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Una primera representación

Revista Mensajero, 3 de abril de 1835

En los tiempos de Iriarte y de Moratín, de Comella y del abate Cladera, cuando divididas las pandillas literarias se asestaban de librería a librería, de corral a corral, las burlas y los epigramas, la primera representación de una comedia (entonces todas eran comedias o tragedias) era el mayor acontecimiento de la España. El buen pueblo madrileño, a cuyos oídos no habían llegado aún, o de cuya memoria se habían borrado ya las encontradas voces de tiranía y libertad, hacía entonces la vista gorda sobre el Gobierno. Su Majestad cazaba en los bosques del Pardo, o reventaba mulas en la trabajosa cuesta de La Granja; en la Corte se intrigaba, poco más o menos como ahora, si bien con un tanto más de hipocresía; los ministros colocaban a sus parientes y a los de sus amigos; esto ha variado completamente; la clase media iba a la oficina; entonces un empleo era cosa segura, una suerte hecha; y el honrado, el heroico pueblo iba a los toros a llamar bribón a boca llena a Pepe-Hillo y Pedro Romero cuando el toro no se quería dejar matar a la primera. Entonces no había más guerra civil que los famosos bandos y parcialidades de chorizos y polacos. No se sospechaba siquiera que podía haber más derecho que el de tirar varias cáscaras de melón a un morcillero, y el de acompañar la silla de manos de la Rita Luna, de vuelta a su casa desde el teatro, lloviendo dulces sobre ella. En aquellos tiempos de tiranía y de Inquisición había, sin embargo, más libertad; y no se nos tome esto en cuenta de paradojas; porque al fin se sabía por dónde podía venir la tempestad, y el que entonces la pagaba era por poco avisado. En respetando al rey y a Dios, respeto que consistía más bien en no acordarse de ambas Majestades que en otra cosa, podía usted vivir seguro sin carta de seguridad, y viajar sin pasaporte. Si usted quería escribir, imprimía y vendía cuanto a las mientes se le viniese, y ahí están si no las obras de Saavedra, las del mismo Comella, las de Iriarte, las de Moratín, las poesías de Quintana, que escritas en nuestros días no podrían probablemente ver en muchos años la luz pública. Entonces ni había espías, ni menos policía; no le ahorcaban a usted hoy por liberal y mañana por carlista, ni al día siguiente por ambas cosas; tampoco había esta comezón que nos consume de ilustración y prosperidad; el que tenía un sueldo se tenía por bastante ilustrado, y el que se divertía alegremente se creía todo lo próspero posible. Y esto, pesado en la balanza de las compensaciones, es algo sin duda.

Había otra ventaja, a saber: que si no quería usted cavar la tierra, ni servir al rey en las armas, cosas ambas un sí es no es incómodas; si no quería usted quemarse las cejas sobre los libros de leyes o de medicina; si no tenía usted ramo ninguno de rentas donde meter la cabeza, ni hermana bonita, ni mujer amable, ni madre que lo hubiese sido; si no podía usted ser paje de bolsa de algún ministro o consejero, decía usted que tenía una estupenda vocación; vistiendo el tosco sayal tenía usted su vida asegurada, y dejando los estudios, como fray Gerundio, se metía usted a predicador. El oficio en el día parece también haber perdido algunas de sus ventajas.

Por nuestros escritos conocerán nuestros lectores que no debimos nosotros alcanzar esos tiempos bienaventurados. Pero, ¿quién no es hijo de alguien en el mundo? ¿Quién no ha tenido padres que se lo cuenten?

Entonces en el teatro se escuchaban pocas silbas, y el ilustrado público, menos descontentadizo, era a la par más indulgente. Lo que por aquellos tiempos podía ser una primera representación, ignoramos completamente; y como no nos proponemos pintar las costumbres de nuestros padres, sino las nuestras, no nos aflige en verdad demasiado esta ignorancia.

