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El doncel de Don Enrique el doliente

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IXL

Yo malo que obré el pecado,
Merecía haber la paga.
Mis ojos sean malditos
Que su hermosura miraran,
Que a no mirarla ellos
Todo este mal se excusaba.
No miréis, justo señor,
Su pecado; pues la paga
El cuerpo que lo tal hizo
A ella haced librada.
Rom. del rey Rod.

Luego que Fernán Pérez se hubo repuesto algún tanto de su primer asombro, volvió los ojos hacia su señor, y viendo lo malparado que estaba entre los suyos, llegóse a él con aire resuelto.

-¿Qué es esto, señor? -le dijo-. ¿La condesa aquí? ¿Y el doncel?

-¿Qué ha de ser, Vadillo? -repuso Villena-. El infierno todo, que anda mezclado en mis asuntos. Mi castillo está en manos de traidores. La fuga es nuestra salvación.

Dichas estas palabras, aprovechóse el conde de Cangas de la confusión general y salió del palenque con Vadillo y sus caballeros y vasallos antes que pensara nadie en impedírselo, armándose en seguida y montando precipitadamente a caballo, tomaron a rienda suelta el camino de Arjonilla, donde le pareció al conde que debía hacerse fuerte y esperar el sesgo contrario o favorable que quisiesen tomar las cosas. En el camino hubo de confesar toda su conducta el intruso maestre a Fernán Pérez. A pesar de su nunca desmentida fidelidad, no pudo disimular éste un gesto de desprecio, hijo de la consideración del carácter de aquel hombre, imperfecta mezcla de ambición y pusilanimidad. No creyó, sin embargo, oportuno abrumarle con reconvenciones en la hora de su desgracia; desesperado de no haber acabado como creía con el hombre que le había ofendido en lo más delicado de su honor, y cuya muerte había jurado, suplicó al conde le permitiese adelantarse en su excelente caballo para advertir su llegada al castillo y tomar disposiciones de defensa, según le dijo, pero en realidad con ánimo de que no se escapase por esta vez a su furor el doncel, si estaba todavía aprisionado, como debía de presumirse de su ausencia en el combate.

Advertida de allí a poco en el palenque la fuga del conde y de los suyos, fue tal la indignación de Su Alteza al verse de esta manera burlado por su mismo pariente a quien tantos favores había dispensado, que a pesar de los ruegos de doña María de Albornoz y de Elvira pudieron más con él las sugestiones del pérfido judío Abenzarsal. Este, para salvarse y no verse arrastrado en la ruina del conde, no halló otro recurso que cortar el cable que unía su suerte a la del caído maestre, y como buen palaciego, fue el primero que manifestó la mayor indignación contra Villena. Despachó, pues, el Rey en seguimiento del conde al justicia mayor con numerosa comitiva de caballeros y hombres de armas, dándole orden de traerle a su presencia vivo o muerto, y de salvar a toda costa al doncel de su venganza, si existía en su poder todavía, como debía sospecharse de las informaciones que dio sobre el caso Peransúrez.

Deseosa, sin embargo, la generosa condesa de endulzar el rigor de la ley por una parte, y por otra de cooperar a la libertad del doncel, que tan noblemente había abrazado su causa desde un principio, y que por ello se veía en inminente peligro, se decidió a seguir al justicia mayor a Arjonilla, acompañándola Elvira, Jaime y Peransúrez; aturdida todavía aquélla con los singulares y opuestos acontecimientos que habían pasado en aquel día, y fieles los otros dos, como siempre, a la generosa empresa que habían abrazado. La impaciencia que a los cuatro animaba no les permitió esperar a la partida más lenta del justicia mayor y de su tropa. Llevando, además, mejores caballos, ganáronles prontamente la delantera.

En el castillo se había aplacado entretanto el desorden y la confusión producidos por la fuga de la condesa. Ferrus y Rui Pero se habían cerciorado con satisfacción que sólo uno de los prisioneros se había escapado. Era, en verdad, el más importante; pero Rui Pero se puso a la cabeza de unos cuantos hombres armados con no pocas esperanzas de recobrar a los frailes fugitivos, que habiendo salido a pie, no podían haber andado mucho. Hubieran logrado su intento a no haber tenido tiempo Peransúrez para llegar a la venta de Nuño; pero una vez allí, desnudáronse su disfraz, tomaron consigo unos cuantos monteros colegas de Peransúrez, y rodeando por el monte y sonando sus bocinas en son de caza, lograron burlar la vigilancia de los emisarios de Rui Pero, que buscaban dos frailes franciscanos y no una compañía de cazadores.

