Proyecto Mariano José de Larra en Internet

La ventana de una bella en Andalucía

La mujer y su guitarra

¿Veis esa casita, cuya fachada os deslumbra, blanqueada con cal, como ésta, y en la que se reflejan los rayos del sol de Andalucía; una larga galería descubierta corona, siguiendo todo su contorno, su tejado, donde crece la hierba a veces entre las grietas de los ladrillos, de junturas desiguales? Es la azotea, a la cual, en una noche tranquila de julio, la familia española sale a respirar el aire aromado por el azahar, la flor del oloroso naranjo; el patio de entrada está cuidadosamente regado, y un ancho toldo colgado le protege de los ardores del astro diurno. Allí, el apacible andaluz, perezoso, dormitando, lánguidamente sentado sobre una silla rústica de madera, fuma con fruición su cigarrillo, del cual extrae y lanza al aire frecuentes bocanadas de humo. La chaquetilla, tiesa, con botoncitos plateados; el chaleco, de colores vivos; la faja de seda roja, el calzón sostenido por unos lazos de seda, la media blanca, la pechera deslumbradora, el pañuelo sostenido en el cuello por un anillo de oro, y en su cabeza, inclinado hacia un lado, el sombrero de anchas y redondas alas, cuya copa, adornada alrededor por una cinta de terciopelo negro, se levanta en forma de pirámide. Es el andaluz. Su perro está a sus pies. Goza de su embriagadora pereza. Se encierra en sí mismo, tiene conciencia de que vive, y eso le basta.

Se abre una ventana con un ruido apagado en el piso bajo; no se ve ninguna luz; al amor le gusta el misterio y vive en la sombra; diríase una cárcel: largos barrotes de hierro se entrecruzan en la ventana e impiden la entrada al amante atrevido; tras la reja se ha dejado ver la hija del andaluz de lindos piececitos seductores, de pierna bien modelada, de tez morena, de ojos chispeantes y de negras trenzas, de seno levantado y palpitante, de delgado talle, que diríase va a quebrarse y que se balancea sobre las mórbidas caderas como una flor sobre su tallo; no posee la andaluza más que su amor por toda gala, pero ¡qué bella es! Su mirada de fuego es el rayo que os abrasa y os trastorna.

Pero escuchad. ¿No oísteis algo? Es un instrumento... de sones agudos y graves que se suceden rápidamente; un aire alegre y melancólico a un mismo tiempo; es la tristeza de la dicha; a veces resuena sólo una cuerda, punzada por un dedo delicado; otras, son varias cuerdas que se armonizan y producen un sonido ruidoso y prolongado. Es el instrumento, es la guitarra; es el instrumento nacional, es el lenguaje de la andaluza. ¡Cómo hace hablar a esta guitarra! La oís; comprendéis ese lenguaje porque os habla al corazón, porque es el lenguaje del amor, y estuvisteis enamorados vosotros también alguna vez.

No tiene más que trece años la muchacha; ni siquiera los ha cumplido, y no tiene novio; no quiere decir esto que los jóvenes del pueblo no se hayan enterado aún de sus encantos nacientes...; pero ella ha soñado con un novio; le ha adornado con todas las cualidades del corazón, le ha prestado sentimientos fogosos, y la realidad no se ha presentado aún a sus ojos con toda la poesía de su corazón.

De noche es cuando las sombras favorecen tan dulces ensueños: ve dibujarse a su novio en la sombra; entonces alza sus ojos al cielo, y un suspiro se escapa de su seno estremecido y sus dedos afilados transmiten a las cuerdas de su instrumento las vibraciones de su corazón.

La guitarra es su intérprete, porque en el rodar de su pensamiento cree escuchar absorta la voz de su amado fantasma y la guitarra es quien le responde. La triste y suave rondeña es sustituida por la alegre seguidilla, y en su lenguaje misterioso la desatinada jácara y el rasgueo melancólico se suceden tan rápidamente bajo sus dedos como la alegría y la tristeza comparten alternativamente su amoroso éxtasis.

Si llega entonces la ronda de mozos y de majos que andan dando vueltas por la ciudad cantando y tocando ante las bellas juveniles, y se detiene ante su ventana entreabierta, la joven andaluza palidece y un ligero estremecimiento de indignación sacude sus sentidos; ¡qué atrevimiento representa en ellos el venir a turbar de este modo su dulce coloquio; son testigos inoportunos que llegan a interponerse entre ella y su amigo! Ha callado la guitarra, y ella ha mirado; pero no es la inquietud de la enamorada; es la curiosidad de la mujer.

El más atrevido de la comparsa se ha acercado de pronto; su traje le delata.

Comienza una suave tonada..., pero, ¡oh, sorpresa! En el acto la joven de ojos negros ha cerrado sus párpados abrasadores; su guitarra se le escapa de las manos. «¡Virgen Santísima! -ha exclamado toda temblorosa-. ¡No era él tampoco!» Y una lágrima ardiente se ha deslizado por su mejilla. Se ha cerrado la ventana, y la alegre ronda se retira y va a dar a otros sitios la serenata y el amor.

Sin embargo, la muchachita llora. ¡No era él tampoco! ¡Ah, Virgen Santísima, amparadla cuando sea él de verdad, porque él vendrá, sin duda, y vendrá a esta misma ventana y allí cambiará con la joven andaluza estas tiernas palabras de amor durante la noche protectora...! La joven andaluza tiene trece años y sabe puntear en su guitarra. Él no está lejos. Entonces llorará ella de bien distinto modo, quizá entonces olvide su guitarra...

Texto transcrito por Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes