Proyecto Mariano José de Larra en Internet

Teatro

Los inseparables

Personas

D. Lino
Luisa, su hija
Patricio
D. Carlos Durán
Valbuena, alguacil del Consulado
Eugenia, ama de gobierno
Criados

    El teatro representa una sala de casa de don Lino; puerta en el fondo y puertas laterales; en primer término, a la derecha del espectador, la puerta que da al comedor; en segundo término, la de la sala principal. Al otro lado las que dan a la habitación de don Lino. Una mesa a la izquierda.

ESCENA 1ª

(Don Carlos entra por el fondo; don Lino sale de su habitación.)

    D. LINO. -Felices, señor don Carlos. ¿Ya está usted de vuelta? Un mes hace que estoy enviando recados a su casa.

    D. CARLOS. -He visto sus esquelas de usted y en cuanto he llegado he venido con no poco sentimiento de no haber podido hacerlo antes. Pero, amigo, he estado en Bilbao a recoger una herencia de algún valor y con esos malditos facciosos que no se acaban nunca le aseguro a usted que es milagro haber podido salir tan pronto de las provincias.

    D. LINO. -¡Ya se ve! Pues, amigo, aquí hay novedades. Durante la ausencia de usted he dado la mano de mi hija Luisa a Patricio...

    D. CARLOS. -(Aparte) ¡Ay! ¡Dios mío! Sí; excelente muchacho... vale el oro que pesa.

    D. LINO. -¿Sí, eh? Felizmente no tiene todo ese valor, porque a tenerlo se hubiera derrochado a sí mismo o se hubiera dado en prenda al primer usurero que hubiese encontrado. Ello sí, su corazón es excelente; luego, tiene en la Jamaica un tío, inmensamente rico, a quien heredará con el tiempo; y aun en el día ya posee por sí mismo un bonito patrimonio. ¡Oh! estoy bien informado; como que he sido su tutor. Pero, amigo, no conoce lo que vale el dinero. Se le va por entre los dedos. Lo presta, lo da, lo tira. ¡Uf! Tiene sobre todo una facilidad para firmar letras... se le figura que nunca ha de llegar el plazo... Esto es lo que me hace temblar por la felicidad de mi hija, y sobre todo por su dote.

    D. CARLOS. -Sin embargo, es de presumir que no ha dado usted su consentimiento para esa boda sin haberlo mirado antes dos veces.

    D. LINO. -No sé; los muchachos se querían; se morían... se echaron a mis pies... ellos enamorados y yo blando. La chica lloraba. ¿Qué quiere usted? Hija de madre. Mi mujer con cuatro lágrimas siempre hizo de mí lo que quiso. Patricio, por otra parte, me juró que ya no tenía deudas y que no las contraería nuevas. Le creí sobre su palabra. Pero, si va a decir verdad, quédanme todavía algunas dudas y, precisamente, para informarme mejor quería verlo a usted; porque, al fin entre jóvenes, siempre se sabe.

    D. CARLOS. -Señor don Lino, yo no conozco a Patricio sino de haberlo visto algunas veces en su casa de usted y no sé cosa que...

    D. LINO. -Sí, sí... entiendo; es un conocido como otros..., pero yo, yo soy amigo de usted; usted es un mozo excelente y no querría, por cierto, desairar la confianza de un padre de familias... Es excusado decir a usted ya que hacía algún tiempo que yo había echado de ver que no miraba usted a mi hija con malos ojos. ¡Oh! Y si yo no hubiera consultado sino mi gusto particular y la razón, usted hubiera sido el preferido.

    D. CARLOS. -¿Es posible?

    D. LINO. -Sí; pero a lo mejor se le antoja a usted marcharse a las provincias, de donde nadie vuelve...

    D. CARLOS. -Ahora conozco todo lo que he perdido... pero, en fin... si usted ha dado ya su palabra...

    D. LINO. -Le diré a usted, condicionalmente. Esta noche nos casamos; quiero decir, se casan. Pero, si de aquí a la noche, descubro una sola pella de Patricio, una sola letra protestada... adiós boda... Tales son los pactos y no podrá quejarse.

    D. CARLOS. -Cierto. Obra usted como pudiente. Pero ¿qué motivo tiene usted para sospechar que Patricio pudiera exponer...?

    D. LINO. -No sé; sin embargo, su conducta no me parece muy clara. En primer lugar, ayer en todo el día no se dejó ver. Más. Hoy es... Van a dar las once, el día de la boda... pues aún no ha parecido.

    D. CARLOS. -(Aparte) Vaya, el suegro tiene razón, aquí hay gato encerrado y aún no pierdo la esperanza.

    D. LINO. -Todavía no ha enviado las vistas.

    D. CARLOS. -Acaso no tenga crédito ya con las tiendas. Las modistas en el día no quieren fiar a nadie; antes lo fiaban todo; pero han llevado tantos chascos que ahora ya no dan nada sino a dinero contante.

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ESCENA 2ª

(Dichos, Luisa y Eugenia.)

    LUISA. -Papá, papá; si supiera usted...

    D. LINO. -¿Qué es eso? ¿Ha venido mi yerno?

    LUISA. -¿Qué veo? (Viendo a don Carlos.) ¡Don Carlos, el amigo de Patricio...!

    D. LINO. -El mismo, que es por cierto más diligente que tu novio; porque llega de Bilbao a punto para tu boda, al paso que el caballerito don Patricio que vive en la calle de Hortaleza ha echado más de dos días para su viaje.

    LUISA. -¡Ah! No le culpe usted. Acaba de enviarme un regalo de boda magnífico... Mire usted qué hermosos diamantes (enseñando un aderezo).

    EUGENIA. -¡Ya se ve! ¡Es tan generoso!

    LUISA. -Y una carta muy fina en que me explica su ausencia de ayer. Pero, léala usted, léala usted.

    D. LINO. -Vamos a ver qué disculpa da. (Lee.) «Adorado Luisa, querida esposa mía, te amo, te adoro...»

    LUISA. -¿Lo ve usted? Bien decía yo que no podía ser culpable.

    EUGENIA. -Y yo... ¡como que lo he criado!

    D. LINO. -(Leyendo.) «Dentro de pocos instantes estaré a tu lado; no es culpa mía si no he podido ir antes. Tu esposo, Patricio.»

    LUISA. -Ya ve usted.

    D. LINO. -Veo, veo. Maldito, si yo veo que se disculpe.

    LUISA. -¿Con que no? ¿No está usted satisfecho? Léalo usted otra vez. «Adorada Luisa, querida esposa mía»... Vea usted, «te amo» aquí, y más abajo «te adoro». ¿Qué le pide usted a esa carta?

    EUGENIA. -¡Oh! Por lo que hace a mí no me queda la menor duda.

    LUISA. -Ni a mí.

    D. LINO. -Pero, ¿por qué no vino ayer?

    LUISA. -Puesto que viene hoy, él nos lo explicará. Además, bien claro lo dice, «no es culpa mía». Escrito está... nunca le he visto a usted tan...

    D. LINO. -Es que esto, señorita, no es natural. Soy comerciante; me gusta sobre todo la franqueza, el orden, la buena conducta. Aborrezco las deudas y por adelantada que esté la boda, si me probasen que Patricio...

    LUISA. -¿No le ha a dado usted palabra...? ¡Ah! Si duda usted todavía venga usted a ver su regalo... ¡Qué lujo! No se hacen gastos de esa especie, cuando se tienen deudas.

    D. LINO. -¡Valiente prueba! En Madrid, los que menos tienen son los que suelen gastar más. Pero, vamos allá; ya que no vemos al novio, veremos a lo menos sus vistas. (Vanse.)

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ESCENA 3ª

(Eugenia sola.)

    EUGENIA. -Pues... Ya tenemos al señor don Carlos de patitas en la casa. Podrá tener muy buenas prendas... pero esto (señalando al corazón) no lo tiene... no es franco, no es... ¡Oh!, estoy por el señorito Patricio. Su cabeza podrá ser mala, pero el fondo es bueno. Y a mí déme usted calaveras; un calavera se corrige, pero un hipócrita... jamás. Desde que este don Carlos está aquí, he empezado a temer... Como el otro es tan loco, es capaz, muy capaz de haber hecho alguna de las suyas... y lo peor es que no viene (se oye la voz de Patricio diciendo desde afuera).

    PATRICIO. -(Dentro) No tenga usted miedo, no me separo de usted..., voy delante para enseñarle a usted el camino.

    PATRICIO. -Ya está aquí; ya respiro.

ESCENA 4ª

(Eugenia, Patricio, Valbuena.)

    PATRICIO. -Entre usted, entre usted (a Valbuena al entrar); está usted en mi casa, o en casa de mi suegro, que es lo mismo. (A Eugenia) Buenos días, Eugenia.

    EUGENIA. -(Aparte) Pobrecillo. Estamos contentos con usted. ¿Qué quiere decir esto? Tenernos dos días en la mayor ansiedad... ¿Dónde ha estado usted?

    PATRICIO. -Eso ¡y ahora un sermoncito!

    EUGENIA. -Cierto que no lo merece usted. Yo tengo ese derecho; yo digo las cosas cara a cara y le defiendo a usted en su ausencia; no soy como los amigos que... En fin, dígame usted. ¿De dónde viene usted?

    PATRICIO. -A ti puedo decírtelo; tú lo callarás. Salgo de la cárcel; es decir, del consulado.

    EUGENIA. -¡Dios mío! Alguna nueva...

    PATRICIO. -¿Qué? Eso es lo mejor del caso: que la deuda no era mía, sino de Damián, mi amigo, excelente muchacho... pero un apuro... ya se ve... ¿eso cómo se evita? Lo iban a embargar si no daba un fiador. Vino a buscarme. ¿Cómo me había yo de negar? Luego pudo lograr poner las letras a tres meses de plazo. ¡Tres meses!, Eugenia. Yo creí que tres meses no se acababan nunca y que encontraría... Pues, amiga, nada de eso. El tiempo, se fue y el dinero no vino; y por colmo de desgracia, él se fue con el tiempo...

    EUGENIA. -¡Qué infamia! Fíe usted a nadie...

    PATRICIO. -Ahí verás; pero la cosa no tenía remedio; era preciso pagar; y eso pronto está dicho, pero veinte mil reales...

    EUGENIA. -¡Usted!

    PATRICIO. -En una palabra; que se protestaron; que no pareció Damián, que pegaron conmigo, que pido plazo, que expira el plazo... Abreviemos. Ayer salía yo de mi casa para venir acá y recibo la visita del señor que se encuentra en la escalera.

    EUGENIA. -¡Ah! El señor...

    PATRICIO. -Pues; el señor; el caballero más atento que tú has conocido. Me habla, hace conocimiento conmigo; la conversación tan original del señor, sus incitaciones, cierto auto de detención contra mi persona, todo me persuade y doy un pequeño rodeo... nada; al consulado... un rodeo de dos días.

    EUGENIA. -¿Cómo? El señor es...

    PATRICIO. -¡Oh! Un excelente sujeto... Es el señor Valbuena, alguá... es decir, ministro del Consulado.

    VALBUENA. -Sí, señora, ministro. El acreedor usó de su derecho; auto de detención; yo por mi parte encargado de llevarlo al debido efecto, no creo haber podido desempeñar mi comisión con más miramientos.

    EUGENIA. -¡Ah, Jesús! ¡Qué casta de hombres! ¿Y cómo ha salido usted?

    PATRICIO. -El señor Valbuena que, bajo un exterior de ministro -¿quién lo diría?-, abriga un corazón bien intencionado, se dignó dar parte a dos o tres amigos míos de mi mudanza de casa; como se ha podido, se han reunido diez y ocho mil reales entre lo que ellos han dado y el dinero que yo tenía, resto de lo que he gastado en el regalo de boda.

    EUGENIA. -¡Pobre don Patricio!

    PATRICIO. -Por desgracia, quedaba una letra de dos mil reales, endosada a un tal don Cosme... Era forzoso guardar el mayor secreto, a causa de mi suegro... porque a la menor sospecha, adiós Luisa...

    EUGENIA. -Es verdad. Y vamos, ¿cómo se ha compuesto usted?

    PATRICIO. -¡Ah! Siempre mi buen señor Valbuena. Es mi mano derecha.

    EUGENIA. -¡El señor!

    VALBUENA. -Sí, señora, yo. ¡Usted ha dicho «qué casta de hombres»! No lo he echado en saco roto; pero es preciso que entienda usted, señora, que si prendo a las gentes es porque esa es mi obligación; alguien los ha de prender; pero cuando puedo hacer favor, sin comprometerme, se entiende, lo hago...; aunque usted me ve así, soy sensible y padre de familias... en una palabra, puede uno ser ministro y tener buen corazón.

    PATRICIO. -Cierto; el señor lo ha manejado todo de suerte que el acreedor, viendo que no quedaba más que un pico de dos mil reales, se ha conformado con dejarme en libertad, con un alguacil de vista, se entiende, para buscarlos.

    VALBUENA. -Sí, pero por hoy no más; porque esta noche, a las siete, debo volver a llevarle a usted; y entretanto tenga usted presente que no respondo de usted y que no puedo perderlo de vista ni un solo instante; porque eso es otra cosa, mi deber.

    PATRICIO. -Nada más justo. Pero pierda usted cuidado. De aquí a las siete veremos de que mi suegro me entregue alguna parte del dote. ¿Tiene usted ahí la letra?

    VALBUENA. -Sí, señor; el endoso está en blanco y puedo entregarla en el acto al que me entregue el dinero.

    PATRICIO. -Lo llevará usted y además diez pesos por su trabajo. Y aun seré yo el agradecido. Conque así, querida Eugenia, te suplico que me cuides a este excelente amigo... Entretanto yo voy a ver a don Lino.

    VALBUENA. -Iré con usted.

    PATRICIO. -¿Cómo? ¿No puede usted quedarse aquí, en esta pieza?

    VALBUENA. -Si usted se queda, enhorabuena; pero si usted va a otra parte, le habré de seguir.

    PATRICIO. -¡Qué diablo de hombre! Si digo que no voy más que a dar los buenos días a mi esposa.

    VALBUENA. -Bueno, vamos. Yo no puedo separarme de usted un solo instante.

    PATRICIO. -No hay ejemplo de una adhesión semejante... ¿No se fía usted de mí, de los diez pesos que le he prometido?

    VALBUENA. -¡Oh! Sí, señor... pero el deber antes que todo. Los ministros tenemos por lo menos que salvar las apariencias; no trato de perder mi destino... hágase cargo de que soy padre de familia...

    PATRICIO. -¡Por vida de! Tengo que convidarle a la boda. ¿Y qué dirá el buen don Lino al ver un hombre cosido siempre a mi vestido?

    EUGENIA. -Y sobre todo con esa facha.

    PATRICIO. -¡Es verdad! Mira, Eugenia (a Eugenia), dame un vestido de mi suegro; volando; antes que vengan. (A Valbuena) Espero por lo menos que puede usted, sin comprometerse, quitarse esa levita y ponerse otra cosa más decente.

    VALBUENA. -¡Oh! Sí. Bien puede un ministro mudar de casaca.

    PATRICIO. -¡Enhorabuena!

    EUGENIA. -He aquí un vestido flamante, que el sastre mismo acaba de hacer.

    PATRICIO. -No importa; si pregunta, decirle que no le han traído. Esto durará poco.

    EUGENIA. -¿Qué es eso? ¿No le viene a usted bien? Como es nuevo...

    PATRICIO. -¡Oh, sí! Aun ministro siempre le viene bien que lo pongan como nuevo.

    VALBUENA. -Un poco... ¿eh? Usted estará supongo, a las resultas de este disfraz... si el viejo...

    PATRICIO. -Yo seré el responsable; yo. Un ministro no puede ser nunca responsable. ¡Magnífico! Ahora encargo a usted, por Dios, un poco de elegancia, odales...

    VALBUENA. -No tenga usted cuidado; un hombre que prende por deudas está en continuo roce con la mejor sociedad de Madrid. Espero que ya que yo me presto a cuanto de mí exige, no abusará de...

    PATRICIO. -Abusar, querido amigo, querido Valbuena... Eugenia, ahora procura hacer venir hacia esta parte a Luisa.

    EUGENIA. -Está en la sala con don Carlos, su amigo de usted, que ha vuelto de las Provincias...

    PATRICIO. -¿Mi amigo Carlos ha vuelto de las Provincias? Hombre, ¡qué de cosas contará! Pero, escucha; guárdate de decirle una palabra... era mi rival... aspiraba también a la mano de Luisa... y en su ausencia le he desbancado... entre amigos... Hombre, usted debe conocerle (a Valbuena), un joven elegante...

    VALBUENA. -Por esas señas no caigo...

    EUGENIA. -¡Chis! Aquí está el amo; me voy a mis labores (vase).

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ESCENA 5ª

(Patricio, Valbuena, Don Lino, Luisa.)

    D. LINO. -Por fin, es él. ¡Gracias a Dios!

    LUISA. -¡Patricio! ¿Está usted aquí ya?

    PATRICIO. -¡Sí, padre mío...! ¡Sí, querida Luisa!

    LUISA. -Estábamos con un cuidado... ¿Qué ha sido de usted desde antes de ayer?

    D. LINO. -Vamos a ver; explíqueme usted todo esto. En primer lugar, ¿quién es este caballero?

    PATRICIO. -Este caballero, querido padre mío, este caballero... no se lo puede usted figurar; es un amigo, pero un amigo verdadero; como hay pocos. Un amigo que no se aparta de uno en la desgracia; un amigo que sólo se va cuando vuelve la prosperidad. Es todo un amigo.

    TODOS. -¡Cierto!

    D. LINO. -¿Y dónde se han conocido ustedes?

    PATRICIO. -En el ejército. No tiene facha militar, ¿eh? Pues ahí verá usted. Donde usted le ve es un valentón, capaz de detener a todo un regimiento... (aparte) por menos, se entiende... Como tiene más edad que yo, ha sido mi mentor... me he dejado guiar siempre por él... ¿No es verdad? con una docilidad...

    VALBUENA. -Caballero, caballero, es mi deber (saludando).

    PATRICIO. -¡Oh, sí!... el deber de la amistad... porque... no puede vivir sin mí... nunca me abandona... ¿separarse de mí? ¿eh? Ya, ya. En el regimiento nos llamaban los inseparables.

    D. LINO. -Caballero (a Valbuena), los amigos de mi yerno serán siempre bien recibidos en mi casa. Pero, a todo esto (a Patricio) no nos explica usted la ausencia de ayer.

    PATRICIO. -Pregúnteselo usted (señalando a Valbuena), él le dirá a usted... él tuvo la culpa... un lancecillo muy desagradable por cierto (aparte), en el cual yo le era enteramente indispensable... pero este secreto no me pertenece... son cosas suyas... suplico a usted que no me pregunte más.

    LUISA. -Veo que, efectivamente, debe usted profesarle grande amistad, puesto que me sacrificó a él, por el espacio de todo un día.

    PATRICIO. -¡Ah, Luisa! Le juro a usted que no me era posible obrar de otra manera, atendidos los vínculos que nos unen. Los servicios que me ha hecho...

    D. LINO. -¿Y qué servicios...?

    PATRICIO. -¡Oh! No hace mucho me sacó de un lance...

    D. LINO. -¿Lance? ¿Con algunos compañeros del Cuerpo?

    PATRICIO. -No; con unos ingleses; lance serio; como que me prendieron y... si no hubiera sido por él, preso estaría todavía...

    D. LINO. -¡Oh! Yo lo creo; esas cosas aquí van largas, y aunque no le prendan a uno más que por sospechas...

    PATRICIO. -A no ser por él, querida Luisa, acaso no podría disfrutar hoy la dicha que me espera.

    LUISA. -¡Ah! Siendo así, de buena gana le perdono (vase).

    D. LINO. -Tenemos que hablar... quisiera decirle a usted dos palabras en particular.

    PATRICIO. -Con mucho gusto.

    D. LINO. -Es sobre el dote.

    PATRICIO. -¡Oh, felicidad! Me le va a entregar (aparte) y voy a enviar a paseo a mi amigo íntimo.