En el día, una primera representación es una cosa importantísima para el autor de... ¿de qué diremos? Es tal la confusión de los títulos y de las obras, que no sabemos cómo generalizar la proposición. En primer lugar hay lo que se llama comedia antigua, bajo cuyo rótulo general se comprenden todas las obras dramáticas anteriores a Comella: de capa y espada, de intriga, de gracioso, de figurón, etc., etc.; hay en segundo el drama, dicho melodrama, que fecha de nuestro interregno literario, traducción de la Porte Saint-Martin como El valle del torrente, El mudo de Arpenas, etc., etc.; hay el drama sentimental y terrorífico, hermano mayor del anterior, igualmente traducción, como La huérfana de Bruselas; hay después la comedia dicha clásica de Molière y Moratín, con su versito asonantado o su prosa casera; hay la tragedia clásica, ora traducción, ora original, con sus versos pomposos y su correspondiente hojarasca de metáforas y pensamientos sublimes de sangre real; hay la piececita de costumbres, sin costumbres, traducción de Scribe; insulsa a veces, graciosita a ratos, ingeniosa por aquí y por allí; hay el drama histórico, crónica puesta en verso, o prosa poética, con sus trajes de la época y sus decoraciones ad hoc, y al uso de todos los tiempos; hay, por fin, si no me dejo nada olvidado, el drama romántico, nuevo, original, cosa nunca hecha ni oída, cometa que aparece por primera vez en el sistema literario con su cola y sus colas de sangre y de mortandad, el único verdadero; descubrimiento escondido a todos los siglos y reservado sólo a los Colones del siglo XIX. En una palabra, la naturaleza en las tablas, la luz, la verdad, la libertad en literatura, el derecho del hombre reconocido, la ley sin ley.

He aquí que el autor ha dado la última mano a lo que sea: ya lo ha cercenado la censura decentemente; ya la empresa se ha convencido de que se puede representar, y de que acaso es cosa buena.

Entonces los periodistas, amigos del autor, saben por casualidad la próxima representación, y en todos los periódicos se lee, entre las noticias de facciosos derrotados completamente, la cláusula que sigue:

«Se nos ha asegurado o sabemos (el sabemos no se aventura todos los días) que se va a poner en escena un drama nuevo en el teatro de... (por lo regular del Príncipe). Se nos ha dicho que es de un autor conocido ya ventajosamente por obras literarias de un mérito incontestable. Deben desempeñar los principales papeles nuestra célebre señora Rodríguez, y el señor Latorre. La empresa no ha perdonado medio alguno para ponerlo en escena con toda aquella brillantez que requiere su argumento; y tenemos fundados motivos (la amistad, nadie ha dicho que no sea un motivo, ni menos que no sea fundado) para asegurar que el éxito corresponderá a las esperanzas, y que por fin el teatro español, etc., etc.», y así sucesivamente.

Luego que el público ha leído esto, es preciso ir al café del Príncipe; allí se dará razón de quién es el autor, de cómo se ha hecho la comedia, de por qué la ha hecho, de que tiene varias alusiones sumamente picantes, lo cual se dice al oído; el café del Príncipe, en fin, es el memorialista, el valenciano del teatro.

-¿Ha visto usted eso del drama que trae La Revista?

-¿Qué drama es ése?

-No sé.

-Sí, hombre, si es aquel que estaba componiendo...

-¡Ah! Sí. ¡Hombre, debe ser bueno!

-Preciso.

-¿Cómo se titula?

-¡FULANO!

-¿A secas?

-No sé si tiene otro título.

-Es regular.

-¿Cuántos actos?

-Cinco, creo.

-No son actos -dice otro.

-¿Cómo? ¿No son actos?

-Sí, son actos, pero... yo no sé.

-¡Ah! Sí.

-¿Y muere mucha gente?

-¡Por fuerza! Dicen que es bueno.

-¡Gustará! -dicen en otro corrillo.

-Hombre, eso.... como este público es así.... yo no me atrevería...; pero mi opinión es que o debe alborotar, o le tiran los bancos.

-¡Hola!

-No hay medio. Hay cosas atrevidas; ¡pero qué escenas! Figúrese usted que hay uno que es hijo de otro.

-¡Oiga!

-Pero el hijo está enamorado... Deje usted: yo no me acuerdo si es el hijo o el padre el que está enamorado. Es igual. El caso es que luego se descubre que la madre no es madre; no: el padre es el que no es padre; pero hay un veneno, y luego viene el otro, y el hijo o la madre matan al padre o al hijo.

-¡Hombre! Eso debe ser de mucho efecto.

-¡Yo [lo] creo! Y hay una tempestad y una decoración oscura, tétrica, romántica...; en fin, con decirle a usted que la dama, ayer en el ensayo, no podía seguir hablando.

-¡Uy!!!

Si la cosa es por otro estilo, aunque ahora no hay cosas por otro estilo:

-Es bonita -dicen-, sólo que es pesada; pero a mí me hizo reír mucho cuando la leí; es clásica, por supuesto: pero no hay acción, no sucede nada.

El autor entretanto se las promete felices, porque en los ensayos han convenido los actores (que son muy inteligentes) que hay una escena que levanta del asiento; sólo se teme que el galán, que ha creído que el papel no es para su carácter, porque no es de bastante bulto, le haga con tibieza; y el segundo gracioso no ha entendido una palabra del suyo; no hay forma de hacérselo entender. Por otra parte, una dama está un poquillo ofendida porque la protagonista, que nació demasiado pronto, tiene más años de los que ella quiere aparentar. Y los segundos papeles están en malas manos, porque como aquí no hay actores...

Esto sin embargo, los ensayos siguen su curso natural; el autor se consume porque los actores principales no dicen su papel en el ensayo, sino que lo rezan entre dientes.

-Un poco más energía -se atreve a decir el autor, en ademán de pedir perdón.

-No tenga usted cuidado -le responden-; a la noche verá usted.

Con esto apenas se atreve a hacer nuevas advertencias; si las hace, suele atraerse alguna risilla escondida; verdad es que a veces el autor suele entender de representar menos todavía que el actor.

-¿Qué saco yo en la cabeza? -le pregunta una joven-. ¿Diadema?

-No es necesario.

-Como soy...

-No importa, se va usted a acostar cuando sucede el lance.

-Es verdad.

-Y yo, ¿qué saco en las piernas?

-La época, el calzón ajustado, pie y brazo acuchillados.

-Es que no tengo.

-Sí tienes -dice un compañero-: el calzón que te sirvió para Dido.

-Ya; pero eso debe de ser otra época.

-No importa; le pones cuatro lazos, y es eso.

-Yo saco peluca rubia -dice el gracioso.

-¿Por qué rubia?

-No tengo más que rubias; todas las hacen rubias.

-Bien; así como así la escena es en Francia.

-¡Ah! ¡Entonces!... Los franceses son rubios. ¿Y calva, por supuesto?

-No, hombre, no; si no tiene usted más que cincuenta años.

-Es que todas mis pelucas tienen calva.

-Entonces saque usted lo que usted quiera.

-Yo necesito un retrato, que saco -dice otro.

-No, un medallón, cualquier cosa; desde fuera no se ve.

Arreglado ya lo que cada uno saca, se conviene en que las decoraciones harán efecto, porque se han anunciado como nuevas; la del pabellón de La Expiación, en poniéndole cuatro retratos, es romántica enteramente, y si se añaden unas armas, no digo nada: un gabinete de la Edad Media; la de tal otra comedia, en abriéndole dos puertas laterales, y en cerrándole la ventana, es el cuarto de la dama.

Si hay comparsas se arma una disputa sobre si se deben afeitar o no; si tienen que afeitarse es preciso que se les den dos reales más; ¿se han de poner limpios de balde? Para conciliar el efecto con la economía, se conviene en que los cuatro que han de salir delante se afeiten; los que están en segundo término, o confundidos en el grupo, pueden ahorrarse las navajas. Si deben salir músicos, es obra de romanos encontrarlos; porque es cosa degradante soplar en un serpentón, o dar porrazos a un pergamino a la vista del público; cuando van por la calle o de casa en casa, entonces nadie los ve.

Por fin, ha llegado la noche; merced a los anuncios de los periódicos y de los carteles, en los cuales se previene al público que si se tarda en los entreactos es porque hay que hacer, y que, como la función es larga, no admite intermedio ni sainete; merced a estas inocentes estratagemas, se acaban los billetes al momento, y a la tarde están a dos, tres duros las lunetas. El autor ha tomado los suyos, y los amigos, que han comido con él, le tranquilizan, asegurándole que si el drama fuera malo se lo hubieran dicho francamente en las repetidas lecturas que se han hecho previamente en casa de éste o de aquél. Todo lo contrario: se han extasiado; y no es decir que no lo entiendan. El buen ingenio anda aquel día distraído; no responde con concierto a cosa alguna; reparte algunos apretones de manos, lo más expresivos posible, a cuenta de aplausos, y está muy modesto, se cura en salud; refuerza alguna sonrisa para contestar a los muchos que llegan y le dicen embromándole, sin temor de Dios:

-Con que hoy es la silba; voy a comprar un pito. ¡Las seis! Es preciso asistir al vestuario.

-¿Qué tal estoy?

-Bien: parece usted un verdadero abate; dése usted más negro en esa mejilla; otra raya; es usted más viejo. Usted sí que está perfectamente, señora ,y cierto que daría los mejores trozos de mi comedia por ser el galán de ella, y hacer el papel con usted. Se me figura que está frío el segundo galán.

-¡Ah! No: ya lo verá usted; ahora está bebiendo un poco de ponch para calentarse.

-Sí, ¿eh? ¡Magnífico! No se le olvide a usted aquel grito en aquel verso.

-No se me olvida, descuide usted; aturdiré el teatro.

-Sí, un chillido sentido: como que ve usted al otro muerto. Con que salga como en el penúltimo ensayo me contento. Alborota usted con ese grito. ¡A mí me estremeció usted, y soy el autor!...

-¡La orden! ¡La orden! -gritan a esta sazón.

