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El doncel de Don Enrique el doliente

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XXI

¿Cuyo es aquel caballo
Que allá bajo relinchó?
......................................
¿Cuyas son aquellas armas
Que están en el corredor?
......................................
¿Cuya es aquella lanza
Que desde aquí la veo yo?
Canc. de rom. Anónimo.

Más de una hora había pasado desde que el intrigante viejo había sepultado en letargo profundo a la incauta enlutada y no había alterado en aquel espacio el más mínimo ruido la tranquilidad que en el laboratorio reinaba.

Por fin dos hombres, vestido el uno de rica y vistosa seda, de tosco buriel el otro, armado aquél simplemente con una espada, balanceando éste en su diestra mano un agudo venablo, entraron en la pieza inmediata a la del astrólogo.

-¿Con que está decidido? -dijo Hernando- que vais a ver a ese astrólogo?

-Citóme esta mañana Hernando -repuso Macías-, y no ha mucho que le he visto en la cámara de Su Alteza. «Dentro de una hora -me dijo- estaré en mi aposento; esperadme, si tardare, un momento.»

-¡Plegue a Dios que no acabe el judío de volverte el juicio, señor!

-¿Por qué, Hernando?

-Por el soto de Manzanares, señor, que otra vez le viniste a ver y nos ha costado andar meses enteros perdiendo halcones en los montes de Calatrava, que así sirven para los de Madrid como sirven los más de los perros del rey Enrique para mi leal Brabonel.

-Así estaba escrito, Hernando; mi negra estrella lo dispuso de esa suerte.

-Voto va, señor, que yo no tuve nunca más constelación que mi mano derecha; y lo que sé decirte es que siempre está escrito que muera el venado contra el cual disparo mi venablo.

-¿Niegas tú, pues, la influencia de las constelaciones?

-No niego nada, pesia mí; pero si tienes enemigos, señor, y si quieres conjurarlos, ¿por qué no me dices: Hernando, escatima el rastro de aquel oso que me incomoda? Mal año para Hernando si antes de la luna nueva no habías de poderte hacer una buena zamarra con la piel de la bestia.

-Muchas veces, Hernando, conviene cazar de otra manera. Puede más el ingenio que la fuerza.

-Y qué, ¿no tiene ingenio un montero? No todo ha de ser tampoco dar lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas para monteros de corazón. No gusto yo de ardides; pero por ti, válame Dios, que monteara yo presto de todos modos. También yo estuve en tu tierra, allí en Galicia aprendí la montería a buitrón, y más de un lobo he cogido al alzapié.

-Bien se trasluce, Hernando, que se te alcanza más de ardides de montería que de intrigas de corte. Mira si puedes esperar a mi salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos.

-Toscos, señor, pero seguros. Aquí te espero, y a la buena de Dios. Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino y salgas cazado pudiendo cazar.

-No temas, Hernando, que en el último apuro no ha de faltarme nunca una buena lanza, y eso es todo lo que necesita un caballero. Entretanto, no tengo que temer del astrólogo, a quien nunca hice mal, sino de mí mismo, y este peligro es el que vengo a prevenir, que aquél prevenido está.

-Como de esas veces sale la fiera de donde menos se espera. El oso era enemigo del hombre antes que el hombre supiera cazarle. Anda con Dios, señor, mientras yo le quedo rogando que sea más feliz esta predicción del astrólogo que la pasada.

Sentóse a un lado Hernando dichas estas últimas palabras, y el dudoso doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus propios presentimientos, reforzados con las palabras del montero y por el objeto de su supersticiosa visita.

La luz que alumbraba la habitación era una lámpara de que sólo ardía un mechero, y ése con pálido resplandor, porque el adivino no ignoraba cuán favorable es a la osadía en el amor un débil reflejo que sirve de velo al pudor y de capa al enamorado deseo. El doncel, por lo tanto, dirigió la vista a la mesa a la que solía estar sentado trabajando el judío, y no vio a nadie. El sitial, donde estaba la dama reclinada, caía del otro lado de la mesa, y el aburrido caballero se creyó solo por consiguiente.

-No está -dijo para sí-; le esperaré.

No hacía mucho que se había abandonado en un asiento a sus melancólicas imaginaciones, cuando le sacó de su distracción un ruido acompasado semejante al que produce el desigual aliento de una persona que duerme agitadamente. Miró a todos lados y creyó que su oído le engañaba, cuando un profundísimo suspiro vino a confirmarle en su primera sospecha

-¿Quién hay aquí? -dijo levantándose-, ¿quién? Alguien duerme en esta habitación. ¿Será que el judío, rendido al poder del sueño?... Pero, Santo Dios, ¿qué veo? -añadió reparando en la dormida, cuyo vestido se confundía en color con el fondo oscuro de los muebles y de la habitación-. Una persona...: ella... ella es... La dama que esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, santo Dios, por esta ocasión que me deparas propicio para averiguar lo que tanto anhelaba saber. ¡Oh! -añadió acercándose con blando paso, temeroso de despertarla-. ¡Haced, Dios mío, que no venga nadie ahora, nadie!

La postura que el abandono de su letargo había hecho adoptar a la dormida era tan elegante como puede serlo la de una hermosa dormida: su ropa la cubría enteramente; uno de sus pies adelantado indolentemente, y levantando el extremo de su vestido, dejaba ver el toreando y ascendente contorno de una pierna modelada por el deseo: no la hubiera hecho más perfecta la imaginación. Reclinábase sobre la una mano su cabeza, y la otra, naturalmente caída, parecía destinada a ser el objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su extrema blancura, que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que descansaba, la hacía semejante a esas pequeñas manchas de nieve que suelen verse todavía a fines de la primavera, desde larga distancia, resaltando entre las quebradas de una escarpada y oscura montaña. La agitación de su descanso marcaba a cada sobrealiento la delicada forma de su seno, que se alzaba y deprimía como suelen alzarse y deprimirse las leves ondas al blando impulso de la brisa azotadora. Su aliento desigual solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz de seda y dejaba descubierta un instante la extremidad de su rostro, por la cual parecía poderse deducir fundamentalmente la hermosura del resto que no se llegaba a ver; levantándose alguna vez un poco más el antifaz, llegaba a descubrirse cerca de la boca la huella de una fugitiva y vaga sonrisa; bien como un relámpago más prolongado suele, en una noche tenebrosa, ofrecer por un instante a la vista del ansioso espectador una porción del cielo que dejan a descubierto los intervalos de las nubes o la lejana y suave superficie de un arroyo plateado.

El doncel, cruzado de brazos a su lado, y sin atreverse a respirar ni acercarse por no terminar él mismo con el más leve ruido la dicha de su contemplación, esperaba el inmediato movimiento del antifaz, como si hubiese de ir viendo cada vez más porción de aquel tan deseado rostro, que la importuna tela robaba a sus ansiosas miradas.

No era, sin embargo, el descanso del tierno objeto de su expectación aquel que en la inmediación de la mañana tiñe en alegres imágenes la fantasía de una bella; era el sueño fatídico de una horrible pesadilla producida por la pena o por una bebida ponzoñosa y antinatural. Algún gemido se escapaba de cuando en cuando del pecho oprimido; un ay oscuramente pronunciado moría al nacer en sus trémulos labios, y la mano que pendía, moviéndose con dificultad, parecía querer desviar de su dueño la fantástica figura que atormentaba sin duda su intranquilo sueño.

-Padece la infeliz, padece -dijo entre dientes Macías-. ¡Ah! ¿Quién puede ser sino ella? ¿Quién sino ella podría atar de esta manera mis acciones? ¿Quién producir este respeto y esta agitación que a un mismo tiempo me dominan?

Un movimiento, en fin, más marcado pareció anunciar que iba a despertarse

-Dejadme, dejadme -dijo confusamente-; huid. La muerte, la muerte...

-No -dijo Macías sin poderse contener por más tiempo-, no; la vida, la vida a tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá a ofenderte estando Macías a tu lado?

Arrojóse entonces a sus pies, e iba a levantar con mano atrevida el antifaz.

-Salgamos de una vez -exclamó- de esta penosa situación-. Recordó entonces que en la mañana del mismo día había manifestado la enlutada su deseo de no ser conocida, y que él la había empeñado su palabra de no descubrirla.

-¡Horrible tormento! -exclamó-; pero respetaré tu voluntad, mujer cruel. Atrevióse entonces a llegar su mano a la de la tapada, y un fuego desconocido corrió por sus venas.

-¡Dios mío! -gritó despertándose la dama, al sentir su mano oprimida por la del doncel-. ¿Dónde estoy? ¡Ah! ¿Qué hacéis? ¡Abrahem! Pero, cielos, ¿qué veo? ¿Pierdo la cabeza? ¿Quién sois? Soltad... Guiomar, Guiomar -añadió levantándose y llamando a una de sus dueñas que en la antecámara la esperaban.

-Callad, por Dios, callad -exclamó Macías mirando a la puerta-. No llaméis a nadie; señora, ¿qué tenéis?

-¿Quién sois? ¡Ah! ¡Sois vos! ¿Me engaña mi deseo?

-¿Tu deseo? ¿Has dicho tu deseo? Repítelo otra vez, repítelo.

-No; no, caballero; no he dicho mi deseo. Perdonad si... no sé lo que pronuncio; el sueño, la... Pero decidme ¿por qué estáis aquí? ¿Qué hacéis? Huid, huid, ahora que os conozco.

-¡Cruel! ¿Por qué?

-Soltad mi mano; soltadla, que no es vuestra...

-¡No es mía! ¡Mil rayos me confundan! Perdonad si mi dolor... Pero ¿qué veo? Este anillo... ¡Santo Dios! ¡Ella es! ¡Ella es! ¿Quién sino ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, le conozco, es el mismo.

-¡Imprudente! -exclamó la dama retirando y escondiendo precipitadamente su mano.

-¡Elvira!

-¡Silencio!

-Vos sois, vos sois; no me lo ocultéis por más tiempo si no queréis que muera a vuestros pies.

-Y bien, yo soy -respondió la dama abalanzándose hacia atrás para poner todo el espacio posible entre ella y el doncel-; yo soy, puesto que fuera inútil negároslo por más tiempo. Y ¿qué queréis? ¿Qué exigís de mí?

-¿Qué exijo, señora, qué exijo? -preguntó el doncel arrebatado de su loco frenesí-. ¿Tengo derecho a exigir algo de vos?

-Huid, pues, y no turbéis por más tiempo mi tranquilidad.

-¿Vuestra tranquilidad? Y la mía, señora, ¿quién la turbó sino vos? ¿O no es nada por ventura mi tranquilidad?

-¿Yo?

-¿Quién sino vos emponzoñó mi existencia, antes feliz y descuidada? ¿Quién sino vos me dijo: Macías, mírame y ama?

-¿Yo?

-Vuestros ojos, vuestros ojos se clavaron cien veces en los míos y bien claro lo dijeron. ¡Ah!, Elvira, yo he aprendido bien a mi costa a leer en ellos.

-Santo Dios, ¿qué decís?

-¿Juzgáis, señora, por ventura, que es lícito mirar a un hombre y elegirle con los ojos entre la multitud para abrasarle impunemente? ¿Creéis que no vale tanto un hombre como una mujer? ¿Imaginasteis que su vida no es nada, que su existencia es vuestra? Vuestra, sí, si la compráis; pero con una sola moneda, con la sola moneda que la paga; ¡con amor!

-Pero Macías, ¿deliráis?

-Sí, deliro, porque te veo, porque te hablo, porque esta era la felicidad que anhelaba y que huía hace tres años. ¡Tres años, Elvira! Tú sabes los días, los larguísimos días que encierran, cuando se pasan sin esperanza. He huido yo también, pero no hay hombre más fuerte que su destino. Te amo, Elvira, te adoro. Amame o mátame.

-Elegid, caballero, lo que gustéis -exclamó Elvira fuera de sí y haciendo un esfuerzo sobrenatural-. ¡Vos osáis ofenderme, vos abusáis de esa manera de mi loca confianza! ¿Quién os ha dicho que os amé? ¿Olvidáis que no puedo ser vuestra nunca, jamás?

-¡Yo olvidarlo, señora! ¡Pluguiera al cielo que me fuera dado olvidarlo! ¿Quién más dichoso entonces? Pero nunca creí que vos misma os complaceríais en repetírmelo. Añadidme ahora que amáis a ese hidalgo

-¿Y si os lo dijera mentiría? Le amo...

-¡Silencio! El infierno, el infierno se abre en este momento ante mis ojos... Necio de mí, que consumí una vida entera de amor en conquistar este desengaño... pero, ¿qué veo? ¿Lloráis? Elvira, ¿lloráis? Nos entendemos; se hablan nuestras almas a pesar de nosotros y de los obstáculos, confesadlo; es imposible que no me améis. No se ama nunca con este amor que me abrasa para no ser correspondido. Os comprendo. ¿Teméis? ¿Miráis a todas partes? Bien, callaré, señora, callaré. Pero decidme os amo y nada más.

-Basta ya; ¡es imposible! ¿Paréceos que la superchería que conmigo usáis, y que este encuentro, casual sin duda, en la habitación del astrólogo, merecen de mi parte premio y galardón? Creedme, joven imprudente, un mundo entero existe entre vos y entre mí; jamás le traspasaréis.

-¡Jamás!, ¡Dios míos!

-Y escuchad; si queréis evitar mi odio, si mi aprecio os interesa, jamás me habléis de amor; os prohibo que os presentéis delante de mí, os prohibo que me dirijáis trova ni canción alguna; os prohibo...

-Prohibidme el vivir, cruel, y acabaréis más pronto -contestó el doncel con toda la amargura de la desesperación.

-Juradlo, Macías, juradlo si sois caballero.

-¿Que jure yo no amarte? Jurad vos no ser hermosa, jurad que vuestra voz no será dulce y penetrante, jurad que vuestros ojos no me abrasarán en lo sucesivo y yo juraré entonces...

-¡Silencio! Soy perdida. ¿No sentís pasos? ¿No oís? ¡Abrahem, Abrahem!

-Sí; pero esa puerta se cerrará...

-¿Qué hacéis? Teneos. ¿Queréis hacerme delincuente cuando soy sólo desgraciada?

-Señor Fernán Pérez -dijo a este tiempo la conocida voz del astrólogo en la antecámara-, entrad en mi habitación y daré satisfacción a vuestras preguntas.

-El es -exclamó Macías apretando por última vez la mano de Elvira, que se desasió de él, y lanzando un ¡ay! agudo y penetrante, se dejó caer sobre el sitial que detrás de si tenía.

El lejano y repentino ruido de la conocida tormenta no pone más pavor en el corazón del asustado marinero que el que produjo en el pecho del hidalgo la voz acongojada que en balde intentaba desconocer.

-¡Santo cielo! -gritó-; ¡esta voz es la suya! -lanzóse en seguida en la habitación como se abalanza el tigre al redil llamado por el tímido balido de la inocente oveja.

Detúvole, empero, y acabó de confundir todas sus ideas la presencia del doncel, que ya en pie, y echada la visera, parecía el ángel tutelar de la enlutada, puesto allí delante de ella para defenderla de todo riesgo.

-Abrahem -dijo entonces vuelto hacia el astrólogo-, ¿quién es esta enlutada?

Fingía el judío hallarse en la mayor agitación.

-Señor -le respondió por último-, permitid que no descubra a nadie este secreto que se me ha encargado, y menos a vos...

-¿A mí?... Yo he de saberlo... Acercóse entonces resuelto, a la tapada, con ánimo al parecer de descubrirla.

-¿Qué hacéis, hidalgo?... -preguntó una voz de trueno, deteniéndole al mismo tiempo el brazo del doncel.

Llegándose entonces el astrólogo a la dama, que se había arrojado de rodillas como a implorar piedad ante el celoso marido, asióla de una mano, y aprovechando el momento en que forcejeaba Hernán Pérez con el doncel, sacóla de la cámara, diciéndola al oído precipitadamente:

-Me ha sido imposible evitarlo; pero salvaos.

-La he de seguir -exclamó el hidalgo.

-No mientras esté yo aquí -repuso el doncel-. Id, señora...

-¿Y con qué derecho?...

-Con el de la fuerza.

-¡Ah! os conozco, mis dudas se desvanecen; ¿sois vos el doncel...?

-Yo mismo. Sacad la espada...

-¿Osado y descortés? Sacadla.

-No en el alcázar -gritó el astrólogo arrojándose entre los dos-. Imprudentes, respetad mis canas. Macías, no tenéis razón sino para envainar vuestro acero. Hidalgo, os deslumbra tal vez...

-¡Basta, pérfido astrólogo! -gritó fuera de sí el irritado hidalgo-; ¡basta! Doncel, respetemos este lugar; pero en otra parte tengo que hablaros: salgamos.

-Salgamos -repuso Macías echando a andar tras el escudero-. ¡Tiempo hace que lo deseaba! -añadió en lo más profundo de su corazón.

-¡Oídme! -gritaba el astrólogo-. ¡Teneos!

Pero de allí a poco dejó de oír sus pasos precipitados. Mirando entonces hacia la puerta por donde habían salido:

-¡Miserables -dijo cerrándola-, os preciáis de fuertes y de entendidos y un torpe anciano juega con vosotros como con sus maniquíes! -abriendo en seguida la comunicación que daba a la cámara de don Enrique, asió de una lámpara y bajó silenciosa, pero precipitadamente, la escalera retorcida. Daba la luz en parte sólo de su rostro, merced a su mano derecha, que interpuesta le defendía los ojos del resplandor. Sonaban sus sandalias de escalón en escalón, y su larga ropa crujía barriendo el pavimento. Parecía el genio del mal de aquel oscuro alcázar, que recorría sus más recónditos rincones, buscando víctimas nuevas que sacrificar el día siguiente a su insaciable furor.

Vanitas vanitatum et omnia vanitas.
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