    D. LINO. -Me ha prometido usted que no contraería más deudas.

    PATRICIO. -¡Oh! Y lo cumpliré, se lo juro a usted; no sabe usted bien qué ratos dan.

    D. LINO. -En ese caso las condiciones que voy a proponerle a usted no deben alarmarle.

    PATRICIO. -Diga usted; cuanto usted quiera.

    D. LINO. -Sin contar con la herencia de su tío Antonio, que está en la Jamaica, tiene usted un patrimonio muy decente (echando de ver que se acerca Valbuena). ¿Qué quiere ese caballero? Parece que su amigo íntimo de usted nos escucha.

    PATRICIO. -¿Mi amigo? ¡Ah! Es distracción (hace señas a Valbuena para que se aparte).

    D. LINO. -Un patrimonio muy decente, como iba diciendo. Mi hija le trae a usted a su casa más de otro tanto... pero esto yo se lo guardo a usted.

    PATRICIO. -¿Lo guarda usted?

    D. LINO. -Le pagaré los intereses. Lo tiene usted puesto a ganancias. ¡Qué! ¿Mi casa no es tan buena como cualquiera otra? El dinero ha de producir. ¿Le incomoda a usted esto?

    PATRICIO. -¿Incomodarme? No, nada, absolutamente. -La hicimos (aparte). Es el caso que yo hubiera tenido cierto gusto, gusto no más, en tomar un poco de dinero contante al casarme...

    D. LINO. -Nada más justo. Enhorabuena; mañana o pasado, o el otro, cuando usted quiera, le entregaré una cuarta parte... y entonces... (viendo a Valbuena acercarse). ¡Oiga! Sabe usted que es distraído en forma. Ese buen señor no tiene la mejor crianza.

    PATRICIO. -¡Oh! Sí... sino que, el interés, el mismo interés que se toma por mis cosas...

    VALBUENA. -¿No entrega usted el dote a mi amigo Patricio? (Luisa vuelve.)

    D. LINO. -No, señor; si usted no dispone otra cosa... y tengo acá mis razones... que le explicaré más largamente cuando estemos solos.

    VALBUENA. -Yo lo creo, que le explicará usted...

    D. LINO. -Yo, voy a vestirme.

    VALBUENA. -Bien hecho... yo ya estoy vestido.

    D. LINO. -(Aparte.) No parece que haya entendido. (Llama.) Eugenia. (Entra Eugenia.) ¿No ha traído todavía el sastre mi vestido nuevo?

    EUGENIA. -No señor.

    D. LINO. -¿En qué diablos pensará? El vestido con que he de asistir a la boda.

    EUGENIA. -Vaya, señor; no tenga usted cuidado... el vestido se lucirá en la boda (mirando a Valbuena).

    D. LINO. -Entretanto, voy a ponerme otro. Caballero, soy un servidor de usted... si usted quisiese pasar a la sala...

    VALBUENA. -¡Oh! Estoy bien aquí; usted es demasiado atento.

    D. LINO. -Allí encontrará usted gente... y sociedad.

    VALBUENA. -¡Oh! Me basta la de mi amigo (señalando a Patricio).

    D. LINO. -Pues, señor, no hay medio. ¿Sabe usted (a Patricio) que este amigo es importuno?

    PATRICIO. -Discúlpele usted. Haga usted cuenta que no somos más que uno.

    D. LINO. -Pero, hombre, ¿Luisa se querrá hacer también esa cuenta?

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ESCENA 6ª

(Patricio, Luisa, Valbuena, algo retirado hacia el fondo.)

    PATRICIO. -Querida Luisa, por fin puedo decir a usted cuán feliz soy a su lado...

    LUISA. -¿Y yo? Tenía ayer una tristeza... viendo a... (viendo a Valbuena que se ha ido acercando) ¡Ay! ¡Dios mío!

    PATRICIO. -¿Qué? ¿Por qué se interrumpe usted?

    LUISA. -(En voz baja.) No había reparado que el señor se había quedado aquí.

    PATRICIO. -No tema usted, no puede oírnos.

    LUISA. -No importa... Yo no me atrevo a hablar con usted delante de él. Patricio, dígale usted que se vaya...

    PATRICIO. -¡Dios mío! ¡Qué situación! (Aparte.)

Le confieso a usted que no me atrevo... sería una grosería... es tan quisquilloso... Por otra parte, dentro de poco vamos a enlazarnos para siempre.

    LUISA. -¡Ah! Se equivoca usted; no nos casamos hasta la noche; y le aseguro a usted que de aquí allá, puede que haya mudado de idea.

    PATRICIO. -¡Santo Dios! ¡A la noche! ¿Y por qué no por la mañana?

    LUISA. -Papá lo ha dispuesto así.

    PATRICIO. -(Aparte.) Y yo que al anochecer tengo que volverme... (corriendo hacia Valbuena.)

    LUISA. -Bien. Me deja por su amigo... ¿Hay mujer más desdichada?

    PATRICIO. -Señor Valbuena (a Valbuena) déme usted unas horas más; hasta las doce siquiera.

    VALBUENA. -Imposible, señorito, imposible. A las siete, o el dinero, o usted.

    PATRICIO. -¡Mal rayo! Yo no sé qué me contiene...

    VALBUENA. -Caballerito... si usted se enfada...

    LUISA. -¡Ay, Dios mío! (Acercándose.) ¿Qué es eso?

    PATRICIO. -¿No lo ve usted? Le ruego que nos deje un momento solos, y se formaliza, se enfada... Tiene un genio... de todos los diablos...

    LUISA. -¿Y por un amigo semejante consiente usted en incomodarme? Me sacrifica usted a... Caballero, compóngase usted como pueda, pero mientras esté aquí, le declaro a usted que no me caso.

    PATRICIO. -(Aparte.) No hay medio, no hay forma de salir del paso. -Luisa (a Luisa, bajo) dos palabras, nada más. Oígame usted. Sepa usted que el señor no es lo que usted piensa, y que me es imposible separarme de él... No puedo decir a usted más... pero me es indispensable tenerle contento... en una palabra, mi suerte depende de él.

    LUISA. -¿Y de quién puede usted depender? Usted no tiene más parientes que su tío Antonio, el que está en la Jamaica... (mirando a Valbuena que se ha sentado) ¡Ah! ¡Qué rayo de luz! ¿Sería él... por ventura? ¿Ha vuelto?

    PATRICIO. -Silencio... (en voz baja). Mañana lo sabrá usted todo. Por ahora, bástele a usted saber que la amo... que la adoro a usted... y por lo que hace mi conducta, me es forzoso obedecer... no puedo obrar de otra manera...

    LUISA. -¡Ah! ¿Y por qué no me lo decía usted?

    PATRICIO. -¡Luisa!

    LUISA. -Bien; callaré, callaré.

