Proyecto Mariano José de Larra en Internet

Un periódico del día, o el «Correo literario y mercantil»

El Duende Satírico del Día, 27 de septiembre de 1828.

Las decisiones de un periodista
no tienen privilegio alguno para
que forzosamente se las respete:
nunca pasan de ser la opinión de
un hombre.
(Corr. Lit., N. I. Reflex. prel.)

Ne trouve en Chapelain, quoi qu'ait dit la satire
Autre défaut, sinon qu'on ne le sauroit lire.
(Boileau, Satir., X.)

Pero ¿qué tiene nuestro periódico? ¿Tiene algo, por ventura?..., gritan los redactores de una parte a otra. Pues ése es su defecto, señores redactores, no tener nada.

Pero no hay que desanimarse, porque todos conocemos que si bien El Correo Literario no es bueno, pudiera serlo, y tiene lo mismo, con la diferencia, nada esencial para el público, de venderse a no venderse. Es verdad que esto no será tan indiferente a los redactores, pero, en cambio, tienen otra ventaja, y es la de trabajar poco. Sin embargo, yo entreveo que no está del todo perdido, pues que habiendo adelantado ya el saber que no gusta, se reduce a empezar a hacer de aquí en adelante todo lo contrario de lo que han hecho hasta ahora, y ciertamente gustará. No hay más que dos caminos: el malo ya le han corrido ustedes todo; me parece, pues, que se acreditarían de necios si no supiesen hallar el bueno, además de que hay tiempo todavía, pues desde aquí hasta Difuntos, que a todo tirar se puede ir bandeando el papelito, queda espacio para divertirnos tres veces otro tanto.

No es decir esto, aunque lo parezca, que El Correo Literario no tenga mérito, y nadie mentiría más que yo si se tratase de sostener que es inútil; muy por el contrario, porque a mí mismo me sucede que sólo los días que sale puedo conseguir dormir siesta, que el calor antes y varias cavilaciones me robaban; ahora tengo muy buen cuidado de no comprar el número hasta la hora de comer, y al momento que acabo esta operación preparatoria cojo mi Correo, y ábrale por cualquiera parte, a los chasquidos de su látigo me duermo como un hombre sin cuidados, tan profundamente, que ha habido tarde de pasárseme la hora del paseo y despertarme a las diez de la noche; y me parece que para quien tenga la desgracia de no poder conciliar el sueño, bien vale esto la pena de gastar seis cuartos. Ésta es la razón, porque columbro que ha de durar algo más; porque no soy el único que le ha encontrado esta virtud, que comprueba la verdad de que no hay libro ni escrito, por malos que sean, que no tengan algo bueno.

Decir que no tiene mérito sería caminar con más parcialidad que El Correo Literario, y Dios sabe que quiero demasiado a los señores redactores por el citado favor que me han hecho para hacerles una injusticia tan notoria; porque si es cierto que no cuesta trabajo el escribir mucho y malo, también lo es que debe ser cosa muy difícil llenar tres veces cada semana un pliego de palabras que formen oraciones, y no decir nada al cabo de un mes. Esta habilidad no es común; tal vez a hacerlo de intento no se conseguiría, y por de contado es un gran mérito en esto hacer lo que pocos harían. Es preciso nacer con ello, porque no se aprende.

Me parece que tengo probado hasta la evidencia no sólo que El Correo no es inútil, sino también que tiene mérito. Esto es lo que el público se ha empeñado en no creer, y lo peor será que, como ponga pies en pared, por más, señores redactores, que pruebe yo lo contrario, se va a salir con la suya.

Pero para mayor ampliación de esto mismo procederé al examen de los números que han salido hasta el momento en que escribo, y empezaré por aquellos artículos que no pertenecen a una clase determinada.

Número 1. Reflexiones preliminares.- Éste es el prólogo del periódico, y es el primer periódico que tiene prólogo. Esta novedad promete, y es lástima que no cumpla, aunque todavía no es tarde, y puede que aún no hayamos entrado en materia.

Hemos visto con mucho gusto las obligaciones de un periodista; pero no es el público quien debe saberlas mejor; y a este propósito, supuesto, señores redactores, que no han leído ustedes su primer número, les contaré un cuentecito que parece hecho a la medida de ustedes.

Un obispo de París acababa de publicar una pastoral bastante buena, en la cual, a pesar de ser el autor, o no había tenido la menor parte, o se podía esto sospechar por la poca conformidad que guardaban sus costumbres y modo de pensar con lo que en ella decía. Encontró el señor obispo un día a uno de los genios que ha producido la Francia y le preguntó: «¡Hola! Señor..., ¿ha leído usted mi pastoral?». «Y Vuestra Señoría Ilustrísima, ¿la ha leído?», le respondió el autor de la Merope.

Número 2. El cometa del año 1832. -El Correo llega muy tarde con sus noticias, y cuando traía ésta en su valija ya nos la había dado la Gaceta hacía días. Lo peor es que como sólo nos da una copia literal de aquélla, dicen, con razón, algunos aficionados, que nos ha costado doce cuartos el saber que no nos acabamos tan pronto. Se quejan de esto; pero, señores redactores, ¿no vale más dinero la seguridad que se nos da de que tenemos que vivir mucho más, aunque sea con el trabajo de leer periódicos como El Correo?

Número 4. Medicina. - Véase la nota anterior, pues que este artículo está en el mismo caso, hasta con su refrán: «Ni firmes carta que no leas, ni bebas agua que no veas», y han dado en la gracia de añadir por ahí: «Ni tampoco mientras vivas al Correo te suscribas». De modo que no se oye otra cosa.