-¿Cómo la orden? -exclama el autor asustado-. ¿La han prohibido?

-No, señor, es la orden para empezar; habrá venido Su Alteza.

Suena una campanilla. ¡Fuera, fuera!, y salen precipitadamente de la escena aquella multitud de pies que se ven debajo del telón.

-¡Cuidado con los arrojes, señor autor! -dice un segundo apunte cogiéndole de un brazo.

-¿Qué es eso?

-Nada; los arrojes son cuatro mozos de cordel que hacen subir el telón, bajando ellos colgados de una cuerda.

Se oye un estruendo espantoso: se ha descorrido la cortina, y el ingenio se refugia a un rincón de un palco segundo, detrás de su familia, o de sus amigos, a quienes mortifica durante la representación con repetidas interrupciones. Tiene toda la sangre en la cabeza, suda como un cavador, cierra las manos, hace gestos de desesperación cuando se pierde un actor.

-Si lo dije, si no sabe el papel. ¿Silban? ¿Qué murmullo es ése? Bien, bien; este aplauso ha venido muy bien ahí: esto va bien; ese trozo tenía que hacer efecto por fuerza. ¡Bárbaros! ¿Por qué silban? Si no se puede escribir en este país; luego la están haciendo de una manera... Yo también la silbaría.

En el auditorio son otras las expresiones fugitivas.

-¡Vaya! Ya tenemos el telón bajando y subiendo.

-¡Bravo! Se han dejado una silla.

-Mire usted aquel comparsa. ¿Qué es aquello blanco que se le ve?

-¡Hombre! ¡En esa sala han nacido árboles!

-¿Lo mató? ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah! Si morirá el apuntador.

-Pues, señor, hasta ahora no es gran cosa.

-Lo que tiene es buenos versos.

Entretanto la condesita de *** entra al segundo acto dando portazos para que la vean; una vez sentada no se luce el vestido; los fashionables suben y bajan a los palcos; no se oye; el teatro es un infierno; luego parece que el público se ha constipado adrede aquel día. i Qué toser, señor, qué toser!

Llegó el quinto acto, y la mareta sorda empieza a manifestarse cada vez más pronunciada; a la última puñalada el público no puede más, y prorrumpe por todas partes en ruidosas carcajadas; los amigos defienden el terreno; pero una llave decide la cuestión; sin duda no es la llave con que encerraba Lope de Vega los preceptos; y cae el telón entre la majestuosa algazara y con toda la pompa de la ignominia.

No sé qué propensión tiene la humanidad a alegrarse del mal ajeno; pero he observado que el público sale más alegre y decidor, más risueño y locuaz de una representación silbada; el autor entretanto sale confuso y renegando de un público tan atrasado; no están todavía los españoles, dice, para esta clase de comedias; se agarra otro poco a las intrigas, otro poco a la mala representación, y de esta suerte ya puede presentarse al día siguiente en cualquier parte con la conciencia limpia.

Sus amigos convienen con él, y en su ausencia se les oye decir:

-Yo lo dije; esa comedia no podía gustar; pero ¿quién se lo dice al autor? ¿Quién pone el cascabel al gato?

-Yo le dije que cortara lo del padre en el segundo acto; aquello es demasiado largo; pero se empeñó en dejarlo.

He observado, sin embargo, que los amigos literatos suelen portarse con gran generosidad; si la comedia gusta, ellos son los que, como inteligentes, hacen notar los defectillos de la composición, y entonces pasan por imparciales y rectos; si la comedia es silbada, ellos son los que la disculpan y la elogian; saben que sus elogios no la han de levantar, y entonces pasan por buenos amigos. En el primer caso dicen:

-Es cosa buena, ¿cómo se había de negar? No tiene más sino aquello, y lo otro, y lo de más allá..., ya se ve; las cosas no pueden ser perfectas.

En el segundo dicen:

-Señor, no es mala; pero no es para todo el mundo; hay cosas demasiado profundas; tiene bellezas, sobre todo hay versos muy lindos.

Pero la parte indudablemente más divertida es la de oír, acercándose a los corrillos, los votos particulares de cada cual; éste la juzga mala porque dura tres horas; aquél porque mueren muchos; el otro porque hay gente de iglesia en ella; el de más allá porque se muda de decoraciones; esotro porque infringe las reglas; los contrarios dicen que sólo por esas circunstancias es buena. ¡Qué Babilonia, santo Dios! ¡Qué confusión!

Al día siguiente los periódicos... Pero ¿quien es el autor? ¿Es un principiante, un desconocido? ¡Qué nube! ¿Es algo más? ¡Qué reticencias! ¡Qué medias palabras! ¡Qué exacto justo medio!

¡Después de todo eso, haga usted comedias!

Texto transcrito por Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes