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El doncel de Don Enrique el doliente

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XXXI

Porque le vi ir huyendo
Muy malamente llagado,
que a la hora de agora,
Será muerto o cativado.
Rom. del rey Rodrigo..

Por ende quien me creyere
Castigue en cabeza ajena,
E no entre en tal cadena,
Do no salga si quisiere.
Marqués de Santillana, Querella de amor.

Algunas horas hacía ya que la noche había tendido sobre nuestro hemisferio su tenebroso velo. Ningún ruido sonaba en la campiña ni en las solitarias y tortuosas calles de la villa de Madrid. Sólo en el alcázar se veían brillar, en algunas habitaciones, más luces de las que solían comúnmente arder a semejantes horas; oíase desde la calle un rumor sordo y lejano, que se desprendía del altísimo edificio, bien como se desprenden de la tierra los vapores en una mañana clara de invierno. Un caballero acababa de bajar triste y taciturno la escalera principal del alcázar; su traje indicaba que salía del brillante sarao que arriba se oía; su desasosiego, sus pasos vagos y sin dirección, indicaban el desorden y la indecisión de sus pensamientos.

-Sí, volveré -decía hablando consigo mismo-, volveré; ella misma lo decidió. ¡Importuna danza! ¡Ruido mil veces más importuno! ¡Mientras más gente, más solo!

Cativo de mi tristura,

De mí todos han espanto:

Preguntan, ¿cuál desventura

Hay que me atormente tanto?

¡Inútiles esfuerzos! ¡Talento estéril! ¿De qué me sirves, de qué? ¡Ni mis palabras la vencen, ni mis trovas la mueven! ¡Elvira!

¡Ah! Te place que mis días

Ya fenezca mal logrado,

Muy en breve,

Pues que al infeliz Macías,

Es tu pecho despiadado,

Tan aleve.

Después de repetir esta endecha tristísima de una de sus composiciones, apoyóse el trovador desdichado contra la alta muralla del alcázar donde se encerraban todos sus deseos. Poco tiempo podía hacer que estaba sumergido en la más profunda meditación, ora recordando las contradictorias pruebas que de cariño y odio le había dado su señora, ora repitiendo vagamente y con profunda distracción fragmentos sueltos de las chanzones que le había inspirado su desgraciado amor, cuando una mano se apoyó sobre su hombro con extraña familiaridad.

-¿Quién eres -preguntó airado- el que osas perturbar la meditación del que desea estar solo?

-¡Quien os ha visto salir; quien compadece vuestra pasión; quien os ha de consolar en ella; quien sabe de vuestros asuntos tanto como vos, si no más! -repuso el desconocido.

-¡Ah! Judiciario -dijo Macías, reconociendo al físico Abenzarsal, que había salido tras él del bullicioso sarao-. ¿Qué se hicieron tus predicciones, y qué tu vana ciencia? ¿Dónde está mi felicidad, dónde?

-Más cerca acaso de lo que presumes, hombre incrédulo.

-Qué decís? Explicaos. ¡Ah! si alguna vez os han engañad, si sabéis, padre mío, lo que es esperar lo que nunca llega y creer lo que nunca sucede, no os burléis de mi necia confianza. Ved que lo creo todo, porque todo lo deseo.

-¡Silencio! ¿Conocéis una reja alta que da sobre el terraplén y el foso, hacia la parte del alcázar que mira al soto del Manzanares?

-¿Qué me queréis decir?

-Oíd. La reja se abre. He aquí su llave.

-¿Su llave? ¿Para qué?

-¿Para qué preguntáis? ¿No os sirve, pues?

-¡Ah! Dadme, dadme acá. Decidme, ¿de quién, para quien la tenéis?

-No os importa. ¿Conocéis su letra?

-¡Desdichado! ¿De qué la habría de conocer? Si tanto sabéis y adivináis...

-Bien, no importa. Miradla aquí.

-Su letra, Abenzarsal. ¿Es magia esto, es magia? ¿Deslumbráis mis sentidos, por ventura, con las artes de vuestra pérfida profesión?

-Leed y callad -añadió el astrólogo sacando de debajo de su ropa una linterna, cuya luz proyectó sobre un pergamino que le dio al mismo tiempo.

-¡Dios mío! -dijo el doncel acabando de leer-. ¿Es ella, lo sabéis, es ella la que escribe estas breves palabras?

-No, soy yo si os parece -dijo afectando enojo el pérfido viejo-; adiós: puesto que no queréis ser feliz, no os quejéis después.