¡Su buen tío! (Aparte.) Pobre señor, ¿por qué hará estos papeles?

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ESCENA 7ª

(Dichos, Don Lino, precedido de don Carlos.)

    D. CARLOS. -¿Es posible que esté un almuerzo detenido por el novio?

    PATRICIO. -¡Oh! Aquí está Durán.

    D. CARLOS. -¿Cómo? ¿Ya está usted aquí? (Sorprendido.) No nos habían avisado.

    D. LINO. -Señores, en atención a que se comerá tarde, he dispuesto un ligero almuerzo; en la mesa nos esperan el notario, los testigos y varios parientes... un poco estrechos estaremos... pero... ¡Ah! Este caballero nos honrará (a Valbuena) con su compañía... un poco de té, nada más.

    VALBUENA. -Seguramente; para mí es un deber.

    D. LINO. -No hay más que gentes de la familia... porque, por su parte, mi yerno sólo tiene a su tío Antonio...

    LUISA. -(Con intención.) Que desgraciadamente no está aquí... Hubiéramos tenido tanto placer en admitirle y obsequiarle...

    PATRICIO. -¡Pobre Luisa! (Aparte.) ¿Pues no le está haciendo ya la corte?

    D. LINO. -Ello, como hay más gente de la que se esperaba; somos tantos y estas casas que hacen ahora son tan chicas, que tendremos que almorzar en dos piezas separadas; pero la comodidad es lo primero.

    VALBUENA. -(Aparte.) ¡Qué diablura!

Permítame usted... (a don Lino) ¿me atreveré a preguntar en qué pieza piensa usted ponerme?

    D. LINO. -¡Vaya una pregunta! (Aparte.) Yo le fastidiaré. (A Valbuena.) En la segunda y los novios en la primera.

    VALBUENA. -Pido a usted mil perdones; pero ruego a usted encarecidamente que me coloque en la misma mesa que a su amigo...

    PATRICIO. -¡Quiere usted callar!

    VALBUENA. -De otra suerte no podré almorzar; por lo demás, no sirva de incomodidad... me pondré al lado, en frente... con tal que le vea, en cualquier parte...

    D. LINO. -¡Este hombre está enamorado!

    PATRICIO. -¡Estoy en brasas!

    VALBUENA. -Perdone usted mi franqueza... es mi genio.

    D. LINO. -Yo también soy franco y por lo mismo confieso a usted que no sé cómo hacerlo... en la primera mesa no caben más que los novios y yo; los padrinos, los testigos y el notario... ni un alfiler más. ¿Y cómo quiere usted separar?... Estoy desesperado de no poder... ¡Tómate esa! (aparte).

    VALBUENA. -¡Y yo!... pero, no le hace; yo de ninguna manera me separaré un punto de mi amigo... Me pondré detrás de su silla.

    PATRICIO. -(A don Lino.) Es el hombre más original que usted ha visto... no le conoce usted bien todavía.

    LUISA. -Cierto, que es original... (aparte) pero, al fin... es nuestro tío.

    PATRICIO. -Mire usted, hay un medio; se le pondrá una mesita aquí, en esta misma pieza, desde donde se ve bien todo el comedor... apuesto cualquier cosa a que prefiere este arbitrio... (a Valbuena) Acepte usted.

    VALBUENA. -Sí, sí, por cierto; con tal que queden las puertas abiertas y que no le pierda yo a usted de vista.

    D. LINO. -Patricio, le aseguro a usted que estoy ya de amigo íntimo hasta aquí...

    PATRICIO. -Pues ¿y yo? (aparte).

    D. LINO. -Vamos, señores, vamos.

    D. CARLOS. -Vamos, que todo el mundo nos espera.

    D. LINO. -Le pondremos a usted aquí. (Aparte.) Es insoportable este hombre; mejor le pondría yo en la calle. ¡Dios me libre de un amigo íntimo!

(Vase el último, queda solo Valbuena haciendo visajes por no perder de vista a Patricio que ha estado con Luisa y los demás en la pieza inmediato.)

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ESCENA 8ª

(Valbuena y luego Eugenia que prepara una mesa pequeña.)

    VALBUENA. -(Sin perder nunca de vista el comedor.) No puedo quejarme... es buena gente; me convidan a almorzar... en pocas casas me hacen igual recibimiento... ¿Es posible que hayan tomado las gentes tal tema con los ministros? Esta es la primera vez que me han convidado en casa de un deudor; y yo no sé por qué; al fin, un ministro tiene estómago como todos los demás funcionarios públicos. Bebe, come como todos y a veces más... Pues, sin embargo, hay gentes que los creen insensibles. ¡Insensibles! Que se lo pregunten a mi mujer... ¡Por vida de!... Cuidado si he querido yo a mi mujer... Y aun en el día... Ahora es y... y... los amores mismos de esos muchachos me recordaban los míos; me recordaban las muchas veces que estaba celoso y tenía que dejar sola a mi mujer para ir a asegurar a otros... Porque, eso sí, he sido celoso en todo; de mi mujer y de mi deber (a Eugenia que ha puesto la mesa a la derecha). Permítame usted... está demasiado lejos; mejor estará a este otro lado (traslada la mesa junto a la puerta del comedor).

    EUGENIA. -¿Ahí al paso? ¡Va usted a coger un aire!

    VALBUENA. -No importa; nosotros estamos acostumbrados ya a estar siempre cogiendo algo (mirando al comedor). Verdad es que están apretados; difícil hubiera sido colocar uno más. Pero desde aquí, veo a toda mi gente; veo a mi hombre. ¡Apreciable joven! ¡Excelentes chuletas!

(Un criado le va trayendo platos.)

    CRIADO. -La señorita Luisa es quien le envía a usted todo esto; me ha mandado que cuide de que nada le falta a usted.

    VALBUENA. -¡Amable señorita! Si uno pudiera comer con tranquilidad... es cosa cruel; no poder mirar lo que uno come, para ver lo que uno no come... recobremos el tiempo perdido.

(Lleva a la boca cinco o seis bocados seguidos; sin mirar al plato y sin perder de vista el comedor).

Está exquisito, pero no me puede sentar bien... estoy demasiado inquieto... (mirando) ese muchacho me da una pena... si fuera mi propio hijo...

    EUGENIA. -No vigilaría usted todos sus pasos con más celo.

    VALBUENA. -Cierto... Pero, a propósito de hijos... si yo llevase alguna friolera a mis chicos... ¿Usted me permite? ¿No es verdad?

    EUGENIA. -Sí, señor. ¿Quiere usted un papel?

    VALBUENA. -Gracias (levantándose y envolviendo unos bizcochos en el papel). Tres tengo... tres muchachos... y mi mujer, que está todavía... muy...

    EUGENIA. -La señorita viene hacia aquí... Métalo usted en su faltriquera.

    VALBUENA. -¿Qué dice usted? Estas faltriqueras no me pertenecen... Mejor será que lo ponga usted en mi surtú... allí está más seguro, y luego es más ancho.

    EUGENIA. -Es verdad... faltriqueras de ministro... quién sabe lo que cabe dentro... (aparte). Pues, señor, me vuelvo atrás de lo dicho... a pesar de ser lo que es, es un excelente hombre. ¡Parece imposible!

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ESCENA 9ª

(Valbuena, Luisa saliendo del comedor.)

    LUISA. -¡Ah! Señor... qué ganas tenía de hablar con usted. Con el pretexto de ver si le cuidaban a usted bien...

    VALBUENA. -¿Se ha levantado usted de la mesa?

    LUISA. -Además no tengo gana ya y no me gusta el té. Pero oígame usted; entre otras esquelas que acaban de llegar felicitándonos... y que papá me ha hecho leerle, ha venido una de un comerciante, de un tal don Cosme, que me he guardado muy bien de leer... Dice que tiene contra Patricio un crédito, una letra de dos mil reales... Tiemblo yo que sea cierto...

    VALBUENA. -Y yo no lo tiemblo, sino que lo sé.

    LUISA. -¿Lo sabía usted? Ah señor, vengo a suplicarle a usted... no le deje usted a mi padre el más ligero pretexto; dígnese usted pagar al momento esa pequeña deuda...

    VALBUENA. -¿Yo?... ¡Esta es buena!

    LUISA. -¡Es usted tan rico y tan bueno! ¿Qué son para usted dos mil reales más o menos? Nada; y asegura usted para siempre la felicidad de su sobrino...

    VALBUENA. -¿Mi sobrino? ¿Eh? ¿Qué quiere decir esto?

    LUISA. -¡Ah! no me acordaba de que no quiere usted ser conocido. No lo volveré a decir; pero ¿no hará usted nada por él?

    VALBUENA. -Señora, yo no puedo hacer... sino los más sinceros votos por su felicidad... al fin soy padre de familia... (Mirando hacia el comedor) ¡Santo Dios! ¿Han acabado ya? Y no veo a don Patricio... no está sentado donde estaba... ¿Dónde está?

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ESCENA 10ª

(Dichos, Don Carlos.)

    D. CARLOS. -(Con alegría) ¡Jesús! ¡Cómo ha salido!

    VALBUENA. -(Con espanto) ¿Ha salido? ¿Quién?

    D. CARLOS. -Un tapón de cerveza... ¡Paf!... al techo, como un cohete.

    VALBUENA. -¡Ah! un tapón... respiro.

    D. CARLOS. -(A Luisa) No creía hallarla a usted aquí en conversación tirada con este caballero... todos preguntan por la novia.

    LUISA. -¡Ah! me vuelvo, me vuelvo (mirando a Valbuena) (Vase).

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ESCENA 11ª

(Valbuena, Don Carlos.)

    D. CARLOS. -(A Valbuena que hace ademán de salir) ¡Se fue! Caballero, usted es el amigo de Patricio? ¿Su amigo íntimo?

    VALBUENA. -Sí señor... a lo menos, así lo dicen.

    D. CARLOS. -¿Pudiera yo hablar dos palabras con usted?

    VALBUENA. -¿Conmigo? Si no me engaño, ¿usted es don Carlos Durán?

    D. CARLOS. -Muy servidor de usted.

    VALBUENA. -(Aparte) Aquel rival de quien hablaba esta mañana don Patricio. Caballero, soy con usted dentro de minutos. Perdónerne usted mi inquietud... pero no estoy acostumbrado a pasar tanto tiempo sin ver a mi amigo... y temo que... (se entra en el comedor).

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ESCENA 12ª

(Don Carlos solo.)

    D. CARLOS. -Empiezo a sospechar el objeto que los ocupa; comprendo su inquietud, porque no ha mucho que he atrapado algunas palabras sueltas. De un acreedor y un tal don Cosme... No he podido oír más... Pero es indudable que hay en la situación de Patricio cierta oscuridad, de que pudiera yo acaso sacar partido. Al fin, yo ¿qué obligación tengo de servir a un rival que me birla mi querida?... Por otra parte, es evidente que Patricio no debe amarla mucho, pues que se expone a perderla de esta suerte el día mismo de su boda. Sólo con que yo supiera quién es ese don Cosme... si pudiera hacerme a cualquier costa con alguna prueba, algún recibo... ¡todo el dinero que traigo conmigo y más daría! He aquí a mi hombre que vuelve. Probemos a hacerle cantar.

ESCENA 13ª

(Don Carlos, algo apartado, Valbuena.)

    VALBUENA. -(Aparte, entrando) Estoy tranquilo... está hablando con su novia. Es un excelente muchacho. Me ha hecho tomar por fuerza una copa de licor... y me ha dado tres terrones de azúcar para los niños... Pero cuando pienso en la señorita... ¡Pues no se empeñó en confiarme su aderezo! (Viendo a don Carlos que se acerca.) Vamos a ver, caballero, ¿en qué puedo servir a usted?

    D. CARLOS. -¿No conoce usted a un tal don Cosme?

    VALBUENA. -¿Un comerciante?... Sí, señor.

    D. CARLOS. -¿No es ése el mismo que tiene una letra contra don Patricio...?

    VALBUENA. -Una letra... (aparte). ¿Me dirá usted antes de pasar adelante a qué conducen esas preguntas?

    D. CARLOS. -Hable usted más bajo. Importa mucho que Patricio no tenga deuda ninguna pendiente... y si existieran por ahí todavía algunos créditos contra él, quisiéramos detraerlos de la circulación, sin que él mismo lo supiese.

    VALBUENA. -¿Sin que él lo supiese?

    D. CARLOS. -Cabalmente; las cosas se han de hacer con toda generosidad.

    VALBUENA. -(Aparte) ¡Un rival! Esto no me parece natural. Si querrá perjudicar a... ¡Oh! pues eso no. A pillo, pillo y medio. Pues señor, don Patricio no tiene deudas a lo menos que yo sepa.

    D. CARLOS. -En ese caso... lo siento; porque yo hubiera dado cualquier cosa por encontrar una sola firma suya.

    VALBUENA. -¿Qué dice usted? ¿Hubiera usted dado cualquier cosa...?

    D. CARLOS. -Sin titubear.

    VALBUENA. -Eso es otra cosa. ¿Quién sabe si podríamos entendernos? ¿Y qué llama usted cualquier cosa? ¿Cómo cuánto daría usted?

    D. CARLOS. -¿Eh? ¿Qué quiere decir eso? ¿Tendría usted por ventura...?

    VALBUENA. -No se trata de eso; sino de cuánto daría usted por tener en sus manos una letra contra él.

    D. CARLOS. -Hombre, yo, sin perjuicio de repetir después contra quien conviniese, para hacerla efectiva, daría... desde luego... su valor.