Número ídem. -Tanto las noticias estadísticas de Rusia como las relativas a los turcos han gustado generalmente. Con respecto a estas últimas, se lee con horror el procedimiento de los turcos para con los griegos. No nos acordamos de lo que nosotros, siendo cristianos, hemos hecho con los esclavos y con los americanos.

Número 5. Adelantos de la industria. - Se leen los términos inequívocas, perfectibilidad. Necesito aprender otro castellano más claro que el que sé, que no basta a sacarme de estos apuros.

Número 6. Historia natural. -Veo estas frases: y no por ninguna violencia; movimientos voluntarios sin violencia alguna. Y digo lo mismo.

Número 7. Industria española. -Sobre haber este año otras cosas que el pasado en su Exposición... ¡Válgame Dios, y qué artículo tan señor mayor y tan venerable, con más años -que Matusalén! ¡Ay!, que cuando acabé de leerle, con tantos años como se me habían pasado en el discurso de su lectura, me entró un miedo de haber llegado a viejo, que involuntariamente me miré al espejo, y aún creí verme con canas. Verdad es que el público, en esta circunstancia, necesitaba un artículo como la maza de Hércules. ¡Pero, señores redactores, tengan ustedes misericordia y economicen más el tiempo, que es cosa preciosa! A este paso, ¿qué más año 32? Esto ya pasa de Correo; esto es ir en posta y ganando horas.

Número 8. Exposición de los productos de la industria. -Hablando del serenísimo señor infante D. Francisco de Paula, dice que S. A. R. quedó muy complacida. El uso manda que se diga complacido, y la razón lo apoya, que es lo peor, señor redactor.

Cimentar el amor de la patria. -El amor de la patria es el amor que siente la patria hacia algún objeto; pero cuando se quiere decir lo que el señor redactor, entonces se pone «el amor a la patria», que quiere decir, para que lo entienda el señor redactor, el amor que tienen a la patria los individuos que la forman. Pero ahora iría un correo, con la prisa que lleva, a entretenerse en quitar esas chinitas del camino.

Número 9. Abbas Mirza, y sus barbas faltó aquí. Por Dios, señores redactores, que se nos vuelva el periódico barbería; dennos ustedes cosas más entretenidas que las barbas de ese buen señor, y pelillos a la mar. ¡Que no haya encontrado el señor redactor persa quien le pele las suyas antes de poner el tal artículo barbón! ¿Saben ustedes que es peliagudo?

Número ídem. Sobre la lengua de las artes. - Dice: «La obra más admirable de poesía, de escultura y de pintura, o los sistemas más acabados de física, de metafísica y de moral, no suponen ni tanta inteligencia, ni tanta sagacidad, ni tanto genio como los telares de hacer medias, de tejer paños o las máquinas de hilar el estambre. La demostración de matemáticas más complicada, como, por ejemplo, la de uno de los porismos de Euclides, no lo es tanto como el mecanismo de algunos relojes y de las diferentes operaciones interesantes y variadas de diversas artes».

Señor redactor, vamos despacio. Usted da a entender que es más fácil ser un buen poeta, escultor, pintor, físico, metafísico y moralista que un artista, un fabricante de paños, etc. Si usted llama poeta a todo aquel

Que de rodilla en rodilla Nace a ser poetastro de Castilla,

y por este estilo de los demás, convengo con usted; pero yo no sé si hay más Homeros, Virgilios, Corneilles, Ercillas, Rafaeles, Mengses, Fidias, Praxiteles, Álvarez, Euclides, Newtones, Looks, Condillacs, etc., que artífices aplicados a las artes y maquinistas serviles. Usted mismo se contradice; sin el auxilio de esas matemáticas y esa física que huella con sus pies; en una palabra, de esos hombres grandes que las han sacado de la oscuridad, ¿qué paso hubieran podido dar esos artistas, esos mismos relojeros que usted cita? La mecánica, ¿no es una parte pequeñísima de la física, que se apoya toda en las matemáticas?

Además de esto, usted confunde las palabras, y cada una tiene su uso y aplicación particular: «ni tanta inteligencia, ni tanta sagacidad, ni tanto genio»... Estas voces no son sinónimas, como usted da a entender; no se pueden aplicar nunca en los mismos casos: de la inteligencia no hablemos, ésta se contrae con el uso del objeto en que se emplea, es efecto del trabajo y de la experiencia; por consiguiente, ¿cómo quiere usted que Newton tuviese inteligencia en hacer paño, si nunca aprendió? Para ser Newton lo que fue, no necesitó aprenderlo, porque Newton creó, inventó, tuvo genio. La sagacidad se acerca más al ingenio, es una disposición del ánimo para percibir bien lo que quiere aprender, y el ingenio perfecciona lo que la sagacidad le hizo entender; y esta voz ingenio se aplica a las artes, a las cosas mecánicas, nunca a las ciencias, nunca a los objetos grandes; para éstos es el genio: éste no se limita a perfeccionar lo que otros empezaron; inventa por sí, da vida a lo que imagina, y el genio es el único que es don del cielo, que no se adquiere, y no nace todos los días; el ingenio, la mayor parte de los hombres le tiene o le adquiere; y al paso que la Ilíada no puede hacerla sino un Homero, relojes hace el que quiere, y por comparación el que quiere mejora, hace una rueda, un resorte, una máquina, porque el ingenio compara, trabaja sobre datos; el genio no tiene más apoyo que él mismo: el genio manda y el ingenio le obedece.

Número 10. Anécdotas de la exposición. -Parece que el señor redactor vuelve a la canción del año pasado; sin duda se le quedó en el número anterior algún año trasconejado entre los algodones del tintero, y no nos quiere privar del sainetillo de otros trescientos sesenta y cinco días. Dios quiera que hayan pasado ya todos los años que tengan que pasar, porque si no, no habremos acabado el día del juicio.

Es lástima, por otra parte, que estas anécdotas no tengan gracia, porque harían reír mucho.

Dice más abajo que se cierra la exposición el día 16 de agosto al anochecer, y repite: «Cuidado, que es al anochecer». ¡Cuidado que es machacón el señor redactor, que parece que da en un yunque! : está acostumbrado a tratar con sordos o con necios.

Número 12. Medicina. - Sobre si debe purgarse o no el que escribe. Por mi parte, señores redactores, opino que sí, que lo necesita particularmente la cabeza, porque la tiene muy cargada de ideas pesadas, y en seguida su estilo; que para hacer dicha pregunta nos pone columna y media. Este artículo y sus semejantes deben ponerse en otra clase que se titule: Fruslerías, nada, cualquier cosa, llenahuecos.

TEATROS

El señor encargado de redactar los artículos de este ramo parece ser aquel Viejo Verde que presidió la apertura del periódico, y según creo es el mismo que el redactor principal o postillón en jefe del Correo y aquel Tío que tenía tantos sobrinos... Efectivamente, si todos los redactores que ponen mano en el Correo son sus sobrinos, es el Viejo Verde tío del público, o yo no entiendo de parentescos; pero aparte preámbulos, y séame lícito preguntar al señor Viejo Verde y compañía, si en aquel tiempo tan bueno de los chorizos y polacos, en que los españoles todavía conservaban alguna memoria de sus antiguas glorias y primitivo noble carácter, y en que, por lo visto, gustaban del teatro, que ya para ellos en el día es un objeto de desprecio; digo que si en aquel tiempo acostumbraban los periodistas a prometer una cosa y hacer otra, o la contraria, o lo que es lo mismo, si iban los correos entonces a París por Lisboa. Dígolo, y me sobra razón aquí, señor Viejo, porque habiendo prometido dar cuenta de lo que pasase en el teatro, se han quedado ustedes con algunas piececitas en la Redacción, y a lo menos gustaríamos los curiosos saber el porqué. ¿Qué jugada le ha hecho a usted tan mala el pobre Jugador, que no nos ha querido decir una palabra de su composición, de su representación, de sus reformas, y en particular de la enmienda que haya podido haber en varias partes de su primera salida al público tan defectuosa? Pues no digo nada; ¿y el señor Barbarroja, una tragedia de tantas campanillas? Señor Viejo, vamos, que estos dos olvidos no me parecen un grano de anís. Cuando la Camila ha merecido dos días de examen, siendo también el Barbarroja una tragedia original española, ¿por qué no hemos de saber si es buena o mala? ¿Merece acaso más el señor Solís que en la Arcadia asturiana Merisio Optalmio? Pues para haber hecho lo que la Gaceta, que nos ha dicho que fue coronada de aplausos (y sin meternos en honduras y si esto es o no es así, que en ello habría sus dares y tomares), para repetirlo, como saben ustedes, aunque fuera mentira, ¿se necesitaba tanto? No sé cómo ha de responder usted a esto; no será con tanta facilidad como a las objeciones de aquel otro que... Vaya, vamos claros: ¿a que era también otro sobrinito buscapié, ¡criaturita! , aquel señor Viejo, para cuya respuesta se volvía usted todo picias? Porque, en resumidas cuentas, Horruc será lo que quieran, pero la calidad de original no se la pueden ustedes disputar.

Se conoce por el examen que hace de todos los dramas, que el señor Viejo Verde, como entiende de mundo, no quiere reñir con nadie, ni con autores, ni con actores; yo creo que el decir, particularmente de estos últimos, muchos defectos que tienen, sería un paso dado hacia el buen gusto.

Lo mismo sucede con respecto a las óperas, y el capítulo de las consideraciones hace callar faltas que debieran manifestarse para formar el gusto del público que está en pañales, y perdóneseme esta expresión, y para que se corrigiesen los que los reconociesen por suyos. A pesar de esto, y prescindiendo de lo que calla el Correo, se puede asegurar que en lo que dice hay muy poco o nada que pueda dar pábulo a la crítica; y por más que chillen veinte barbilampiños despreciables, que nunca las han visto más gordas, ni han conocido más teatros que el del Príncipe, ni oído más música que el bolero y las manchegas, ni más cantor que a Munné, las alabanzas dadas a Galli, a la Albini, a la Cesari, a Passini, a Valencia, son tan justas y merecidas, como justo y merecido sería poner una pella en la boca de todo el que habla de música sin acreditar los motivos que tuviese para hablar.

Esto nos metería en una discusión un poco amarga, y tal vez me haría tomar una tintura de mal humor, que por hoy quiero evitar, y concluiré con esta pregunta: ¿De qué proviene que para decidir en materias, particularmente de poesía, medicina y música, el amor propio insensato de los hombres les hace creer que no se necesita haber estudiado ni profundizado nada? Aquel coronelito y aquel marqués, que no saben lo que es un compás, ni una semifusa, ni... ¿por qué hablan de óperas? ¿Por qué no callan? Porque tienen huera la cabeza, porque creen que se dan tono con este estilo tan despreciable, porque han pescado cuatro frases de moda a uno que pasa por inteligente, porque son unos importantes; ¡y quién sabe si hablan mal porque no tienen dinero para ir al teatro, y sólo van a fuerza de trampas, y quieren!..., etc. En fin, esta reunión es la que compone parte del verdadero público ilustrado y juicioso, y la que está confundida con él. ¡Y para gustar a esta multitud gárrula, nacida y criada en la más crasa ignorancia, petulante, intolerantísima y malcontentadiza, se molesta nadie, y aprende, y trabaja, y suda!... Pero dejémoslo, que ya vuelve el mal humor.

Quisiera acabar diciendo al señor Viejo Verde, y perdónenme sus canas, que habla mal el castellano, y con muchísimos galicismos, que es lo peor, aunque el defecto general del lenguaje es de todo el periódico, y muy fácil le es convencerse de esta verdad cogiendo cualquier número, donde hallará las faltas apiñadas, como son: arribar por «llegar», afición a la filarmonía, sobrepujarse a sí mismo, apreciar al sempiterno bolero, pescar a todo un director, disuadirle a no ejecutarlo, cuartetos endecasílabos, etc. Y confieso que no sé cómo algunos han venido a decirme que éstas son fruslerías.

CORRESPONDENCIA

Número 2. «Un periódico que no es más que profundo se verá acometido de una pulmonía mortal.» No me gusta que el señor Anfriso el del Miño, que por lo demás será un excelente sujeto, pronostique una pulmonía mortal al periódico. Es enfermedad que sólo puede acometer a los entes que gozan de pulmones, y en las cuatro caras de cada uno de sus números no le he advertido la menor señal de esta entraña. Díganme ustedes, señores redactores, si hacen ánimo de ponérselos, porque entonces callaré y anularé todo lo dicho.

«De muy lueñe», antigua expresión de gitanos, y el público de Madrid me parece gente más decente. Desea buena fortuna al Correo mientras exista. A ver si discurre el señor Anfriso, porque en no existiendo ya no la necesita.

Número 6. Sobre la obra de jurisprudencia del señor Andino. -Parece que el señor Anfriso quiere hacer algún peso en la valija del Correo. En este artículo sería de desear que un sujeto que se pone a hablar de elocuencia, que da que sospechar si habrá leído el Capmany y el Blair, hablase mejor él. No es decir que todo lo que dice, palabra por palabra, no esté en el Diccionario de la Lengua; pero reúne estas palabras castizas y de buena elección de un modo que, a mi corto entender, no me parece el mejor: períodos desiguales, oraciones truncadas imitando el estilo francés; unos no se pueden acabar sin tomar aliento varias, veces; otros son de un solo renglón; otros, debiendo seguir, se ven cortados por un punto importuno que debiera ser coma, y que separa la cabeza del resto del cuerpo; y, por último, ¿dice algo? Díganle ustedes, señores redactores, con todo el modo posible, que cuando escriba no se quede con las ideas, ya que pone las palabras, sino que lo ponga todo, a no ser que tenga pocas y no quiera deshacerse de ellas, pues en este caso habrá que tener alguna consideración con el señor Anfriso, y entonces llorarán ustedes amargamente con su seguro servidor, q.b.s.m.

Número 7. Sobre toros. - Empieza: «Ya que aun que es lunes hoy no hay toros, hablaremos algo que sea relativo a ellos.»

¡Qué brillante salida ha hecho el señor corresponsal! Ya que... sin embargo; para que se le escape el sentido, le tiene cogido por todas partes. Este buen señor será de aquellos que dicen «veremos a ver»

«El quinto toro no fue cosa.» En estilo familiar podría pasar este modo de explicarse; en un papel público, el toro no es cosa, y si se le pusiese cerca él mismo le convencería de que no es cosa, sino de que es un animal, y no de los que más se parecen a las cosas.

Número 7. Sobre el perrito Cupido. - El señor Anfriso sabe ser pesado. Se conoce que se esfuerza por ser gracioso. Es lástima que no lo consiga, porque los que más perdemos somos los que hemos de leer sus artículos. El estilo de éste me parece mucho mejor que aquel sobre el señor Andino.

«Esbelto el prado.» Señor Anfriso, ¿se llaman airosos, ligeros, etc., en una palabra, esbeltos, los prados por el Miño? Por el Manzanares, las ninfas son las esbeltas.

Enantes. Ahora se dice antes, y este adverbio viejísimo le habrá sacado de aquel baúl tan antiguo que tiene. 0 somos nosotros los que hablamos, o nuestros abuelos. Es preciso seguir los tiempos, y si el señor Anfriso no quiere perder el derecho a ese adverbio, puede tenerle en su baúl o irse a hablar a un cementerio; pero, por Dios, que no lo saque nunca, que los que no lo entienden dirán que habla como la gente ordinaria, para cuyo uso ha quedado, la cual, por no decir nada bien, dice enenantes.

«Dijo, y se ausenta.» ¡Bravo! Dice, y se ausenta, o dijo, y se ausentó, debía decir. ¡Ah, señor Anfriso, qué falta le hacían a usted unas palmetitas!

Persuadido a decirle, no lo entiendo. ¿Si habrá venido con usted esta locución desde el Miño? Pues es una baratija curiosa, que se puede llevar en cualquier parte.

Diga usted, señor Anfriso, ¿ha puesto usted el artículo sólo para tener el gusto de ofrecer sus poesías y su nombre verdadero? Vamos, sea usted franco... ¡Hay tantos que ponen una larga carta, en que no dicen nada, y dejan el asunto principal para la postdata!...

Con respecto a las poesías, si son buenas, como tengo motivos para creerlo, le pueden importar al público. Lo del nombre, ni es poesía, ni divierte, ni sirve, ni interesa, ni..., etc.

Número 9. «Tiene eclíticas radiantes.» No sé cómo llamar este artículo. Muy malo es todo el Correo Literario; pero la adquisición de este redactor, que no tengo el honor de conocer, es un hallazgo para él. El huroncico, si no caza más conejos que ocurrencias... Ni el mismo papel útil zurrador Guindilla, y es cuanto hay que decir, si fuera redactor, hubiera inventado otro articulito igual.

Pero es franco y modesto. Dice, con relación a su artículo, que es sacado de unos papeles, de los cuales los unos no tienen principio, otros, ni fin ( ¡qué gradación! ), y los más, aquí, señor lector, el hurón no se paga con dinero. De él será el reino de los cielos; y en el ínterin, por no contradecirle, soy todo de su opinión.

Número 10. Pensaban ustedes que el animalito se contentaría con oler la madriguera. Pues, amigo, no: ya que escribe mal, escribe mucho, y váyase lo uno por lo otro. Vuelve a tomar el hilo de su Raguseo, y su Bracmín, y su Carrillón, y su fárrago insoportable. Otras dos columnitas. ¿Ha acabado ya? Pues no, señores: ha quedado puesto el paño, y los puntos suspensivos indican que todavía viene más gente detrás. ¡Paciencia y agacharse, que esto es temporal y la nube está cargada!

Número 12. Artículo de Dominguito Cautela sobre, sobre... Señores redactores, lo leo y lo releo, pero no sé sobre qué es, ni qué quiere, ni para qué toma la pluma. Envíenme ustedes a decir si habla de escasez de aguas, si quiere probar que ésta no existe, si sólo alaba su carácter, en fin, lo que sea. Tradúzcanlo ustedes al castellano, o denlo a traducir a cualquiera de los infinitos traductores que se mantienen de eso, y por un par de reales se lo pondrán en estilo corriente, y saquemos algo en limpio de sus 2.000 tinajones o sus 2.000 sandeces, que es lo mismo. No escribe mejor que otros, y basta leer aquello de «esto no quita que al instante tomé mis precauciones», etc.

Y entre sus precauciones, bien podía haber tomado la de no escribir, porque se expone a que se ría el público de él, y aunque este peligro no levante chichones, como las tejas que caen de lo alto, más le valiera morirse antes de sed.

Miren ustedes, señores redactores, que todo el mundo quiere ser compañero de sus tareas enviando artículos, y todos se cuentan en el número de autores; de modo que el periódico tiene más padres que los hijos de la R., y van sobre él más plumas para componerlo que fueron en otro tiempo soldados con Carlos V sobre Túnez. Yo no hago más que encontrarme articulistas y gentes que dicen: «Yo he puesto dos artículos». «Yo he enviado cuatro.» «Yo he remitido siete», etc.; y aunque esto es muy barato, señores redactores, porque el público es el verdadero editor, se nos va a convertir el Correo en pila de agua bendita, donde todos se lavan las manos. A propósito de haberme hallado días pasados uno que me disputaba una cosa de poca entidad, diciendo: «Hombre, yo lo sé con precisión; ¿no ve usted que soy un redactor?», vaya un cuentecito.

Se hallaban un año en San Isidro el Real, en la función de las víctimas del Dos de Mayo, que anualmente se celebra. Un hombre de traza poco decente, pero premiado con la condecoración alusiva, llegó con el objeto de entrar. El centinela le expuso que tenía orden de no dejar pasar a nadie sin papeleta, a lo que contestó: «Yo tengo que entrar con precisión. ¿Pues no ve usted, hombre, que soy una de las víctimas?». Y mientras que ustedes le aplican, vamos a otra cosa.

MISCELÁNEAS CRÍTICAS

Número 2. Dorar la píldora. -«El artículo de usted, señor redactor, puede pasar: hay cosas peores en el periódico. No ha gustado porque, aunque no está del todo mal escrito, necesitaba cierta gracia, cierta verdad, que las alusiones fuesen más claras, que no se insultase por personalidades hijas de la desgracia, cosa muy vil... En fin..., no está malo, pero podría estar mejor.»

Esto es dorar la píldora, señor redactor; y todo esto se dice porque sería una desvergüenza decirle a usted la verdad en estos términos:

«Es malísimo: no tiene de bueno sino la ocurrencia, pero está detestablemente desarrollada. ¿Acaso usted le doró la píldora al dómine? Usted le engañó, le aduló. ¿Usted le doró la píldora al importuno? Usted le insultó. La etimología de su frase es insulsa y vulgar, sin novedad, sin gracia, inoportuna. ¿Dice usted que somos niños grandes? Eso será usted; los demás creemos que de un niño a un hombre va la diferencia, no sólo de la estatura y la fuerza, sino la reflexión, el juicio, la instrucción, la experiencia y las pasiones que pasada la niñez, o se desarrollan o nacen nuevas. Y qué, ¿esto no es nada? Ha creído usted decir un dicho gracioso, y no es más que oropel, y de poco brillo. ¿Qué es aquello de una reputación tan europea? Ya podría pasar llamar europea la reputación de Galli; pero el que este adjetivo europea tenga sus grados... yo no sé si puede haber una cosa más europea que otra; pero me parece que usted mismo se reiría si le dijera yo que extraño que un hombre tan ultramarino, de un talento tan americano y de unos estudios tan madrileños ponga artículos tan africanos en un periódico tan berberisco.

¡Qué lástima que aquel amigo que llegó al último del artículo no hubiese llegado al principio, y nos hubiera quitado un artículo tan escrito ¡Porque ha de saber usted que los artículos más cortos los lee el público más pronto; pero los artículos que lee con más gusto son los mejores.»

Número 6. El mismo señor redactor ha dado en este artículo de los importantes, que ha gustado más que la píldora, una prueba del talento que tiene acreditado. Tampoco es malo el del calor, número 10. Sólo en éste no me gustan dos cosas:

«No he llegado a la mitad de la calle del Príncipe, que hallo a una señorita», etc. Es un galicismo atroz.

En español se dice: «No bien he llegado, apenas he llegado, no he llegado aún, o todavía»; o sólo: «no he llegado a la calle del Príncipe, cuando hallo», etc. Hay, a escoger, modos buenos de decir las cosas. Otro cuentecico, señores redactores, y así les doraré la píldora, que todo divierte.

Hallábase una compañía de la legua representando en un pueblo de provincias, y tardando demasiado en alzar el telón, se levantó el señor letrado que presidía y dijo: «Tan y mientras que los señores cómicos se visten, que toque la música». A lo que respondió un chulo del patio: Ínterin o entre tanto, señor Tan y Mientras».

«Como si el tal calor, al echarse agosto encima, fuese alguna cosa del otro jueves.»

Cuando en una conversación familiar oigo decir a un hombre soez, que habla por costumbre y porque hablaban sus padres, una cosa del otro jueves, callo; pero cuando en un papel público lo veo en boca de un redactor que sabe lo que se dice, me entran ganas de preguntar: ¿quién es el otro jueves? Y ¿de qué color son sus cosas?

Número 8. Características de los necios. -¿Y por qué no puso el redactor la última característica, que es «escribir artículos de esta especie,»? Sobre dejarse la mejor, es una parcialidad de las muchas.

Sería preciso fijar el verdadero sentido de la palabra necio para poner un artículo tan insolentemente tonto; pero en eso no se detiene el señor redactor.

«Cuidar mucho los puntos y comas en una esquela.»

¡Conque en viendo una esquela con buena ortografía es necio el que la escribió! ¡Luego todo hombre que esté acostumbrado, como debe estarlo, a escribir correctamente, ha de poner un cuidado particular en escribir mal sus esquelas, para que los que las lean le llamen ganso, ignorante, etc.! ¿Puede darse una clase de escrito en que se autorice la alteración de la pureza del lenguaje y la buena puntuación?

«Leer todos los artículos de un periódico precisamente en el orden en que están escritos.»

Ésta es una cosa bien insignificante, y es necio quien la repara.

«Preguntar individualmente, al entrar en una casa, por todos los individuos de la familia.»

Esto será pesadez, cariño, interés, etc., no necedad.

«Estrenar ropa en domingo.»

Además de que sería más necia la afectación ridícula de no estrenar nunca nada en domingo, pues que todos los días de la vida son iguales; es decir, señor redactor, que la clase más útil y numerosa de la sociedad, de cuyo trabajo depende usted y todos los holgazanes que no hacen más que escribir o pasear, es necia; sí que lo es, puesto que mantiene al resto de sus semejantes. El artista, el labrador, el comerciante, el oficinista, ocupados diariamente en sus faenas, que les impiden estrenar ropa hasta el día que aguardan para tener el descanso, que usted no altera en toda su vida, ¿se pueden caracterizar de necios por una cosa exterior de tan poca importancia? Porque yo creo que un periódico no se escribe para veinte individuos, que porque gozan rentas insultan con sus vicios y holgazanería a los que más las merecen y menos las disfrutan.

«El no suscribirse al Correo Literario y Mercantil,» Además de las razones que ya tengo dadas, amigo mío, vamos a cuentas, porque el tal papel ni es correo, ni es literario, ni es mercantil. ¿Lo entiende usted?

Si algo tiene de estas tres cosas, es de correo, por lo deprisa que se escribe y por el descuido de la lengua, que no le tendrían mayor los postillones conductores de la confianza pública. Lo de literario, ello letras tiene, y si esto basta, literario es, y muy literario.

En lo de mercantil, ¿qué se le puede pedir en punto de comercio, dirán ustedes? Nada; trae los cambios, el papel moneda, precios de granos, como la Gaceta, y, sobre todo, el temporal, asunto principal del comercio; como que no tardará mucho el Consulado en encargarse del almanaque.

Yo, señor editor, no me tengo por tan necio como se quiere suponer, por no ser suscriptor, y si lo soy, me consuela el que somos tantos los españoles necios, que cubrimos la faz de nuestra patria; y lo peor es que los pocos hombres de talento, es decir, los que le dan su dinero, se nos van a pasar muy pronto. Confiese usted que nos ha querido comprometer con la negra honrilla; pero, amigo, ni por esas. No tenernos vergüenza, somos muy brutos los españoles porque no nos dejamos engañar.

Número 12. Costumbres de Madrid. -Este articulito, pesado por no tener gracia, tiene extravagancias muy particulares, y comenzaremos el examen acostumbrado.

«El hombre... desea y se ocupa en lo difícil y apartado.» Echen ustedes un guante, señores redactores, y compren para estos apuros una Gramática castellana de la Academia, que es un libro donde están las reglas para hablar correctamente. En ella verán que no se pueden unir dos verbos que rijan distintas preposiciones recayendo su acción en un solo objeto; y así, se debe decir: «El hombre desea lo difícil y se ocupa en ello».

«No se hallará orden alguno en estos apuntes» -esta humildad es de la misma escuela que la del hurón-, «y a veces se verá primero la Sociedad Económica y el Conservatorio de Artes que los coches del Prado en un día de gala». ¡Qué lógica!

Fisonomía de Madrid.- Dicen ustedes que «visto desde cierto punto del Retiro presenta un espectáculo agradablemente raro... El humo que continuamente sube de las chimeneas oscurece la vista de los edificios, que parecen rodeados de una espesa nube».

¿Cuál será este punto del Retiro desde donde se ven cosas tan nuevas? Iba a decir que el señor redactor debía ser ciego; pero es muy al contrario: ve él solo más que todos los madrileños juntos. Mucho temo que este artículo haya venido de París, de Londres, o de San Petersburgo, donde se quema leña y, sobre todo, carbón de piedra, donde la atmósfera es opaca, el aire denso, nebuloso, etc.; pero en Madrid, donde sólo se gasta carbón de leña en fogones y hornillas; donde, aunque hubiese humo, los vientos sutilísimos lo disiparían al momento, donde la atmósfera es más pura y diáfana que en el resto de la Europa, por ser su punto más alto sobre el mar, de donde ha venido decirse que el Rey de las Españas ha colocado su palacio en las nubes... Vamos, señor redactor, que efectivamente, o usted tenía mucho humo - en la mollera, o hemos de apostar algo bueno a que no ha estado usted en el Retiro. ¿Ven ustedes, decía un amigo mío días pasados, todo ese humo que trae el Correo? Pues todo, todo ha salido de la cabeza de los señores redactores. El encargado de este artículo es un excelente fisonomista, y se le puede confiar cualquier retrato de entidad en que se busque la semejanza No le hubiera sacado más parecido el mismo M., porque está hablando, y eso que se pinta solo para cosas de esta clase. Sin duda el redactor vio a Madrid en una noche oscura, y todo se le figuraría humo al pobre señor, y aun se desojaría para verlo.

«El canto de las cigüeñas y de las codornices suelen acompañar (el canto suelen) en la primavera al sonido de las campanas, a lo cual suceden por la noche los amorosos maullidos de los gatos y la meliflua entonación de los serenos.»

¡El canto de las cigüeñas! El señor redactor disfruta más que cuantos vivimos en Madrid con ese punto que ha hallado en el Retiro. Por lo visto, o las cigüeñas han hecho nido en su cabeza, o vive en un campanario, o existe, que será lo más cierto, en un mundo ideal. En este caso, sobre ser poca caridad sacarle de él, no nos lo agradecería, así como cierto loco, cuya manía consistía en creerse siempre en el Paraíso, llenó de improperios al médico que le curó, pues que le había robado su felicidad por hacer lo que llamaba ponerle bueno.

Es de admirar, por otra parte, que al paso que sólo en la primavera oye los gatos, que es cuando menos ruido meten, no haya oído las campanas sino en la primavera. Debe tener los oídos tapiados las demás estaciones, y se conoce que no vive, como yo, cerca de una parroquia, o que ha estado fuera de Madrid el resto del año, y supone que cuando él no está no pasa nada en la corte.

«Cualquier individuo de la clase media se muda cada día de camisa.» En esto de la camisa, veríamos cosas muy buenas si nos fuésemos a meter en honduras, y no siempre nos meteríamos en camisas de once varas; pero pase piadosamente, y Dios se la depare buena al que no la tiene... «Y, sin embargo, atraviesa con la mayor indiferencia por medio de su portal, en donde se exhalan incesantemente las más hediondas partículas, sin que le ocurra taparse siquiera las narices...»

En cuanto a lo de las narices, el señor redactor no tiene mejor el olfato que el oído y la vista. Me parece que le vendría bien ponerse en cura o retirarse, si no tiene remedio, al cuartel de San Nicolás ¿Quién le ha dicho que porque él no se tape las narices cuando huele mal, porque las tenga fabricadas a prueba de tren de Sabatini, nadie se las tapa? ¡Como si no hubiera en Madrid más narices que las suyas! ¡Cómo se conoce que no acompaña a señoras madrileñas, nerviosas y elegantes, y que no es testigo de los dengues que se hacen con sólo hablar de cosas puercas o al simple ruido de los carros nocturnos, aunque vayan de vacío! Más valía que dijera que en Madrid es tan difícil hallar una calle limpia, un portal decente, una casa bien numerada, un azulejo bien puesto y una persona a quien esto agrade, como encontrar un redactor del Correo que ponga buenos artículos y un solo apasionado del periódico. En fin, dejémoslo, que es tarde y huele peor el artículo que los portales de Madrid.

VARIEDADES

Número 4. «Un chistoso define la comedia», etc. Señores redactores, ¿y el chiste? ¿A que se quedó entre los dedos del cajista? Yerro de imprenta.

Número 5. «El sábado, en la representación del Peluquero de antaño y el de hogaño», etc. ídem. Sin duda la Empresa del Correo Literario tratará de dar algún suplemento al periódico, y allí vendrá junta la gracia de todos sus cuentecitos. No todo se ha de poner en un día.

