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El doncel de Don Enrique el doliente

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VII

Ya se parte el pajecito
Ya se parte, ya se va,
Llorando de los sus ojos
Que quería reventar.
Topara con la princesa;
Bien oiréis lo que dirá.
Rom. del conde Claros.

Cuando don Enrique de Villena, volviendo silenciosamente la espalda a su esposa a la aparición de Elvira, que había acudido con tanta oportunidad a atajar los efectos de su furor, la dejó toda llorosa en brazos de su camarera, ignorante de cuanto había pasado, ésta empleó cuantos medios estaban a su alcance para hacerla volver en si del estado de estupor y de profunda enajenación en que la había puesto la desdichada escena que con su injusto esposo acababa de tener. Sentóla en un sillón, donde no daba muestras de vida la infeliz condesa, enjugó las lágrimas que habían inundado en un principio su rostro, pero cuyo curso había detenido ya el exceso del dolor; la aflojó el vestido con que tan inútilmente se había engalanado pocos momentos antes en obsequio del caballero descortés y refrescó la atmósfera que la rodeaba con un abanico. Al cabo de algún tiempo produjo la solicitud de Elvira todo el efecto que deseaba; comenzó la condesa a dar indicios de querer desahogar su pecho oprimido, y de allí a poco rompió de nuevo a llorar amargas y copiosas lágrimas, exhalando profundos gemidos acompañados de voces inarticuladas, las cuales producía a trechos y a pedazos, en los huecos del llanto, con un acento convulsivo y un tono de voz ora agudo, ora reconcentrado, que ninguna pluma de escritor o de músico puede atreverse a representar en el papel.

Poco a poco fue perdiendo fuerzas su acceso de cólera, como pierde impetuosidad el torrente si, una vez roto el dique que le enfurecía, halla anchas y fáciles salidas a sus ondas por la tendida campiña; mitigóse su dolor, pero por largo espacio conservó indicios del enojo anterior, como se echaba de ver en el movimiento de elevación y depresión de su agitado seno, semejante al mar, cuyas olas, mucho tiempo después de pasada la borrasca, conservan, aunque decreciente, la inquietud que el huracán les imprimió.

Luego que estuvo en estado de hablar con más serenidad, refirió a Elvira cuanto con el conde le acababa de pasar, y fueron inútiles todos los consuelos que su fiel camarera trató de prodigarle. Revolvía en su cabeza mil ideas encontradas: ora quería salir inmediatamente de aquella parte del alcázar que le estaba destinada y refugiarse a sus villas; ora intentaba acogerse al amparo del mismo Rey, esperando de su justicia que reprimiría los desórdenes de su esposo y le impondría algún temor para lo sucesivo, pues pensar en que ella consintiese en la separación que el conde manifestaba desear, era sueño, puesto que se había casado enamorada de Villena; verdad es que el trato y la mala vida que la daba hubieran sido bastantes a hacer odioso al más perfecto de los hombres; pero todos sabemos que la frialdad y el despego suelen ser incentivos vivísimos del amor, y lo eran tanto más en la condesa cuanto que, habiendo vivido siempre don Enrique apartado de ella después de su infausta boda, no había dado jamás entrada al hastío que hubiera seguido a una larga y tranquila posesión. Aguijoneaba además, a la infeliz condesa la saeta de los celos; en varias ocasiones había sorprendido al conde de Cangas en conquista o persecución de algunas bellezas, y aun una de las que había considerado siempre como primer objeto de sus obsequios era aquella misma Elvira en quien tenía puesta toda su confianza; mas como tenía pruebas de que ésta se había negado constantemente a dar oídos a toda proposición amorosa del de Villena, y en la seguridad en que estaba de que cualquiera que a su lado viviese había de excitar los deseos de su esposo, quería tener más bien por camarera aquella de cuya lealtad y odio a la persona del conde no podía dudar en manera alguna.

En esta ocasión se equivocaba la condesa en sus temores porque no un amor adúltero, sino la ambición era quien a tan descortés procedimiento a don Enrique obligaba. Empero esta era la verdad: por una parte el amor, que a pesar de los desdenes de Villena en su corazón duraba, y por otra la creencia en que estaba de que sólo proponía aquel rompimiento para entregarse más a su salvo a alguna nueva intriga amorosa, eran suficientes motivos para que nunca hubiese ella prestado su consentimiento al propuesto divorcio.

Logró por fin persuadirla Elvira a que se recogiese y tratase de poner un paréntesis a su pesar en el sueño dejando para el día siguiente el resolver lo que debería hacerse. Hízolo así la condesa, y Elvira se retiró a la cámara inmediata, en donde se proponía esperar, al lado del fuego, a que su señora se hubiese entregado completamente al descanso para seguir su acertado ejemplo. Sentóse cerca de la lumbre, después de haber dado las Oportunas disposiciones para que durante la noche no faltasen sus dueñas del lado de la condesa, y púsose a leer un manuscrito voluminoso, que entre otros muchos y muy raros tenía don Enrique de Villena, por ser libro que a la sazón corría con mucha fama y ser lectura propia de mujeres. Era éste el Amadís de Gaula. Hacía pocos años que su autor, Vasco Lobeira, había dado al mundo este distinguido parto de su ingenio fecundo, y don Enrique de Villena, por el rango que ocupaba en Castilla y por su decidida afición a las letras y relaciones que con los demás sabios de su tiempo tenía, había podido fácilmente hacer sacar de él una de las primeras copias que en estos reinos corrieron. El carácter de Elvira simpatizaba no poco con las ideas de amor, constancia eterna y demás virtudes caballerescas que en aquel libro leía; hubiera dado la mitad de su existencia por hallarse en el caso de la bella Oriana, y aun no le faltaba a su imaginación ardiente un retrato de Amadís cuya fe la hubiera lisonjeado más que nada en el mundo; era éste un mancebo generoso de la corte de Enrique III, a quien había conocido desgraciadamente después que Fernán Pérez de Vadillo. Habíase casado, en verdad, ciegamente apasionada del hidalgo; pero desde su boda hasta el punto en que la encuentra nuestra historia, se había ensanchado considerablemente el círculo de sus ideas. Fernán Pérez, por el contrario, era siempre el mismo que en otro tiempo había cautivado sin mucho trabajo el inocente corazón de la niña Elvira; pero ésta no era ya la amante que se había prendado de Fernán Pérez; su carácter se había desarrollado de una manera prodigiosa, y un foco de sensibilidad y de fogosas pasiones creado nuevamente en su corazón, había producido en su existencia un vacío de que ella misma no se sabía dar cuenta. Se había formado en su cabeza un bello ideal, no hijo del mundo real en que habitaba, sino de su exaltación; y se complacía en personificar este bello ideal en tal o cual joven cortesano que sobre el vulgo de los caballeros de la corte de Enrique III se distinguían. Uno entre todos había avasallado ya su albedrío bajo esta personificación, y Elvira, juguete de la Naturaleza, que puede más que sus criaturas, no sabía ella misma que iba tomando sobre su corazón demasiado imperio un amor ilícito y peligroso. Por desgracia, su virtud misma era su mayor enemigo; la confianza en que estaba de que nunca podrían faltarle fuerzas para resistir, la hacía entregarse sin miedo, con criminal complacencia, a mil ideas vagas, que cada día iban ganado más terreno en su imaginación. Encontrábase, en fin, en aquel estado en que se halla una mujer cuando sólo necesita una ocasión para conocer ella misma y dar a conocer acaso a su propio amante la ventaja que sobre ella ha adquirido. Como un incendio que ha crecido oculto e ignorado en la armazón de una casa vieja, que no ha menester más sino que descubriéndose una pequeña parte de la techumbre que lo cubre, tenga entrada la más mínima porción de aire; entonces estalla de repente como un vasto infierno improvisado, se lanzan las llamas en las nubes, crujen las maderas y viene al suelo el edificio desplomado, sepultando en sus ruinas al incauto y desprevenido propietario.

No era, pues, la lectura de Amadís la que a la triste Elvira mejor pudiera convenirle; pero era tanto más disculpable cuanto que en el siglo XIV no había muchos libros en que escoger, y pudiera darse cualquiera por contento con divertir las horas ociosas por medio del primero que en las manos caía.

Una tristeza vaga y sin causa positivamente determinada era el síntoma predominante de la hermosa camarera de la de Albornoz; y la soledad era el gran recurso de su imaginación deseosa de empaparse sin reserva ni testigos en la contemplación de las seductoras ilusiones que se forjaba; esta disposición de ánimo no era, ciertamente, la más favorable para la virtud de Elvira en las escenas, sobre todo, en que aquella misma noche, fecunda de acontecimientos, debían colocarla.

Poco tiempo podría hacer que con el primer libro de caballería en España conocido se entretenía la sensible Elvira, cuando sintió abrir la puerta del salón, y una persona, que seguramente no esperaba, se presentó a su lado, dándole las buenas noches con rostro alegre y maliciosa sonrisa.

-¿Qué buscas, Jaime, en estas habitaciones y a estas horas? Ya deben ser cerca de las diez; vuelve a la cámara del conde, si es que no te envía como precursor, a anunciarnos nuevos pesares y desventuras.

-Hermosa prima mía -contestó Jaime-, depón el enojo; de aquí en adelante puedes volverme a llamar tu querido primo.

-¿Qué novedades traes?

-Ninguna; pero he tenido miedo de las cosas que se hablan de don Enrique, y esta noche misma le he suplicado que me permitiese volver al lado de mi amada prima. ¡Me acordaba tanto de ti!

Una lágrima de sensibilidad se asomó a los ojos de Elvira oyendo la ingenua manifestación del medroso pajecillo.

-¿Y don Enrique te lo ha concedido?

-Por más señas que no he escogido la mejor ocasión, estaba tan distraído y tan ocupado en sus... mira... se me figura que estaba en uno de aquellos ratos en que dicen que tienen los hechiceros el enemigo... ¡Jesús!

-¡Jaime! ¿Quién te ha enseñado a hablar así de tu señor?

-Bien; no volveré a hablar, ahora ya no me importa. Ya estoy con mi Elvira, que me confiará sus penas -añadió el paje tomando una de las manos de la hermosa camarera.

-¿Qué anillo es ese? -exclamó ésta dejando el voluminoso pergamino que hasta entonces había leído, para examinar de cerca el hermoso brillante que relumbraba en un dedo del paje-. ¡Jaime!

-¡Ah! esto no se ve -gritó puerilmente Jaime, retirando y escondiendo su mano-. ¡Esto no se ve! Es un regalito; a mí también me regalan, señora prima, no es a vos sola a quien...

-Vamos, ven acá, Jaime, y dime quién te ha dado ese anillo; o si por ventura tienes que acusarte de algún...

-¡Chitón!, señora prima -interrumpió el paje con indignación.

-¡Ah! ya le tengo -gritó Elvira aprovechando para asirle la mano aquel momento en que la pundonorosa irritabilidad del paje le había estorbado la precaución- ya le tengo.

-No, no me lastimes y te le daré -dijo el paje viendo que se disponía la interesante Elvira, tan niña como él, a valerse de la superioridad que le daban sus fuerzas para ver a su salvo el anillo; quitósele, en efecto, pero echando a correr en cuanto Elvira le hubo cogido-, no me importa -añadió-; ¿qué veréis señora curiosa? Nada; un anillo; mas no por eso sabréis quién me lo ha dado.

Equivocábase el inexperto paje; la perspicaz Elvira, que al principio había sido inducida sólo por mera curiosidad al reconocimiento de la alhaja, cuya posesión no creía natural en el pajecillo, había fijado notablemente en ella su atención, y examinaba al parecer alguna señal o particularidad por donde esperaba venir en conocimiento de su procedencia.

-No hay duda -exclamó sonrojándose como grana-, no hay duda; una letra pierdo; pero sería mucha casualidad... esmeralda... e; lapislázuli... 1; brillante, b; rubí, r; amatista, a. Y luego... una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. No hay duda.

El paje, que había alborotado la sala con sus gritos y sus burlas al ver la perplejidad de su prima, no se asombró poco al oír la extraordinaria y no esperada explicación que daba a la sortija; y tanto más confundido quedó, cuanto que creyó no haber sido en esta ocasión sino el juguete del doncel, que se había valido de él para manifestar a Elvira aquel su amor, de que el malicioso paje tenía ya no pocas sospechas.

Nada más común en aquel tiempo que estas combinaciones de piedras y ese lenguaje amoroso de jeroglíficos en motes, colores, empresas y lazadas. Un platero de Burgos había engarzado artísticamente, a ruego de Macías, en un mismo anillo aquellas seis piedras, cuya traducción había acertado tan singularmente Elvira por un presentimiento sin duda de su corazón. Había perdido la significación de una piedra, cosa nada extraña, no hallándose ella muy adelantada en el arte del lapidario; pero en cambio había entendido la equivocación del platero, que había significado la y con la b, inicial de brillante; ni el quid pro quo del platero ni el acierto de Elvira tenían nada de particular en un tiempo en que no sabían ortografía ni los plateros ni los amantes. El número, sin embargo, de las piedras, y la colocación de las conocidas, no dejaba la menor oscuridad acerca de la intención del que había mandado hacer la sortija.

Quedábale todavía a Elvira un resto de duda que a toda costa quería satisfacer: en primer lugar no era ella la única Elvira que en Castilla se encerraba, y en segundo, la alusión, que la había puesto en camino de sospechar, no le daba, sin embargo, noticia cierta de quién fuese el que usaba con ella semejante galantería. Deseaba por una parte saberlo; temía por otra oír un nombre indiferente.

-¿Quieres cambiar este anillo, Jaime, por otro mejor que yo te dé?

-¿Y qué diría -dijo el astuto paje- el caballero que me le ha regalado?

-¿Con que ha sido caballero?... -interrumpió Elvira.

-Y de los mejores y más valientes de la Corte de Su Alteza.

-¡Santo cielo! -decía Elvira impaciente-. Jaime, yo te ruego que me des señas de él al menos, ya que no quieres decir su nombre.

-¿Señas?

-Espera; dime primero -exclamó reflexionando un momento-, ¿cuándo te le ha dado y dónde?

Comprendió el paje al momento la doble intención de esta pregunta, y se sonrió malignamente viendo a Elvira cogida en su propio lazo, porque al punto recordó que no podía saber la llegada del doncel

-Hoy y en el alcázar.

-¿Hoy y en el alcázar? -repitió Elvira queriendo leer la verdad en los ojos del paje-. ¡Entonces no puede ser! -dijo entre dientes, satisfecha ya al parecer toda su curiosidad, dejando caer los brazos, inclinando la cabeza y saliendo, en fin, de la ansiedad y tirante en que estaba como arco que se afloja. Siguió mirando pero más vagamente, el anillo, haciendo con el labio inferior, que se adelantó al superior, un gesto particular entre distraída y resignada.

-¡Ah!, ¡ah! que no lo acierta -exclamó en su triunfo el paje, victorioso-; escuchadme, señora adivina: es un caballero joven.

-Bien; déjame -repuso ella, sin prestar apenas atención a la voz chillona y triunfante del mozalbete.

-No, que lo has de acertar. Cuando se trata de coger sortijas, ensarta con su lanza tantas como corazones con su hermosa presencia. Si monta a caballo, es el más fogoso el suyo y lo domeña como un cordero; si se trata de correr cañas, nadie le aventaja; y en un torneo sólo don Pero Niño...

-Jaime, él no puede ser más que uno -exclamó levantándose Elvira.

-Cierto que no es más que uno -repuso el taimado paje, que se divertía con su prima como el gato con el ratón.

-¿Ha venido? ¡Ah! Ahora recuerdo que esta mañana un caballero...

-¿Quién? -contestó con cachaza el paje fingiendo no entender.

-Mira, Jaime, vete de aquí y no vuelvas -gritó furiosa Elvira-; marcha, huye si temes mí...

-Bien, primita, lo diré: ése es...

-¿Quién? -preguntó la atormentada belleza-. ¿Quién? acaba o...

-El doncel de...

-Basta. ¿Estás cierto?

Acordóse de pronto el imprudente paje del especial encargo que de guardar secreto le había hecho el doncel, y no sabiendo las últimas mudanzas que en la situación volvían infructuoso este cuidado, trató de reparar el olvido de que la escena bulliciosa que con su prima traía era causa y efecto.

-No me habéis dejado acabar, señora camarera. El rey don Enrique III no tiene un solo doncel. Sabed que no os puedo decir más. Ni una palabra más.

Al oír el tono resuelto del rapaz, bien vio Elvira que no sacaría de él más partido que una honrosa capitulación; lo más que pudo recabar de él fue que le dejase el anillo hasta que ella adivinase como pudiese su procedencia; dejósele el pajecillo y se acabó la contienda entre los primos, determinando que por aquella noche Jaime dormiría vestido en una cámara inmediata a la alcoba donde, casi vestida también, trataba de reposar la infeliz Elvira, no atreviéndose a desnudarse del todo por miedo de que hubiese menester la de Albornoz sus consuelos en el discurso de la noche.

Bajóse para esto a su habitación, que debajo de la condesa caía, después de haberse cerciorado de que ésta yacía profundamente dormida y de haber dejado advertido a las dueñas que la avisasen a la menor novedad que sintiese su señora o que en aquella parte del alcázar ocurriera. Echóse después en su lecho, habiéndose despedido del paje, y en vano procuró imitar a éste en la prontitud con que concilió el sueño reparador de las fuerzas perdidas.

Revolvía una y mil veces en su cabeza las ideas del día y procuraba atarlas y coordinarlas entre sí; empero agolpábanse todas a su imaginación ferviente; la condesa, la violencia de Villena, sus solicitudes, la ausencia de su esposo, el Amadís, la indiscreta conversación del paje, las dudas que acerca del dueño del anillo había dejado sin resolver después de su inquieto diálogo, todo esto reunido y amasado junto de nuevo en su mente, en medio del silencio y de la oscuridad de la noche, le representaba un cuadro fantástico, lleno de objetos incoherentes, muy semejante en la confusión a esos lienzos que entre nuestros abuelos tanto se apreciaban con el nombre de mesas revueltas. Pero a proporción que el largo insomnio y el cansancio del día fueron rindiendo sus fuerzas y entornando los párpados fatigados de Elvira, todas esas imágenes confusas tomaron en su cerebro contornos informes y poblaron su sueño de escenas parecidas a las que habían pasado por ella en el día, y de otras que, como combinaciones nuevas del choque de aquéllas, suelen producirse por sí solas en la imaginación cansada de un calenturiento que duerme, o de una persona habitualmente agitada por sensaciones extraordinarias y que pasa por una larga y fatigosa pesadilla.

Vanitas vanitatum et omnia vanitas.
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