-¡Ah! no; venid, perdonad, señor, si el exceso mismo de mi felicidad... ¿Es posible?

-¡Ea! Dejad vuestras pueriles exclamaciones. El tiempo corre. Partid. No convendría que nos viesen juntos. Sabéis que el hidalgo está con Su Alteza. Adiós.

-Escuchad; teneos. ¡Un momento! -dijo Macías; pero hablaba solo ya: el astrólogo había desaparecido con indecible presteza-. ¡Qué confusión! -prosiguió el doncel-. ¡Tanta felicidad, Dios mío! Corramos; mas no. ¿Quién sabe los sucesos que me esperan esta noche? Quiero buscar mi espada; con ella al lado, nadie, nadie podrá estorbar mi felicidad.

Dirigióse, dichas estas palabras, el animoso doncel a su habitación y ciñó su espada, cubriendo con un tabardo oscuro de velarte su elegante vestido, que no podía menos de haber llamado la atención de cualquiera que a aquellas horas se lo hubiera notado en el paraje sobre todo donde él pensaba que podría tener que esperar un instante propicio para su dicha.

Volvía a bajar la escalera del alcázar para salir al campo lo más presto posible, y antes que se hubiesen cerrado las puertas de la villa, cuando un encuentro inesperado le detuvo, no tan a su pesar como podría parecerle a primera vista al que no supiese que el que hacía variar de aquella manera su primer pensamiento, era nada menos que el mismo, el mismísimo pajecillo Jaime, a quien tan apurado y comprometido dejamos por causa del doncel en uno de nuestros últimos capítulos, que acaso no habrá olvidado todavía el lector.

-¡Jaime! -dijo Macías.

-¡Señor caballero! -repuso el paje no menos admirado y satisfecho-. Buena la hicisteis la mañana pasada. ¡Ah!, otra vez ved de ser más prudente.

-¿Acaso Elvira?...

-Mirad, de eso nada sabré deciros sino que desde entonces esposo y esposa se tratan de una manera... La señora pasa llorando los días y el señor rabiando las noches... La casa es un infierno. Felizmente, a mí nada me tocó de lo que merecía. Pero a propósito, gózome de encontraros. Díjome mi hermosa prima...

-Más bajo.

-No, no hay peligro.

-¿Qué te dijo?

-Que si volvíais alguna vez, como habíais dejado prometido...

-¡Como ella misma!... querrás decir...

-Sí, bien..., como gustéis.

-¿Y qué?

-Nada; no os aflijáis. Mirad: las mujeres son... vos lo conocéis mejor que yo...

-¿Qué hablas, pajecillo? Acaba.

-¡Ah! no, si os enfadáis... Tranquilizaos y os diré...

-¡Acaba, por Santiago! Juro por el infierno que estoy tranquilo.

-Me dijo, pues -contestó el paje aterrado de la extraña tranquilidad del doncel-, que si volvíais, se os dijera que no estaba.

-¿Eso dijo? ¡Perfidia! ¡Perfidia sin igual! ¿Y no lloró al decirlo, no tembló, miserable? Sed generoso con las damas; creed, creed un solo punto. ¡Salvad mi honor huid, y volveréis!, que os amo, dijo, ¡y todo fue mentira! ¿Y yo salí y obedecí? ¡Necio! ¡Insensato! ¡Ah!, ¡maldecida generosidad! Paje, ¿me engañas? -prosiguió después de una breve pausa, en la cual dio mil vueltas al pergamino que le acababa de dar el astrólogo-. No pudo decir eso; tú burlas mi dolor, y tú...

-¿Yo, señor, yo? Me obligaréis a deciros lo que añadió...

-¿Qué añadió, santo Dios?

-Pues mirad, añadió que se os dijera a vos mismo que ella había dado aquella orden.

-¿Eso? ¡Ella! ¡Ella misma! ¡Oh ultraje! ¡Oh rabia! Paje, ¿conoces tú su letra?

-Poco, señor.

-¿Es ésa? -dijo Macías acercándola a un farol de la escalera inmediata.

-Paréceme que... sí..., cierto; yo a lo menos... Verdad es que yo no sé escribir. Yo soy mal juez.

-¿Cuándo dijo lo que me acabas de referir?

-Aquel día mismo.

-¡Respiro! Algún objeto llevaría. Vuela a tu prima, Jaime; dile que me diste ese recado y que espero sus motivos. Escucha. Con respecto a su cita, dile antes de una hora...

-¿Cómo? ¿Os cita?

-¡Silencio!

-¿Y os quejabais vos? Decid entonces que el engañado he sido yo. Ya me encargaré yo de esos recaditos en adelante, para que me cuesten una oreja el día menos pensado, y que la señora luego... ¿Es posible, señor caballero, que han de engañar las mujeres hasta a sus mayores amigos? ¡A todo el mundo, señor..., a todo el mundo!

-¡Ea! ¡Silencio! y separémonos. Nada digas, nada hables. En estos asuntos, Jaime, la palabra escapada revuelve sobre el que la dijo, y las imprudencias se pagan con la vida. ¡Adiós, adiós!

Dichas estas palabras continuó el doncel su camino, pidiendo a su señora en su borrascosa imaginación mil perdones por la ligereza con que la habían inculpado, en aquel momento mismo en que acababa de darle, según él, la prueba más singular de su constancia y fidelidad.

Llegó el paje entretanto a Elvira y refirióle lo ocurrido. Mil ideas se cruzaron en la imaginación de la desdichada. Deseosa, sin embargo, de aclarar aquel misterio y bien decidida a no exponerse de nuevo al peligro que no podía menos de correr con el arrebatado doncel:

-¡Jaime -dijo-, quiero salvarme a toda costa! Le amo, le amo con furor, y el infeliz lo sabe. No le vea, no le hable. Mi honor es lo primero. Juzgue de mí lo que quisiere. Escucha. Yo de mí misma desconfío y tiemblo. Sus ruegos pudieran vencerme... Por otra parte, esa cita sólo puede ser un artificio... acaso una horrible maquinación, un lazo que nos tienden. Mira: toma esa llave y ciérrame por fuera; de esa manera no le podré yo abrir aunque sus ruegos me ablandaran. Corre en seguida en su busca. ¿Dónde iba?

-Bajaba la escalera del alcázar.

-¡Soy feliz! Todavía no viene en mucho tiempo. Búscale, Jaime, búscale. Dile que es inútil; que nunca le he citado; que es mentira; que su vida peligra; que está Hernán conmigo... Lo que quieras. Que no venga, y lo demás no importa. ¿Que sería de mí si Hernán...? ¿Será él por ventura, será él el que de esta suerte intenta? ¡Qué horrible maquinación!

Hizo Jaime lo que su hermosa prima le rogaba con no poco miedo de verse metido a su edad en tan gran laberinto de riesgos y de intrigas, pero con toda la decisión al mismo tiempo de que es capaz la fidelidad.

¡Otra vuelta! -dijo Elvira al paje, que cerraba ya por defuera-. Así; adiós. Si mi esposo viene, él tiene otra llave. ¡Yo os doy gracias, Dios mío -añadió postrándose con cristiano fervor-; yo os doy gracias, Señor, por el peligro de que me habéis librado!

Apenas había acabado de decir estas palabras cuando se dejó sentir en la parte de afuera de su habitación un rumor, extraño ciertamente a aquellas horas y en aquel sitio tan solitario.

-¿Qué oigo, Dios mío? ¿Qué oigo?

-¡Elvira! -dijo una voz que así parecía bajar del cielo como salir de unas profunda cueva-. ¡Elvira!

-¿Quién me llama? -añadió la asustada dama corriendo hacia la puerta para asegurarse de que estaba bien cerrada.

-¡Macías! -respondió la voz sordamente, y resonaron dos o tres golpecitos dados con cierto misterio e inteligencia.

-¡No le ha encontrado el paje! -exclamó Elvira-. ¡Ah! si Hernán... ¡Oíd..., doncel...! Nadie responde... y el ruido continúa. ¡Cielos!, no es aquí; no es en la puerta. ¿Dónde, pues, dónde? Aquí -exclamó llegando a la ventana-, en esta parte están. ¿Qué intentan? Esta reja se abre; pero la llave... La llave debe tenerla el alcaide del alcázar... ¡La abren, Dios mío! -continuó escuchando con la mayor ansiedad-. Huid, huid, quien quiera que seáis.

-¡Bien mío! -respondió el doncel abriendo completamente la reja y dando con su espada en la madera, que quedaba cerrada todavía.

-¡Ah, es él, es él! Yo soy perdida. Yo misma me he encerrado -gritó Elvira arrojándose sobre un sillón al tiempo mismo que la madera, destrozada por los furiosos golpes del doncel, cedía a su irresistible fuerza.

-Yo soy, Elvira, yo soy -dijo Macías arrojándose a los pies de su amante-. Mil obstáculos he tenido que vencer; no pensé alcanzar a la altura de esa reja, que he debido escalar con la espada en la boca. Ya estoy en fin, aquí, bien mío, y a tus plantas.

-¡Ah! no; salvaos por piedad, y salvadme a mí. Macías, cada palabra que hablamos es una palabra de abominación; el tiempo es precioso y le perdemos.

-¿Perderle yo a tu lado?

-Cesa ya y parte.

-¿Me llamas, señora, para escuchar de nuevo tus rigores?

-¿Yo os llamé, Macías?

-¿Qué escucho? -dijo levantándose-. ¿Cuya es, pues, esa letra?

-¿Esa letra? ¡Cielos! Los traidores la han fingido.

-¿La han fingido, señora?

-Para perdernos, sí.

-¿No es vuestra? ¡Crédulo yo, insensato! ¡Cierto es, lo que Jaime asegura!

-Todo sí, todo es cierto: huid; no os quiero ver: os aborrezco.

-¿Me aborrecéis? Pues bien, nos perderán. Ya su triunfo es completo. ¡Pérfida! -añadió después de haberla contemplado un momento-. ¿De esta suerte pagáis mi generosidad? Tres años de silencio. Hablo por fin, hablo, para ofreceros más generosidad, mayor sigilo aún, amor más grande, ¡y no os ocurren en pago sino pérfidos medios de engañarme! Sed noble, señora, hasta en la perfidia misma. Medios hay aún de ser noblemente malo. ¿Sois veleidosa? ¿Por qué no me decís: «¡Macías soy mujer! ¡Plúgome vuestro amor, mas hoy me cansa! No es para mí, que es harto grande.» Yo agradecería vuestra nobleza entonces.

-Acabemos, Macías: no más reconvenciones, no. Idos, y nunca más volváis. Toda comunicación, todo vínculo es roto entre nosotros. Si prendas teníais de mi amor, si insistís en creer que mis ojos, mi lengua, mis acciones os prometieron algo, en buen hora, creedlo; devolvedme, empero, mi libertad...

-¿Que os la devuelva, señora? Volvedme vos la dicha, volvedme la confianza.

-¡Qué suplicio! Por piedad, partid.

-¿Partir? ¡Qué delirio! Mi vida hoy o mi muerte. No os creo ya; nada espero de vos. Todo de mí. Oídme.

-Soltad mi mano.

-No, sois mía, y lo seréis.

-¿Y ese es amor tan grande? ¿Me amáis vos, y me amáis comprometiendo mi honor y mi existencia?

-Sí, porque tú y yo no somos ya más que uno. Los dos felices, o desgraciados ambos. Uniónos el amor: la muerte sola nos separará. Volved los ojos hacia mí, volvedlos; inútil es retirarlos; me veis, me veis donde quiera que los volváis; cerradlos, y aún me veréis. Decidme que me amáis. Mentid, señora, si no es cierto; decidlo empero por piedad, y salgo.

-Jamás, jamás -profirió débilmente Elvira, procurando en vano desasirse de los amantes lazos en que la tenía presa el impetuoso doncel.

-¿Jamás decís? Pues escuchadme -repuso Macías con el acento de la más profunda desesperación-. Yo había nacido para la virtud. Vos me consagráis al crimen No hay sacrificio inmenso de que no fuera mi corazón capaz, o por mejor decir, el amor era mi constelación. Encontrando en el mundo una mujer heroica, era mi destino ser un héroe. Encontrando una mujer pérfida, Macías debía ser un monstruo. Yo os di a elegir, señora. Nuestra felicidad y el secreto y cuanto vos exigieseis, o el escándalo y mi muerte. Vos elegisteis lo peor. Escrito estaba así. ¡Muerte y fatalidad!

-¡Ah! Silencio, silencio. No me maldigas ya; ¡desventurada!

-Sí; todo es ya acabado entre nosotros. Nuestra felicidad ha sido una borrasca; formada como el rayo en la región del fuego, debía destruir cuanto tocara. Ha pasado como el rayo, pero como el rayo ha dejado la horrible huella de su funesto paso. Tu amor, tu amor, ¿quién lo creyera?, era el único que no debía dejar más señales de su existencia en tu corazón de hielo, que las que deja el ave que atraviesa rápidamente el cielo, que las que deja sobre tu labio abrasador este ósculo de muerte, que recibes, bien mío, a tu pesar.

-¡Ah! -exclamó Elvira, reluchando inútilmente-; soy perdida, perdida para siempre.

-Y mil y mil -añadió frenético Macías-, prendas son todos de nuestra próxima muerte. Ellos son, Elvira la agonía del amor. ¿No sientes el fuego inmenso que encienden en las venas? ¿No percibes el tósigo? Bórralos jamás, olvídate si puedes, y olvídame después. Venga la muerte ahora -añadió desasiendo a la infeliz Elvira, que, perdidos los ojos en el techo y pálido el semblante cayó desprendida del doncel sobre el sitial inmediato. Un momento de pausa y de silencio, semejante al que llena de misterioso terror al caminante después del fragoroso estampido de la exhalación eléctrica, sucedió a las últimas palabras del doncel. Arrodillado a las plantas de Elvira, imprimía todavía en una de sus manos hermosas como el alabastro, sus trémulos labios; no lloraba ya Elvira, no derramaba una lágrima Macías. En las grandes situaciones de la vida no halla salida el llanto. La inmovilidad del mármol, el estupor de la postración, son los caracteres de las emociones sublimes. El silencio entonces es elocuente, porque no hay palabras en ninguna lengua ni sonidos en la Naturaleza que pinten el amor en su apogeo, que expliquen el dolor en toda su intensidad.

-¡Elvira! -dijo por fin Macías-. ¡Cuán desgraciados somos!

-Partid, partid -profirió con trabajo Elvira-. ¡No queráis, señor, que lo seamos aún más! Esta es la última vez que nos veremos.

-¡La última, sí, porque la muerte llega!

-¡Ah! No; no lo esperéis. Ya todo se ha concluido entre nosotros; ahora es cuando os lo digo, sabedlo; os he querido, señor, os he querido, como nadie volverá a querer. Salvadme ahora, después de esta confesión.

-¡Ah, lo decís por fin! Tiempo es aún... Decid que ahora me queréis y huyamos. Pero huyamos los dos.

-No es tiempo ya, no es tiempo. Sed generoso vos ahora; no apure el vaso yo del crimen y del deshonor. Nunca ya nos hablaremos, Macías...

-¿Nunca, señora?

-Desistid... ¡por Dios!

-Os juro que no desistiré.

-Ved que los asesinos se acercan acaso ahora... ¡Ah!, no me hagáis aborrecer la vida; no me obliguéis a maldeciros.

-Sí, maldíceme ahora... mas ¿qué rumor...?

-¡Ellos son, ellos son! -gritó Elvira, precipitándose hacia la puerta-. ¡Los traidores!

Oyóse efectivamente ruido de armas y personas al pie de la reja.

-¡La puerta está cerrada -gritó Elvira- y él sólo puede entrar!

-Dime que me amas -exclamó Macías-; decídete, en fin, señora, a participar de mi suerte; dime que siempre me amarás, y mi espada aún nos abrirá paso al través de los pérfidos asesinos.

-No, no, Macías; no muera deshonrada -gritó Elvira sin saber adónde refugiarse-. ¡Dios mío, compasión! ¡Dios mío! Salvaos solo, Macías.

-Contigo, Elvira.

-Jamás -repuso Elvira abrazándose a un alto crucifijo de plata que sobre una mesa lucía-. El cielo maldice vuestro amor y... yo...

-¡Silencio! Por última vez. Ved, señora, que algún día diréis es tarde, es tarde, y diréislo entonces con dolor. Ahora que es tiempo todavía...

-No, Macías, no; yo le maldigo nuestro amor.

-Elvira, pues, adiós. Mi muerte es tuya, como mi vida.

Al decir estas palabras Macías cogió su espada, y poniéndola rápidamente sobre su rodilla, partióla en desiguales trozos, que después de abrir de par en par las maderas de la ventana lanzó contra los que ya trepaban por la reja.

-¡Hernán Pérez! -gritó-. ¡Hernán Pérez! Heme aquí sin defensa. La muerte os pido, la muerte.

-¡Macías! -exclamó Elvira desasiéndose del crucifijo y arrojándose hacia la ventana. Era tarde, empero. Macías se había lanzado ya fuera de la reja.

-¡Es nuestro! ¡Es nuestro! Retirarnos; ¡basta! -clamaron a un tiempo varias voces

-¡Ah! -gritó Elvira con una expresión difícil de pintar-. ¡Socorro! ¡Socorro!

Al mismo tiempo sonó la llave en la puerta.

-¡El es, él es! -gritó Elvira-. ¡Santo Dios! ¡Piedad de mí, piedad!

Un chillido agudo y espantoso terminó tan horrorosa escena. El que entró se dirigió hacia la reja, mirando en derredor, y nada descubrió. Tendió en seguida la vista por la habitación y sólo vio en el suelo el cuerpo de una hermosa privada enteramente de sentido.

Vanitas vanitatum et omnia vanitas.
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