    VALBUENA. -Es decir que la compraría usted al precio corriente... Pues, señor, no es bastante... Amigo, el papel de don Patricio es muy rebuscado en el día; ahora sobre todo que es muy raro en la plaza... ha subido horriblemente... y yo tengo un crédito de dos mil reales, que no daría por el doble.

    D. CARLOS. -¿Usted? ¿Pues no es usted el amigo de don Patricio?

    VALBUENA. -¿Yo? ¿Eh? Lo mismo que usted.

    D. CARLOS. -¡Ah! Ahora ya entiendo, usted es un acreedor suyo, acaso ese mismo don Cosme...

    VALBUENA. -¿Quién sabe?

    D. CARLOS. -Tenedor de una letra...

    VALBUENA. -Cierto.

    D. CARLOS. -¿Y por qué no se presenta usted?

    VALBUENA. -¿Y si no quiero?

    D. CARLOS. -Sería usted pagado...

    VALBUENA. -¡Pse! No me urge...

    D. CARLOS. -¡Parece increíble! ¿Qué motivos tiene usted...?

    VALBUENA. -Mire usted, caballero, no tratemos de sonsacarnos nuestros secretos... Usted tiene sus razones; yo tengo las mías... Si no soy negado, usted hace un buen negocio, y yo también... Con que, vea usted si le acomoda. Cuatro mil reales... en el acto. ¿No? Dejarlo.

    D. CARLOS. -¿Está usted loco? ¡Cuatro mil reales! ¡Este hombre es un judío! (aparte). ¡Un empréstito andando! -Hombre, ya ve usted, obligarme a pagar cuatro mil reales, una letra de la cual no podré yo sacar nunca más que dos mil... es decir, que pierdo yo otros dos mil...

    VALBUENA. -¡Cabal! Pero si esos dos mil reales le hacen a usted ganar por otro lado treinta veces más... si eso le libra a usted de un rival...

    D. CARLOS. -¿Qué dice usted?

    VALBUENA. -Que acaso no haya ningún otro crédito más que ese en circulación... además de estar adornado de todos los accesorios... protesto, prórroga, cumplimiento, notificación, embargo, auto de prisión... y el endoso en blanco.

    D. CARLOS. -¡Cáspita! Si está en regla el papelillo para mi negocio.

    VALBUENA. -Créame usted. Es una letra, ejecutoria en el acto; en manos de cualquier alguacil que sepa su oficio...

    D. CARLOS. -Cabalmente conozco uno queme servirá de rodillas... y para convencer al padre, no hay otro medio... (a Valbuena, bajo) si estuviera yo seguro del secreto...

    VALBUENA. -El secreto es tan mío, como de usted.

    D. CARLOS. -¡Está hecho! Cinco mil reales traigo cabalmente en billetes del banco. Es dinero.

    VALBUENA. -¡Oh! Es igual.

    D. CARLOS. -Son de a mil, cuatro mil reales.

    VALBUENA. -Justos. ¡Ya los tengo! (aparte).

    D. CARLOS. -Vuelo y si encuentro a mi alguacil, antes de un cuarto de hora, está aquí la letra.

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ESCENA 14ª

(Valbuena solo.)

    VALBUENA. -¡Bravo! Una letra de dos mil reales... que acabo de vender por cuatro mil; no es mal negocio; no soy lerdo, por lo visto. Aunque simple ministro del Consulado, lo he manejado mejor que un ministro de veras. Pues, señor, está visto; para un empréstito soy hombre que no tengo precio. Dos mil para la patria y dos mil para uno. ¡Pobre don Patricio! ¡Cómo se va a alegrar! ¡He condenado en costas a la parte contraria! Pero, reflexionemos... antes que todo, el deber... es preciso pagar inmediatamente a don Cosme el comerciante; porque, al fin, él es el tenedor de la letra; él es el acreedor por quien estoy aquí. Pongamos aparte en este bolsillo los dos mil reales que le pertenecen, y que le entregaré esta noche (lo mete en su bolsillo de su chaleco). Ahora un poco de cuidado; porque ésta es cuenta de partida doble; esta letra, endosada a la orden del rival, no puede tardar en presentarse... conque así, amigo Valbuena... en guardia y veamos venir.

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ESCENA 15ª

(Valbuena, Patricio que sale del comedor.)

    PATRICIO. -¡Ah! Querido Valbuena; cada vez estoy más desesperado. Pasa el tiempo y...

    VALBUENA. -¿Y qué?

    PATRICIO. -¿Cómo y qué? Tendré que abandonar a mi mujer, y antes de casarme... ¡En qué día! Y ¿qué dirán luego de mi ausencia? ¿Qué, cuando no me vean volver? ¡Ah! ¡Si pudiera usted concederme algunas horas más!

    VALBUENA. -¿De veras? Oígame usted, caballerito; usted me ha proporcionado un excelente almuerzo... usted me ha llamado su amigo... usted me ha tratado con unos miramientos a que no estoy hecho, en verdad. Esto merece un premio... le doy a usted por mi parte hasta las doce de la noche...

    PATRICIO. -¿Es posible? ¿Usted puede sin comprometerse...? No me atrevo a creerlo todavía... ¡Hasta las doce!... (abrazándole). ¡Amigo mío! ¡Querido amigo mío, íntimo! ¡Inseparable mío! ¡Mi amparo y mi salvador!

    VALBUENA. -Basta, basta, por piedad. Hombre, hombre, guarde usted todo eso para su mujer, que será más agradecida.

    PATRICIO. -(Con desesperación y paseándose) Sin embargo, a las doce... ¿Hay suerte como la mía? ¿Y será precisamente cuando acabe de recibir su mano, cuando tendré que separarme de ella? ¿Usted no se ha casado nunca, señor Valbuena? No, es falso. Usted no se ha casado.

    VALBUENA. -A la verdad que si hubiera tenido que abandonar a mi Dorotea la misma noche de novios...

    PATRICIO. -¡Ah! ¡Dorotea! precisamente. ¡Dorotea! Me ha quitado usted de la boca; iba a hablarle de ella, iba a invocar su recuerdo.

    VALBUENA. -Confieso que, en poniéndome por medio a mi mujer, pierdo los estribos. Me enternece la situación de usted. Pues, señor, sea lo que Dios quiera. En conmemoración de mis amores y en el interés de los suyos le concedo a usted hasta mañana.

    PATRICIO. -¡Hasta mañana! ¡Amigo mío! ¿Qué escucho? ¡Yo estoy loco! He aquí las ventajas que trae a la sociedad el matrimonio. Él hace al hombre marido; él hace marido al alguacil; al ministro, qué diga. No me hablen luego de ministros solterones. Señor Valbuena, toque usted aquí (le alarga la mano).

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ESCENA 16ª

(Dichos y Luisa.)

