está sentada en el consulado, y me sería muy sensible que por un asunto de esta clase se viese vuestra señoría detenido.

DEOGRACIAS: (Malo, todo se va a descubrir).

BORDERÓ: Y preso en el consulado..

BIBIANA y JULIA: ¡Preso!

BERNARDO: Señoras, este hombre está loco; ¿a mí? No es posible; ¿y a qué sube, una talega, o dos?

BORDERÓ: Nada de eso... la bagatela de cuatro mil reales.

BERNARDO: ¿Y para eso me viene usted a romper la cabeza? ¡Habrá insolencia!

BORDERÓ: Señor, es verdad; pero vuestra señoría lo debe.

BERNARDO: Demasiado honor le hago a usted en acordarme de él para que me sirva, y para deberle, y para... En fin, eso es una futesa; ahí está el señor Deogracias; tengo cuenta abierta con él; él se lo dará a usted. Señoras, sigamos.

DEOGRACIAS: ¿Cómo, cuatro mil reales yo?

BIBIANA: Sí, hombre, ¿qué puedes rehusar al señor conde? ¿Y qué entiendes tú de eso, y de los estilos de etiqueta?... Dalo...

BERNARDO: Efectivamente, es tan poca cosa, que yo, en igual caso por usted...

DEOGRACIAS: Sí, pero usted cree que esto es chanza, y en este momento estoy en una situación tan crítica... (También renunciar a una intriga que se presenta tan bien... Tal vez se logre cobrarlo del conde verdadero... en fin...). Señor Borderó, venga usted conmigo.

BORDERÓ: Mire usted ya que estoy aquí, me es indispensable llevar el muaré...

DEOGRACIAS: Mi mujer se lo dará a usted. (A Bernardo). Voy a dejarle a usted solo con ella; haré llamar a mi mujer.

BERNARDO: Corriente, y siéntelo usted en el libro.

(Salen DEOGRACIAS y BORDERÓ).

BERNARDO: Estos tunantes piensan que no tiene uno otra cosa que hacer sino atender a sus impertinencias.

BIBIANA: Señor conde, ¿qué quiere usted? No tienen principios ni educación... un sastre... como usted ha dicho muy bien, les hacen ustedes mucho honor en mirarlos, y mucho más en que puedan decirse sus acreedores.

BERNARDO: ¡Quién lo duda! sino que es una canalla desconocida y...

(entra FRANCISCO)

FRANCISCO: Señora, mi amo la llama a usted por un momento.

BIBIANA: ¡Jesús, qué hombre! ¿He de dejar al señor conde?

BERNARDO: Señora, sé lo que es el comercio; por mí no deje usted de hacer lo que se le ofrezca, sería ofenderme.

JULIA: (Me dejan sola con él).

BERNARDO: (Ha llegado el momento, y no se puede despreciar esta ocasión). Rodolfo, a cuidar del tílburi.

(salen BIBIANA y FRANCISCO)

BERNARDO: (Cogiéndola las manos y adelantándose sobre la mesa). Julia, ¡qué ocasión tan feliz, y qué dicha la mía de poder ofrecer a usted mi amor! ¿Está usted triste? Ciertamente; ¿qué tiene usted, Julita? ¿Le desagrada a usted este paso? (Qué trabajo me cuesta fingir con ella también! ¡Ah! se paga del rango). ¿No me quiere usted contestar?

JULIA: Señor conde, usted nos hace tanto favor, que no puedo menos de estarle agradecida, de quererle bien...

BERNARDO: Favor, agradecimiento... es decir, que no me ama usted; si usted me amara... los amantes nunca se hacen favor en amarse; la clase es para ellos despreciable.

JULIA: ¿Y usted cree que para mí no lo es? Diga usted, cuando usted me seguía, ¿sabía yo que era usted conde, y mis ojos no le decían bastante claro que no me era indiferente?

BERNARDO: ¡Qué oigo! Es decir, que aunque yo no fuera el conde del Verde Saúco me amaría usted.