La condesa creyó oportuno avisar de su situación a Su Alteza por medio del mismo Nuño y de su compañero de viaje, por si se frustraba su fuga o por si no podía llegar a Andújar tan presto como era su intención, a pesar de la poca distancia que hasta allí había. Nuestros lectores han visto cómo desempeñó Nuño su comisión, y pueden figurarse que Rui Pero y los suyos recorrían todavía inútilmente los alrededores de Arjonilla. Ferrus, poco militar todavía y aturdido con cuanto le pasaba, no había pensado en relevar las centinelas, y habiéndose convencido por una rejilla interior de la prisión del doncel de que existía en su poder, permanecía Hernando en su puesto con su alano, bien decidido a vender cara su vida si no podía salvar a su señor; viendo que nadie se acordaba de él, se determinó por último a abandonar su guardia y a buscar otra manera de salvar a Macías. Echó a andar para esto a lo largo de la muralla, calada la visera de la mala celada que había robado al difunto, y no le costó dificultad introducirse en lo interior del castillo, que por lo desmantelado servía de cuartel a los hombres de armas. No osaba preguntar por no delatarse a sí mismo; pero calculando la forma del edificio, anduvo con aire resuelto como si fuese a cosa hecha o llevase alguna orden y se acercó adonde caía efectivamente la escalerilla que daba entrada a la prisión del doncel. Felizmente conservaba todavía las llaves en su poder, y Ferrus con la mayor parte de su fuerza se ocupaba en distribuir atalayas en las murallas y en examinar de continuo el campo por ver de divisar a Rui Pero, de quien no dudaba que volviese con su presa.

Quedábale que vencer a Hernando una dificultad. En lo alto de la escalera había un centinela a quien Ferrus había encargado la vigilancia.

-¿Quién va? -preguntó éste a Hernando, luego que le vio acercarse.

-Compañero -repuso Hernando, tratando de ganarle por buenas, y aun de relevarle, si podía-, ¿cae hacia esta parte la prisión?

-Atrás. Parece que es nuevo el compañero según la pregunta. Aquí cae; pero atrás.

-Ved que os vengo a relevar. ¡Voto va! podéis iros a descansar.

-¿A descansar, y hace un cuarto de hora que estoy en esta facción?

-¡Malo! -dijo para sí Hernando.

-No conozco yo la voz de ese compañero -dijo entre dientes el centinela, armando su ballesta-. ¡Ea! atrás digo.

-¡Cuerpo de Cristo! -exclamó furioso Hernando, viendo que su astucia no había surtido efecto- ¡si no conoces mi voz, jabalí, conocerás mi mano -dijo, y se abalanzó sobre el contrario. Retrocedió éste gritando «¡Traición! ¡Traición!» y disparó su ballesta; recibió Hernando la saeta en el brazo izquierdo; pero no haciendo más caso de ella que de la picadura de un insecto, levantó su mano de hierro, y asiendo del centinela por la garganta, alzóle del suelo, dióle dos vueltas en el aire con la misma facilidad y desembarazo que da vueltas un muchacho a su honda, y despidiólo contra la pared del corredor, donde produjo el infeliz un chasquido hueco, semejante al de una inmensa vejiga que revienta, cayendo después al suelo sin más acción que un costal o un haz de fajina. Arrancóse en seguida la saeta del brazo Hernando, y pasándola por los talones del vencido, colgólo en la pared de una fuerte escarpia que servía para suspender de noche una lámpara, donde le dejó cabeza abajo en la misma forma que hubiera hecho con un venado. Sin reparar en la sangre que de su herida corría, abalanzóse después Hernando con las llaves a la escalera, la cual bajó con la misma priesa y ansiedad y latiéndole el corazón con la misma fuerza que si le esperase abajo una querida que fuese a ver solo por primera vez.

El desdichado doncel, que ningún ruido había vuelto a oír desde su encierro en aquel subterráneo, si no era el monótono rumor del torrente, que casi debajo de sus pies corría, paseaba entretanto su estancia con paso largo y precipitado, indicio de la agitación de su alma.

-¡Elvira -decía hablando con su señora-, Elvira, he aquí el estado infeliz a que ha reducido tu obstinación a tu amante desdichado! ¡Te lo predije! ¡No oíste mi voz! ¡No creíste mis palabras! Goza ahora, goza tranquila en los brazos de tu esposo esa felicidad maldecida que yo solo perturbaba. ¡Ah, traidor Villena! ¡Ah, fementido Hernán Pérez! ¡De esta suerte me venceréis! ¡Yo siento su mano aún dentro de la mía! ¡Siento su corazón latir fuertemente contra el mío; la veo, la oigo; sus lágrimas ardientes corren aún a lo largo de mis mejillas! Su voz trémula y agitada, su voz ronca de pasión, ahogada por el amor, pidiendo piedad y misericordia, resuena aún en mis oídos. La estrecho entre mis brazos. Día y noche desde entonces siento sobre mis labios la opresión dulcísima, el calor inmenso de los suyos. ¿No lo sientes, Elvira, tú también? ¡Nunca se apagará este ardor y esta memoria! ¡Es fuego, es fuego, es el amor entero, es el infierno todo sobre mis labios desde entonces!

El mayor abatimiento sucedió a este corto extravío de la razón del doncel. Una llave sonó de repente en la cerradura de su prisión, y un momento después se hallaba en los brazos de Hernando. No acababa el prisionero de creer a sus ojos.

-Ea, señor -dijo Hernando, después de una breve pausa-, conoce a tu montero. Toma esta espada. No es la tuya, señor; es la de un villano; pero en tus manos será la del Cid. A mí me basta un venablo. Salgamos.

-¿Adónde, Hernando...? ¿Quién te trajo? ¿Dónde estoy?

-Después, después -repuso Hernando mirando a todas partes con la mayor inquietud-. El grito del centinela puede haber dado la alarma y urge el tiempo.

-No, Hernando; déjame morir en esta soledad -repuso el doncel con dolor-. No la veré al menos acariciando a otro.

-Te ciega tu pasión, Macías -contestó el montero-. Huyamos. Ven de grado, si no quieres venir a tu pesar.

Disponíase el montero a cumplir su amenaza apoderándose a viva fuerza del doncel, proyecto que hubiera llevado a cabo fácilmente, ayudado de su robusto brazo cuando un sordo estruendo de armas se dejó oír en el corredor.

-¡Voto a tal! -exclamó Hernando aplicando el oído-. Me han descubierto los traidores; vendámosles caras nuestras vidas.

Dichas estas palabras asió el montero de un brazo del doncel y obligóle a subir con él la escalera.

-¡Traición! ¡Traición! -gritaban en lo alto de ella varios soldados que se preparaban a impedir la evasión de los fugitivos. De allí a poco se trabó un combate encarnizado en el corredor. Cargaba más gente por momentos, y Ferrus, que había reconocido al montero, animaba a los suyos con promesas y amenazas.

-¡Ven, villano -gritaba Hernando a Ferrus-, ven, juglar infame! Yo soy el que ha librado a la condesa, yo el que había de librar a mi señor. Llega y probarás mi venablo.

-¡A él, amigos a él! -gritaba Ferrus sin dar reposo a los suyos-; él es traidor; ¡muera Hernando, muera!

Macías, animado con la pelea, se defendía valientemente haciendo prodigios de valor y derribando cuanto se ponía a su paso; pero era evidente que hallándose como se hallaba desarmado, no podía resistir por mucho tiempo al número de sus contrarios. Él y Hernando se vieron precisados, después de haber derribado inútilmente a algunos de sus enemigos, a refugiarse hacia la prisión. Acababa de entrar Macías en ella cuando se abrió por entre los que le acosaban un caballero, gritando, con la espada desnuda:

-¡Ténganse todos! ¡Fuera, villanos! ¡A mí! ¡Dejádmele a mí! El doncel me pertenece.

-¡Hernán Pérez! -gritó fuera de sí el doncel, cobrando nuevo valor y dirigiéndose hacia el enemigo que acababa de llegar.

Suspendiéronse a la voz de entrambos los combatientes, y Hernán Pérez solo se precipitó tras Macías en la prisión. No pudo evitar esto Hernando, ni menos que Hernán Pérez, dentro ya con su rival, corriese un enorme cerrojo que por dentro la cerraba. Agobiado por el número de los que le rodeaban y querían rendirle, quedó en la escalera jurando y blasfemando de su mala suerte, que le impedía ayudar a su señor. Haciendo entonces el último esfuerzo, atravesó con el venablo a dos de los que más cerca tenía y abrióse paso por entre los demás, aterrados de la muerte de sus compañeros. Precipitóse en seguida sobre Ferrus, que huía despavorido por el corredor seguido de su alano, el cual amenazaba con los dientes hacer presa en el primero que tocase a su amo, y asiendo al juglar de la garganta:

-¡Villano -le gritó-, condúceme a las cadenas del rastrillo de la prisión o eres muerto!

No osaba llegar a Hernando ninguno de los del castillo temerosos de que clavase el venablo en su alcaide a la menor contradicción; Ferrus, entretanto, aterrado:

-¡Ah, señor! -exclamó-; si me perdonáis la vida, yo os llevaré donde gustéis.

-Ea, pues, vamos -replicó Hernando, y llevándole siempre asido de la garganta le siguió adonde Ferrus todo trémulo le guiaba.

Entretanto luchaban animados de igual furor Hernán Pérez y Macías, cerrados en la prisión. Pocos golpes habrían dado y recibido, cuando resonó por todo el castillo el rumor de varias trompetas y el estruendo de muchas gentes de armas que llegaban nuevamente. Don Enrique de Villena y los suyos acababan de entrar en él. Casi al mismo tiempo llegó doña María de Albornoz y Elvira, y al nombre de la condesa fuéles abierto el puente.

Dirigiéronse los primeros, informados de cuanto ocurría, hacia la prisión del doncel, y hallándola cerrada por dentro, mandó el conde que se forzase la puerta, operación a que se dio principio con la mayor actividad.

Doña María de Albornoz y Peransúrez, no conociendo más camino a la prisión del doncel que aquel que ellos habían andado antes de la fuga, se dirigieron, por el contrario, entre la muralla y la zanja, llegaron al frente de la prisión, oyeron el ruido de las armas de los combatientes y el estruendo de los que por el opuesto lado forzaban la puerta que había cerrado Vadillo; pero ¡cuál fue su sorpresa cuando vieron el espectáculo que se ofreció a sus ojos! Hernando, asomado a una galería sobre la prisión, desde donde se soltaban las cadenas del rastrillo, tenía asido aún al juglar y lo ahogaba casi con su mano, intimándole que le ayudase a soltarlas. Ferrus, sin embargo, que sabía el horrible secreto del rastrillo, por el cual no podía pasar nadie sin caer en la zanja y hacerse pedazos en los muchos pinchos de hierro de que estaba erizada, lleno de pavor quería explicarse porque no tomase luego Hernando mayor venganza de la catástrofe que debía de seguirse a la bajada del rastrillo. No concediéndole, empero, Hernando parlamento, y viéndose Ferrus ahogar, hubo de ceder y ayudó a Hernando como pudo a soltar las cadenas.

-¡Sálvate, Macías, sálvate! -gritó desde arriba Hernando con voz que retumbó en todo el castillo, y entonces se ofreció a los ojos de doña María y de Elvira el horroroso combate.

-¡Cielos! -exclamó Elvira-. ¡Bárbaros, teneos! ¡Tomad mi vida, tomadla! -precipitóse Elvira hacia la prisión, y puesta en el borde del abismo-: ¡Macías! -clamó sin podérselo nadie impedir-. ¡Hernán Pérez! ¡Cesad, bárbaros, en tan cruel combate o este precipicio será mi tumba!

No volvió siquiera Hernán Pérez la cabeza, antes más encarnizado que nunca al oír la que causaba su implacable rencor, redobló sus golpes. No sucedió así al doncel -volvió la cabeza rápidamente, y al ver a orillas de la zanja a Elvira, pronta a precipitarse en ella, desasióse del hidalgo, a tiempo que caía hecha pedazos la puerta de la prisión con horrible fragor y que se entraban dentro don Enrique y los suyos.

-¡Elvira! -gritó Macías saliendo de la prisión-. ¡Elvira! -lanzóse en seguida al rastrillo.

-¡Perdón! -gritó con voz desesperada Ferrus a Hernando, y al mismo tiempo, cediendo la trampa del rastrillo al peso del caballero que la oprimía, hundióse el doncel súbitamente, y su cuerpo destrozado llegó a lo profundo de la sima, dando de hierro en hierro y profiriendo sordamente:

-¡Es tarde! ¡Es tarde!

Un chillido agudo y desgarrador, lanzado del pecho de Elvira, resonó hasta el mismo corazón de los espectadores espantados. Un momento de pausa y de terror se siguió.

-¡Malvado! ¿Lo sabías? -gritó únicamente Hernando desesperado, y se precipitó sobre Ferrus, que exánime no le ofrecía resistencia alguna. Asiéndole entonces de su cabellera roja-: ¡Brabonel! -gritó-, ¡Brabonel! ¡Al oso!, ¡al oso! -y lanzó en medio de la galería al juglar que corrió un momento huyendo del animal. Pero Brabonel furioso se arrojó sobre él, y haciendo presa en su garganta, destrozólo en minutos, al mismo tiempo que Hernando le animaba gritando-: ¡Pieza! ¡pieza! No era digno el infame de morir por mi mano. ¡Pieza!, ¡pieza!

Quedó Hernán Pérez mirando cruzado de brazos a la profunda sima, envidioso de que le hubiese robado la dicha de acabar con el doncel. Furioso como aquel que no había satisfecho toda su ira, lanzóse por el borde que había quedado en el rastrillo a uno y otro lado de la trampa hundida, bastante ancho todavía para andar por él una persona. Elvira, en tanto, miraba la sima con ojos vidriados, en que se veía la fijación del estupor y el extravío de la demencia. Habíase secado ya para siempre el manantial de sus lágrimas.

-¡Hele ahí! -le gritó Hernán Pérez señalando la zanja- ¡hele ahí!

-¡Es tarde, es tarde! -repuso Elvira dando una horrorosa carcajada.

-¡Bárbaro! -gritó el pajecillo echándose al paso de Hernán Pérez- ¡bárbaro! -y se dispuso a defender a su prima con un denuedo ajeno de su edad. En aquel momento pareció Elvira volver en sí para reconocer a su esposo, y sobrecogida de terror, huyó despidiendo del pecho agudos alaridos.

Precipitáronse los circunstantes sobre el hidalgo, no pudiendo éste llegar a Elvira.

-¡Maldición sobre ti y desprecio! -la gritó-; ¡y entre nosotros eterna separación!

Al mismo tiempo se oyeron por el castillo voces de:

-¡Arma!, ¡arma! ¡Santiago!

De allí a poco las murallas eran el teatro de un sangriento combate. Después de una hora de refriega y de muy entrada la noche, replegáronse por fin las gentes de Villena, acaudilladas por el hidalgo, que había peleado con desesperación, y el justicia mayor clavó el pendón real en una almena.

Hernando, que había tomado a su cargo dañar a los sitiados en compañia de Peransúrez para facilitar la entrada a las tropas reales y defender a la condesa, peleó como aquel que acababa de perder el único interés que le ligaba a la sociedad, y logró mantener ilesa a doña María hasta el momento de la victoria. Restituida aquélla al justicia mayor, no se volvió a ver a Hernando ni a su alano. Se presume que privado de su amo, que era el único que podía hacerle soportable la existencia en la corte, se hundió para siempre en los montes, y hay cronista que afirma que años adelante murió a manos de un oso más feroz que él.

Don Enrique de Villena fue llevado ante el rey Doliente, y el imprudente medio de que se valió para conservar, aun después de lo ocurrido, su maestrazgo, diciéndose en público impotente, sólo contribuyó a dar a todos una idea más clara de su baja ambición. Los ruegos, sin embargo, de la generosa condesa, que se retiró a sus estados a llorar su desdichada boda y la suerte de Elvira, salvaron la vida al conde, quien desde entonces vivió en retiro filosófico entregado a las letras, para las cuales había nacido, más bien que para las armas o la corte. Es cosa sabida que, después de su muerte, quedó hecho trozos en una redoma, como hechicero que había sido.

Don Luis de Guzmán, restablecido de sus heridas, fue elegido maestre de Calatrava por el capitulo de la Orden.

Nadie, entretanto, había visto a Elvira desde el momento en que empezó el combate y la confusión. Buscósela de orden de la condesa muchos días, porque el rencoroso Hernán había jurado no volver a recordar nunca su nombre; fue imposible, empero, dar jamás con ella; tanto, que el fiel pajecillo, desesperado de la pérdida de su hermosa prima, no pudo resistir a su dolor y tomó de allí a poco el hábito en una orden religiosa.

Es fama únicamente que durante el combate se vio en diversos puntos de la muralla, sin temor alguno ni a las armas, ni a los combatientes, ni a las llamas que consumieron aquella noche el castillo sin saberse quién las hubiese prendido, una mujer desmelenada, agitando con ademán frenético una antorcha en medio de las tinieblas y gritando con feroz expresión.

-¡Es tarde!, ¡es tarde! -lema antiguo del fatal castillo.

No faltó en la comarca quien creyó que sólo podía ser la mora encantada la que parecía triunfar, con bárbaro regocijo, de la destrucción de su antigua cárcel, repitiendo el fatídico: «¡Es tarde!»

Vanitas vanitatum et omnia vanitas.
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