    LUISA. -¡Ay! ¡Querido Patricio! ¡Ay señor! ¡Qué maldita casualidad! Papá estaba en la sala con nosotros... le han llamado... yo le he seguido con curiosidad... y yo lo he visto, lo he oído...

    LOS DOS. -¿Qué?

    LUISA. -Le han puesto, le han puesto...

    PATRICIO. -¿Qué le han puesto?

    VALBUENA. -¿Qué le han puesto a su papá de usted?

    LUISA. -Le han puesto delante una letra de usted, de dos mil reales.

    PATRICIO. -¡Mía! (mirando a Valbuena) ¡Santos cielos! ¿Será alguna otra que yo me haya dejado olvidada? ¡Cómo diablos... Estas letras me nacen debajo de las piedras!

    LUISA. -Un maldecido alguacil...

    PATRICIO. -(Tapándole la boca) ¡Chis!

    LUISA. -Sí señor, un alguacil la ha traído; y lo que ustedes no querrán creer; ese alguacil viene de parte de don Carlos, del que quería casarse conmigo.

    PATRICIO. -¡Traidor! ¡Luisa! ¿Qué partido tomaremos? ¿Qué haré?

    VALBUENA. -Pagar.

    PATRICIO. -Pues, pagar. Eso pronto está dicho.

    LUISA. -Señor, yo se lo ruego a usted (echándose a los pies de Valbuena). Ampare usted este matrimonio desgraciado. ¿Habrá dolor que se iguale a nuestro dolor? ¿Nada le conmueve a usted?

    VALBUENA. -Sí, amables jóvenes. Mi corazón no puede resistir más tiempo el embate de tantos afectos encontrados. Un almuerzo, una letra... un matrimonio, en fin; esto último es capaz de dar en tierra con la mejor cabeza del mundo. Tome usted, amigo mío, tome usted esos billetes de banco. Dos mil reales.

    PATRICIO. -¿Qué hace usted?

    LUISA. -¡Ah! ¡Excelente tío! Ya sabía yo que perdonaría y pagaría. Todos los tíos acaban siempre por ahí.

    PATRICIO. -¿Qué dice? ¿Acaso...?

    VALBUENA. -¿Qué importa? (levantando a Luisa). Sea yo quien fuere... Usted me ha llamado su amigo íntimo y yo no he querido faltar a las obligaciones de tal. Tome usted, pague usted a su suegro y despida a ese ministro; pero despídale usted con las consideraciones debidas a una profesión harto penosa ya por sí y tanto más sensible a las atenciones, cuanto menos acostumbrada está a ellas. Pero, silencio, es don Lino.

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ESCENA 17ª y ÚLTIMA

(Dichos, don Lino, Eugenia, un alguacil, algo apartado.)

    D. LINO. -Caballerito, creo excusado (a Patricio, con severidad) recordar a usted nuestro convenio y la palabra que me dio.

    PATRICIO. -Seguramente que no lo tengo olvidado.

    D. LINO. -¿De dónde procede entonces un crédito de esta especie?

    PATRICIO. -¿Un crédito? ¿Me permite usted? (recorriéndole) ¡Cielos! (Bajo, a Valbuena). La letra de don Cosme, endosada a favor de don Carlos. ¿Cómo diablos ha salido de manos de usted?

    VALBUENA. -(Bajo). Para salvarle a usted; no hay miedo.

    (A don Lino) ¿Qué hay de malo, caballero, en aceptar y girar letras de cambio? Ya quisiera yo saber... usted mismo que es comerciante las girará todos los días.

    D. LINO. -Sin disputa; el mal no está en aceptarlas, sino en no pagarlas.

    PATRICIO. -Estaba esperando a que se presentasen. Ayer, como usted sabe, estuve todo el día ausente. Pero ahora tengo a dicha el poder desempeñarme delante de usted mismo. Aquí están los dos mil reales.

    D. LINO. -¡Oiga! No vuelvo en mí de mi sorpresa... Pero ¡ah! ya comprendo. El señor, su amigo de usted, es quien ha pagado...

    VALBUENA. -Yo, caballero. Usted no me conoce, no conoce usted a mi amigo Patricio. Pero, aunque no necesite de nadie, es preciso que sepa lo que su novia quería hacer por él. ¡Noble y generoso sacrificio! ¡Sobre todo para una mujer! Renunciaba a sus diamantes, a sus adornos. Se creía bastante hermosa con su amor y su ternura. (A Luisa) Muy bien, señorita, algún día encontrará usted el premio. He aquí sus alhajas; se las devuelvo a usted; para nada son necesarias (le devuelve el aderezo).

    D. LINO. -¿Cómo? ¿Mi hija le había confiado a usted...?

    VALBUENA. -Sí, señor; yo las acepté para dar una prueba de afecto a su familia y una lección a mi joven amigo; y para granjear a su hija de usted el corazón y el agradecimiento de su esposo.

    LUISA. -¡Oh, el mejor de los tíos!

    D. LINO. -¿Qué dice usted?

    LUISA. -¿No lo han conocido ustedes ya? Es el tío de Patricio, su tío Antonio, que acaba de llegar de la Jamaica.

    TODOS. -¿Es posible?

    VALBUENA. -Señores, por Dios; no, nada de eso. Por más a la moda que estén en semejantes bodas los tíos que vienen de América, yo no soy sino un vecino de Madrid... no soy pariente por ningún lado de don Patricio. (Al alguacil) Por lo que hace a usted, señor Ganzúa...

    ALGUACIL. -(Acercándose) ¡Ah! ¿Es usted quien paga esta diligencia?

    VALBUENA. -Le han empleado a usted; ya le pagarán. Mañana me veré yo con usted. Ya nos entenderemos.

    ALGUACIL. -Como usted guste... en ese caso, me retiro. Servidor de ustedes.

    D. LINO. -Este hombre conoce a todo el mundo; hasta a los alguaciles. Por piedad, caballero, ¿quién es usted?

    VALBUENA. -Eso es lo único que no puedo decir a usted; su yerno, que está en todo, le dirá algún día los motivos que tengo para... Entretanto, don Patricio se casa con su amada; ha pagado todas sus deudas, ni una le queda, ni un solo protesto...

    D. LINO. -¿Está usted bien seguro?

    VALBUENA. -Se lo juro a usted a fe de minis..., quiero decir, de hombre de bien.

    PATRICIO. -(A Valbuena) Pero dígame usted al menos a quién debo ahora...

    VALBUENA. -Mañana lo sabrá usted. Porque le pido a usted, amigo mío, su permiso para irle a ver alguna mañana que otra... Cuando esté usted solo.

    PATRICIO. -Será usted siempre muy bien recibido. Lo que usted ha hecho por mí está aquí... (señalando el corazón). Su memoria y mi agradecimiento será siempre como nosotros hemos sido hoy...

    VALBUENA. -Entiendo, inseparables.

FIN

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