JULIA: Señor conde, he dicho demasiado para lo que es permitido a una mujer; pero ya que antes de hablarnos le había dado a usted algunas muestras de inclinación, debo hablar. Si usted me hubiera dado una prueba como ésta de amor, creería, como todos, que tengo las mismas ideas de mi madre, que no aprecio sino el oropel; pero ¡ah! no sabe usted la pena que he sentido cuando mi madre me dijo que el conde del Verde Saúco me pedía; se me cayó el alma a los pies; disimulé, pero acordándome de mi desconocido, y bien determinada a hacer al conde el objeto de mi desprecio, maldije su clase, el afán de mi madre... y sólo cuando reconocí en usted al mismo que ya mi corazón estimaba en secreto, fue cuando volví a gozar de la tranquilidad que creí haber huído de mí para siempre.

BERNARDO: Julia, ¿será cierto? (¿Y he de hacer el tramposo, el loco a los ojos de esta mujer? No). Julia, sepa usted...

JULIA: ¡Ay! alce usted; ¡por Dios! Papá viene.

BERNARDO: Julia, si usted me quiere...

JULIA: Sí, sí, cuente usted con mi amor, pero alce usted...

BERNARDO: (Padre maldito, ¿por qué tan pronto? Hubiera sabido quién soy, que no tengo acreedores...

(regresa DEOGRACIAS)

DEOGRACIAS: Señor conde, está usted servido, y aquí tiene usted el recibo.

BERNARDO: Guárdemelo usted; ya nos entenderemos.

JULIA: Papá, ustedes van a hablar de asuntos, me iré con mamá.

BERNARDO: Julita, usted nunca es un obstáculo...

JULIA: No importa; hasta después, señor conde.

BERNARDO: Agur, preciosa Julia.

DEOGRACIAS: Bien, anda; ahora vamos allá (Con eso le diré lo de la letra; piensa que es juego, y yo estoy desesperado).

JULIA)

DEOGRACIAS: Amigo Bernardo, esto...

BERNARDO: Esto va divinamente; déme usted los brazos y la enhorabuena, amigo: no he perdido el tiempo; pero ¡qué bien lo ha dispuesto usted todo, hasta fingir el acreedor, y la letra, y!...

DEOGRACIAS: Poco a poco, Bernardo; le contaré a usted...

BERNARDO: Sí, sí, ya entiendo; es usted un portento de habilidad.

DEOGRACIAS: Pero si no...

BERNARDO: Es claro, si no, no se podría hacer bien; hubieran sospechado...

DEOGRACIAS: No, señor...

BERNARDO: No; así, ¿cómo es posible que den en ello? Pues señor, usted será hábil; pero confiese usted que yo no le voy en zaga; me he declarado a la chica, y no sólo he visto que me quiere, sino que la he fondeado, me he cerciorado de que no piensa como su madre, que no me quiere por ser conde; aunque no lo fuera me querría: ella misma me lo ha dicho, ahora, aquí, cuando usted vino... y aquel aire de candor... No, no me engaña; y usted ha sido un torpe en venir tan pronto...

DEOGRACIAS: ¿Cómo, un torpe todavía, después de soltar cuatro mil reales?

BERNARDO: Déjese usted de bromas; sí, señor; ni yo puedo ya fingir más; su hija de usted es preciosa, y si ella no se deja llevar del oropel, es preciso que todo se descubra, y ahora mismo voy, porque soy feliz...

DEOGRACIAS: (Le detiene). Hombre, venga usted acá, este hombre no me deja hablar, y todo lo va a echar a perder. La chica será todo lo que usted quiera, y le querrá a usted sin ser conde; pero la madre no; hombre, mire usted lo que hace, por las once mil vírgenes y todos los innumerables mártires de Zaragoza.

BERNARDO: No importa, la chica será mía.

DEOGRACIAS: Hombre, yo me voy a quedar sin cuatro mil reales y sin novio; venga usted acá, loco de atar, que todo se concluyó si...

BERNARDO: Pero queriendo usted y la chica...

DEOGRACIAS: Aunque quieran todas las chicas del barrio, si mi mujer no quiere, usted, yo y la chica y todo el barrio saldremos arañados, y locos, y perdidos, y sin boda, y sin dinero, y sin ojos en la cara. Sosiéguese usted, siga su papel, que mi plan no está acabado; venga usted conmigo, aquí pueden volver y oírnos; en mi cuarto le acabaré a usted de explicar cómo se ha proporcionado este disfraz, y lo que hay, y lo que ha sucedido; en fin, vamos, vamos a mi cuarto.

(Salen los dos personajes de escena, al tiempo que desciende el telón)

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