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El doncel de Don Enrique el doliente

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XI

Cuando el conde aquesto vido
Fuérase para el palacio
Donde el rey solía estar,
Saludó a todos los grandes,
La mano al rey fue a besar.
Rom. del conde Grimaltos. Silva de varios romances.

La pequeña corte de la antecámara de don Enrique, que dejamos en anteriores capítulos descrita, era un imperfecto y pálido remedo de la del muy alto y poderoso don Enrique III.

Veíanse lucir en ésta, a más de los que tenían los primeros oficios de la real casa de Su Alteza, las principales dignidades de Castilla. Hallábanse en derredor del trono a derecha e izquierda, y por el orden de su dignidad y favor, el buen condestable don Rui López Dávalos, el almirante don Alfonso Enríquez, don Fadrique, duque de Medinaceli, el conde don Juan Alfonso de Niebla, los maestres de Santiago y Alcántara, el mariscal don Garci González de Herrera, don Juan de Velasco, camarero mayor, Diego López de Stúñiga, justicia mayor, Pero López de Ayala, chanciller mayor y del sello de la puridad, el adelantado Pedro Manrique, donceles y caballeros principales, en fin, que a la corte asistían. En el momento de nuestra narración llegaba Su Alteza a ocupar su regia silla; acompañábanle al lado don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, don Juan Hurtado de Mendoza, su mayordomo mayor, y sosteníanle del brazo fray Juan Enríquez, su confesor, y don Mosén de Abenzarsal, su físico. Don Enrique III, en medio de su juventud, tenía él natural aspecto enfermizo que a su rostro prestaban sus habituales dolencias. Semblante pálido y prolongado por la enfermedad, noble con todo, grave y lleno de majestad; sus ojos eran hermosos; mezclábase en ellos cierta languidez y tristeza con la penetración y la severidad; su andar era lento y su voz flaca.

Hasta el momento de la entrada de Su Alteza habíase tratado con raro interés entre los palaciegos del robo singular de doña María de Albornoz, y ninguno en consecuencia extrañaba la ausencia de don Enrique de Villena y de los caballeros de su casa. Sucedió el mayor silencio a la entrada de Su Alteza, y éste recorrió con la vista apresuradamente el círculo de sus cortesanos, saludando a uno y otro lado con su natural sequedad.

-¿Y nuestro fiel pariente y vasallo don Enrique de Villena? -preguntó Su Alteza-. Condestable, ¿creo que me habéis dicho que ha vuelto de la montería del Real de Manzanares?

-Señor -dijo el buen López Dávalos inclinando su cabeza cana y despojada por el tiempo-, cierto es lo que aseguré a tu Alteza: don Enrique volvió ayer de El Pardo.

-¡Por San Francisco! que no sabe sus intereses mi primo cuando olvida presentarse a su Rey.

-¡Es una omisión imperdonable!... Pero, señor, hay causas a veces que...

-¿Causas? Quiero saberlas.

-Seis enmascarados han robado a su esposa.

-¿Robado? ¿Dónde?

-En su cámara misma.

-¿En mi palacio? No puede ser, condestable. Tal desacato costaría la cabeza... Explicaos.

-Nada hay más cierto, señor.

Aquí el condestable, amigo del conde de Cangas y Tineo, refirió al Rey cuanto en el alcázar corría acerca de tan extraño acontecimiento.

-Diego López de Stúñiga -dijo el Rey levantándose cuando hubo oído la relación del caso-, el rey Enrique no desmentirá jamás la fama que tiene granjeada de justiciero. Como justicia mayor de mis reinos os cometo la averiguación del suceso. Compadezco a nuestro fiel pariente y vasallo y quiero vengar la felonía cometida en la persona de mi muy amada doña María de Albornoz. Antes de tres meses me habréis descubierto quién sea el reo. Juro por las llagas de San Francisco que no le podré dar seguro aunque me le pida.

Inclinó respetuosamente la cabeza Diego López de Stúñiga y volvió a ocupar su lugar.

-Vos, Pero López de Ayala, tendréis entendido que quiero que se extienda hoy mismo la cédula que os dije; es mi real voluntad que no paguen mis reinos más monedas, a pesar de no haberse acabado aún la guerra con Granada. ¿Qué os parece, almirante?

-Paréceme, señor, que pudieran recrecerse graves daños de la supresión del tributo de las monedas -repuso el almirante-; si bien con eso contestáis a los pecheros y hombres de afán, también si los moros vuelven a hacer entrada...

-No me lo digáis -repuso el Rey- estad cierto que tengo yo mayor miedo de las maldiciones de las viejas de mis reinos que de cuantos moros hay de esta parte del mar.

Calló el almirante, y alto murmullo de aprobación acogió el paternal dicho de Enrique el Doliente.

Otra media hora pasaría en que el rey de Castilla despachó en medio de su corte algunos negocios del gobierno de sus reinos; ya iba a dar la vuelta a la cámara cuando se sintió ruido como de muchas personas armadas que se acercan; volviendo todos las cabezas hacia el sitio por donde el rumor sonaba, un faraute de Su Alteza llegando hasta el medio de la sala, hizo una reverencia, otra a poca distancia, y hecha la tercera a los pies casi del trono:

-Decid que entre a mi pariente y leal vasallo.

Retiróse el faraute con las mismas cortesías, sin volver jamás las espaldas, y llegado a la puerta:

-Entrad -dijo con voz descomunal.

Dos farautes de don Enrique precedían. Don Enrique de Villena detrás, con rostro a la par airado y pesaroso. Seguía a su lado su primer escudero y detrás un caballero de su casa con el estandarte de sus armas, en que lucían sobremanera las barras paralelas de Aragón. El estandarte, pendiente de una asta a la manera de los que aún se usan en algunas procesiones, era ricamente recamado de oro y plata sobre campo azul. Venían después, armados como su señor, los caballeros y escuderos vasallos del poderoso don Enrique.

Pedido y dado el permiso de hablar por Su Alteza, tres veces reclamaron los farautes de don Enrique la atención y silencio de los demás señores y asistentes.

-Oíd, oíd, oíd el desacato y felonía cometido en la persona de la muy noble e ilustre señora doña María de Albornoz, esposa del muy noble e ilustre señor don Enrique de Aragón, y de que en nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la Bienaventurada Virgen gloriosa, viene a pedir justicia y reparación.

Respondido hablad, tres veces también, por el faraute de Su Alteza, comenzó don Enrique, hincando en tierra una rodilla, a hacer relación de cómo le había sido, en su misma cámara, robada su muy amada esposa, y de cómo había salido en persecución de los robadores, entre los cuales contábanse criados de su casa, cuya falta había notado al mismo tiempo.

-Alzad -le dijo el Doliente rey-, conde de Cangas y Tineo, y decid cuál sea el fruto de vuestra expedición.

-No me levantaré, señor excelso, mientras no acabe el cuento de mi cuita y no esté seguro de que tu Alteza me otorga lo que a pedirte vengo. Inútilmente he recorrido el campo en busca de los robadores; a haberlos encontrado, señor, no hubiera menester pedirte justicia y porque mi espada me la supiera dar muy suficiente Pero ¡oh dolor!, gran Rey, he hallado en vez de la esposa o de la venganza que buscara, esos sangrientos despojos que sólo una funesta catástrofe me pueden anunciar.

Adelantáronse, al llegar a decir esto, dos escuderos, que tendieron a la vista del rey el manto y el velo de doña María de Albornoz todos ensangrentados.

-¡Cielo santo! -exclamó horrorizado el piadoso Rey. Un movimiento de horror circuló por la corte, y todos apartaban la vista de los sangrientos restos.

-He aquí, señor -exclamó sollozando el desdichado esposo-, ¡y ojalá no hubiera encontrado más pruebas de mi desgracia!

-¿Qué decís? Hablad -exclamó Enrique III.

-Un pastor, gran Rey, que es el que ves y puede darte de ello testimonio, me ha asegurado que unas horas antes de encontrar con estas ropas había visto pasar a unos armados con un cadáver de una mujer, a su parecer hermosa y joven; mi esposa, señor Receláronse de él y quisieron echarle mano para impedir que su mal hecho se supiese; mas el conocimiento que tiene del país, las quebradas de las peñas y sus buenos pies le salvaron, por desdicha mía, para mi amargo desengaño.

-Pastor, llegad -dijo don Enrique-; ¿vos habéis visto eso?

-Verdad dice su grandeza -repuso el pastor con visible turbación, que achacaron todos al asombro de hallarse en tal paraje- Llevábanla, sin duda, a enterrar en los sitios ocultos en donde los vi.

-Justicia, pues, señor, justicia. Otorgadme que me dé a buscar al alevoso, y que donde quiera que le encuentre, pueda, sin duelo ni formalidad alguna, castigar al que como villano se portó.

-Yo os juro, don Enrique, justicia y reparación. Alzad; ¿tenéis vos indicios de quién pueda ser el robador?

-Ninguno -respondió Villena levantándose. -¿Sospecháis, por ventura, si una venganza o si una pasión?

-¡Ay de quien osare ofender la memoria de mi esposa!..

-Nadie en mi presencia la ofenderá, conde de Cangas y Tineo. Imposible me fuera concederos que os entreguéis a buscar al delincuente; necesito vuestra asistencia en mi corte Pero los oficiales de mi justicia apurarán la verdad y le hallarán donde quiera que se esconda. Os otorgo, sin embargo, en nombre de Dios trino y uno, a quien en la tierra representan los reyes ejercitando su justicia, que matéis al villano, si lo halláis, donde quiera que lo halléis, armado o desnudo, solo o acompañado, por vuestra mano o por la de villanos vasallos vuestros. Otorgo, otro sí, que quede privado de cualquier gracia que pudiere yo hacerle o le hubiere hecho sin conocerle; mando a quien le encuentre, caballero, escudero, noble o pechero, y le requiero que le castigue como su villanía merece, y al que le mate hágole de su muerte salvo y perdonado. Alzad ahora, don Enrique

-No esperaba yo menos, gran Rey, de tu recta justicia,

Adelantándose entonces don Enrique el espacio que del trono le separaba, llegó con rostro apenado, y doblando de nuevo la rodilla ante el rey Doliente, quitóse el yelmo, besóle la mano, y dióle repetidas gracias por el favor singular que acababa de otorgarle Retiróse en seguida a desarmar, con sus caballeros, por el mismo orden que habían venido.

Quedaron los cortesanos estupefactos de cuanto acababan de oír. ¿Qué motivo racional se podía, efectivamente, dar a la extraordinaria muerte de doña María? Todos discurrían y se hablaban al oído; pero ninguno conjeturaba la verdad, si bien muchos dudaban del relato y de la manera y forma de la muerte por don Enrique referida. Pero donde el Rey había creído públicamente, no era lícito, ni aún a los mayores enemigos de don Enrique, dudar del caso sino en secreto. Todos, por lo tanto, callaron, y el físico de Su Alteza, que vio que la animada audiencia de la mañana y lo mucho que Su Alteza había hablado, había alterado visiblemente su color, le advirtió respetuosamente que le convenía tomar algún descanso. Oído esto por el Rey, bajó del regio sillón, y despidiendo a sus cortesanos, entróse en su cámara con aquellos mismos que le habían acompañado a su salida, menos don Pedro Tenorio, el arzobispo de Toledo, que quedó en la sala de audiencia con los más grandes, dando y tomando en la singular aventura del que, entonces más que nunca, comenzó a aparecer verdadero hechicero a los ojos de los suspicaces cortesanos de don Enrique el Doliente.

Vanitas vanitatum et omnia vanitas.
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