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El doncel de Don Enrique el doliente

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XIX

Seis años fui de él servida,
Sin de mi alcanzar nada.
Él ofendió a mi marido
Y de ello yo fui la causa;
Y con todo esto le quiero,
Y le tengo acá en el alma.
Rom. de Gazul.

-¡Ah!, Vadillo -exclamó Elvira, creyendo haber oído algún rumor en el gabinete-, ¡cuán desdichada soy!

-¡Elvira! -dijo escuchando un momento Fernán Pérez-. Diría que alguien había hablado a nuestro lado.

-¿A nuestro lado? ¿Cómo? ¡Qué fantasía!... ¿Quién pudiera?...

-Tiempo es el caballero,

Tiempo es de andar de aquí.

entró cantando a esta sazón con voz descomunal el ato-londrado pajecillo, según las palabras de aquel antiguo y famoso romance popular que se cantaba entre las gentes; entraba Jaime como quien creía que habría tenido ya ocasión la bella prima de sacar de allí al hidalgo.

-Sería el paje, señor, el que aquel ruido metía -dijo Elvira aprovechando tan feliz coincidencia.

-¿Qué buscáis de nuevo aquí? -preguntó Hernán Pérez con todo el mal humor de aquel a quien interrumpen en una acusación agradable para la cual no ha menester testigos-. No haría yo mal, ¡vive Dios!, atolondrado, en cogeros de un brazo y encerraros en ese gabinete oscuro hasta que hubieseis aprendido otra mesura y comedimiento.

-Perdonadle -gritó Elvira, asustada.

-Ved que habrá sabandijas en ese cuarto, señor hidalgo -repuso el pajecillo prontamente-; nadie entra en él jamás.

-Vos seréis el bellaco y la sabandija, mal criado -contestó Hernán Pérez- ¡Ea!, salid.

-De buena gana; pero no será sin deciros que el azor no quiere comer, y que es tan torpe Alvar, el escudero que os habéis echado desde que recibisteis la orden de caballería, que quiero yo que me encerréis de veras si antes de un cuarto de hora no campa solo el pájaro por su respeto sobre alguna torre del alcázar. ¡Pobre animalito! ¡ya se ve!, quiérese escapar. Os digo que se escapará.

-¿Se escapará? ¡Voto va! Paje, a vos os lo di; si él se escapa, acordaros habéis del pájaro de Su Alteza. Dejad, Elvira, que vea lo que hacen esos necios. Tenedme ahí entretanto a buen recaudo a ese insolente. ¿Escaparse? No se escapará, ¡voto a Santiago!

Diciendo y haciendo, salió precipitadamente el hidalgo, y el paje, vuelto hacia la puerta por donde salía, y poniéndose los puños en los ijares:

-Se escapará -dijo con donaire y burlita sardónica-; sí, señor, se escapará. ¿Pero esperaros yo aquí, eh? Para mi santiguada que no haré tal; no estoy tan mal avenido aún con mis orejas. Vaya, ¿qué hacéis, prima? Ved que el tiempo pasa, y si le perdéis, saldráse con la suya el hidalgo, y el pájaro no se escapará.

-¡Santo Dios! ¿Con que es falso ese recado que nos habéis traído, Jaime? ¿Y no tembláis?...

-Prima, todo el riesgo para mí es perder una oreja, v más perderíais vos si...

-¡Querido Jaime, querido Jaime! -exclamó Elvira estrechando al paje entre sus brazos.

-Luego, prima, luego -dijo Jaime mirando con cuidado hacia la parte por donde acababa de separarse el hidalgo, y dirigiéndose en seguida hacia el gabinete-: ¡Caballero -añadió abriendo-, caballero! ¡Vaya que se ha dormido, mientras que nosotros hemos sudado por enmendar sus locuras! ¡Ay, Dios mío! -prosiguió todo asustado viendo salir al doncel. Parecía éste, efectivamente, más bien un espectro que una persona. El amor y los celos luchaban aún en su semblante.

-¡Ingrata! -gritó fuera de sí, dirigiéndose a la desdichada Elvira-. ¡Ingrata! ¿Qué pretendéis ahora de mí? ¿Sacaisme aquí a la luz por si no veo bien allí vuestras infernales caricias, por si no oigo bien vuestros pérfidos juramentos? ¿Qué os hice yo para rigor tan grande? ¿Le amáis, le amáis?

-¡Macías!, basta; huid, huid -exclamó temblando de terror y echándose a sus plantas la infeliz-. No más tiempo, no más; que ha de volver.

-¡Vuelva! ¡Vuelva! Aquí mi pecho está. Máteme luego.

-¡Vaya, señor -exclamó el paje-, deje para otro día esa canción! Mire por Dios...

-¡Ah, Jaime! ¡Me aborrece! - le interrumpió Macías.

-¿Qué os ha de aborrecer? -repuso el paje

-¡Jaime! -gritó Elvira, tapando con su mano la boca del inocente-. Macías... partid.

-No, no partiré. ¿A qué vivir, si he de vivir sin vos? Sea su triunfo completo. Amadle sin rubor. ¡ Perezca sólo quien no debe gozar!

-¡Por Dios! ¡Por mí, Macías!

-¡Cierto! Soy un testigo importuno para los placeres que os esperan -dijo Macías con voz reconcentrada y toda la sangre fría de un hombre desesperado.

-¿Qué han de esperarme, ¡ay de mí! sino tormentos? ¿Queréis que al fin lo diga? Huid y lo diré.

-Elvira, ¿qué dirás? -gritó Macías-. ¿Que le amas, otra vez?...

-No, nunca, no. ¿Qué pude hacer delante de él? A ti amo: sólo a ti...

-¿A mí? ¡Ah! ¿A mí? ¡Sueño, deliro!

-¡Qué vergüenza, Dios mío! Pero huye ya, ;qué esperas? Ya lo oíste de mi boca; por ese amor frenético que veo en tus ojos con placer, por ese amor, Macías, ¡huye! ¡Huye por Dios! ¡y por piedad!

-¡Elvira! Elvira! -dijo Macías palpitando todo de amor y de felicidad-. Huyo, sí, huyo. Dime, empero, que volveré.

-Volverás si huyes ahora, volverás.

-¡Adiós, Elvira, adiós! -gritó con loco furor Macías, y se lanzó fuera del cuarto.

-¡Adiós -repuso con voz apagada Elvira-, adiós! -y cayó sin fuerzas y casi sin sentido sobre un sitial inmediato, escondiendo con ambas manos su rostro descompuesto y avergonzado.

-Alzad, prima; no lloréis -dijo Jaime acercándose a la hermosa desconsolada.

-¿No he de llorar? -exclamó ésta volviendo en sí y mirando a todas partes con temor de ver volver a su esposo-. ¿No he de llorar? ¿Qué le dije yo, Jaime, qué le dije? ¡Imprudente! ¿Y él volverá, volverá? ¡No, jamás!

-Andad -añadió el paje- templad vuestro dolor. ¿No habéis visto con qué facilidad hemos engañado al buen hidalgo? ¡Ah! Yo necesitaba tener presente cuán serio era el lance, prima mía, para no soltar la carcajada. ¿Habéis notado que no ha dicho una palabra que no pudiera hacernos reír con fundado motivo?

-¡Hacernos reír, Jaime! Maldecida sea mi loca pasión. ¡Sí, dices bien! Yo le hice risible. ¿Yo? ¿Yo pago de ese modo su cariño, su amor, su condescendencia? ¿En qué era, pues, risible? ¿En amarme? Saetas eran sus palabras para mí. ¿Por qué ha de ser risible, Jaime? Porque tiene una esposa infiel, que olvidada de su deber, ha dejado crecer en su pérfido corazón un amor odioso. ¿Y porque ella es ingrata, él es risible? ¡Dios mío! Confundidme. He aquí el premio que doy a su cuidado. Porque ha partido su lecho conmigo, porque me ha confiado su casa, porque me dio su corazón, porque quiso llamarme madre de sus hijos, ¿por eso le aborrezco? ¡Me horrorizo, Jaime! ¡Yo misma me doy horror! ¿Yo cubriré su nombre de ignominia; yo destinaré a eterno oprobio el nombre de mi marido, que es el mío? ¿Las gentes al mirarme le pronunciarán con befa y con maliciosa risa? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Yo pierdo la cabeza! ¿y cómo amarle, sin embargo? ¿Es mío por ventura mi corazón? ¡Macías, me has perdido! Oye, Jaime, si le ves por acaso, dile que nunca, nunca torne a mi presencia. Que huya, que huya. Le adoro, sí, le adoro. Díselo tú también; pero que huya. ¡Qué delirio el mío! ¡Qué locura! ¡Mi voz se ahoga!

-Hermosa prima, Hernán Pérez vuelve. Serenaos.

-¡Vuelve, vuelve! ¡Ah! Evita su furor. Déjame a mi; muera yo sola; ¡yo su castigo merecí!

-¡Ah! No, no parto, si lloráis así.

-Parte. Sí, dices bien, no lloro ya -dijo con interrumpidos sollozos Elvira, enjugándose los ojos rápidamente, y empujando con una mano al paje-: Parte, que no te llegue a ver.

-¿Dónde está -gritó Hernán Pérez-, dónde el insolente que osa jugar con mi cólera y desafiarla?

-¡Adiós, Jaime! -dijo en voz baja Elvira-; corre... Teneos, Hernán Pérez... -añadió arrojándose al paso de su esposo.

-¡Oh! Decidme vos si no -gritó el hidalgo-, ¿hay en esto, señora, otro misterio? ¿Qué significan vuestras lágrimas, vuestros sollozos, vuestra confusión?...

-Jaime, señor, es inocente, inocente, nunca quiso jugar con vuestra cólera. Todos os amamos aquí y os respetamos, todos; pero... mirad... oíd...

-¡Elvira, Elvira! -exclamó con voz descompuesta el hidalgo, que comenzaba a sospechar vagamente.

-¡Perdón! -gritó Elvira con voz aguda y ahogada por sus lágrimas y sollozos-. Esposo mío, ¡perdón! -y cayó de rodillas, abrazando los pies del hidalgo, y dando su frente pura sobre el suelo con asombro de aquél, que cruzado de brazos delante de ella, parecía en la mayor inmovilidad andar buscando en su cabeza alguna explicación de escena tan extraordinaria.

Vanitas vanitatum et omnia vanitas.
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