Número 6. «Oírnos a algunos descontentadizos declamar contra el modo de anunciar las comedias que se representan en los carteles», etc. Señor editor, las comedias, desde los tiempos de Esquiles hasta el día se representan en los teatros, no en los carteles. Dígaselo usted a los señores redactores, a no ser que aquel punto del Retiro que usted sabe se vea otra cosa.

El que en Zaragoza no sepan anunciar los carteles no autoriza a los que los dictan en Madrid a poner disparates, porque entonces serían buenas estas consecuencias. El Correo Literario es muy malo; luego todo el mundo debe escribir periódicos malos, o luego no se debe criticar ninguna obra mala.

A propósito de anuncios, sería de desear que la compañía de baile se limitase a hacer piruetas y dar cabriolas en nuestras tablas, sin internarse en nuestra lengua con la introducción de voces que no necesitamos, dejando de poner sus divertimientos, que aunque esta voz es española, no se usa ni hace falta, pues que hay otras tan buenas, mejor sonantes y de un uso más corriente, y sería mejor que los periódicos, más celosos del orgullo nacional, no autorizasen en esas innovaciones conservándolas, como dice el número 4(Teatros).

«Vaya otro modo de establecer también correos aéreos.» ¿Si harán ustedes en ese vaya otro modo y también referencia al suyo? En ese caso no tengo nada que reprobar: está muy bien.

Número 13. Engina, se dice mejor angina, y los papeles públicos deben dar la norma.

«Se va a publicar otro libro con este título»: Del modo de azotar a ciertos escritores que les duela bien y se abstengan de escribir necedades. ¡Ojo, señores redactores! Otro guante, y a comprar el librito, particularmente ad usum huronis.

«En parte alguna de Europa hay tantas academias», etc. Galicismo.

Números 14 y 15. Es de preguntar por qué en vez de tanta descripción cansada de iluminaciones no se ha dicho nada de las composiciones hechas al asunto, y en particular de la oda del señor Bretón, primera obra de este género que ve el público suya y, sobre todo, de las magníficas octavas del señor Vega; pues aunque su gran talento es conocido, no por eso se debe dejar de rendir el debido homenaje a una composición que ha acabado de asegurar la bien merecida opinión que de él tenemos.

Número 16. Toros.- Sería de desear que en esta materia el Correo no se contentase con indirectas insignificantes y que de nada convencen, que no cortase siempre el preámbulo, que va de dos veces, y, sobre todo, que probase cuáles son esos principios que se han escapado a los que han querido satirizarlos con amargas censuras.

Números 17 y 18. Misceláneas críticas.- El que se abuse de la palabra amigo, designando con ella unas veces a un extraño, otras a un conocido, otras a un verdadero enemigo, no quiere decir que no haya amigos; y aunque, por otra parte, ésta será una verdad casi general, nunca podrá ser consecuencia de la de más arriba. Exactitud, precisión.

Variedades. -El encontrar testigos falsos no es un incidente raro, señor redactor: a la vuelta de cada esquina encontrará usted, por desgracia, millares.

Número 10. - Misceláneas críticas. - Sueño relativo a la disección del cráneo de un petimetre. Este redactor es el mismo que el fisonomista de Madrid. Es lástima que a ratos diga el Correo algunas cosas apreciables, y que tenga buenas y extrañas elecciones de asuntos, siendo tan poco feliz, tan pesado y tan desnudo de sales y gracias para desarrollarlos.

Correspondencia. -El Aprendiz de Gramática. «Yo, por mal de mis pecados, soy un pobre estudiante de Gramática, sin otro oficio ni beneficio que barajar conjugaciones.» (Y debió añadir: y criticar a los que saben más que yo, y escribir mal, y cansar al público. etcétera.) «Con esto he dicho lo bastante para que ustedes puedan inferir (sí, señor, ya ha dicho usted lo bastante, señor Aprendiz, y ya inferimos lo que pueda dar de sí) que estoy soñando siempre.»¡Qué cosa más humilde! ¿Pues no da lástima hacer mal a este hombre? ¡Y qué verídico es el buen gramático!

El Correo. «Que devoré con toda el ansia de un hombre que busca lo que ha menester para dar pábulo a su afición dominante.»Esta afición dominante, a lo que parece, es de satirizar, morder aun sin razón. ¡Habrá genio apetecible! ¡Qué afición tan inocente, qué bien inclinado es el señor Aprendiz! Se da un aire a las harpías de la mesa de Eneas, que ensuciaban los mejores manjares. Otros, como Midas, convierten cuanto tocan en oro, y el Aprendiz todo lo convierte en...

«Me devanaba los sesos.»Me parece que los tales sesos (que también el señor Aprendiz los tendrá, ¿y por qué no? Eso no se lo disputo, para que vea que no todo es gana de criticar) sólo le sirven para estos devaneos.

Que el Aprendiz consulte con su Sacristán no está escrito en ninguna parte; mas pase, aunque no es autoridad competente; pero lo peor es que consulte con su caballo. Eso ya pasa de lo que se permite entre gentes de buena crianza y entre gramáticos desmontados.

«Lleno de confusión al verme tan atrasadillo en la Gramática, traté de sacar el caballo por alguna parte, como suele decirse, haciéndole ver una oración (esto es, al caballo), en que tenía seguridad de confundirle», etcétera.

Hace usted mal, señor Aprendiz, en tratar con caballos, porque todo se pega, y sin duda de ahí viene que nos pega tantas... Pero chitón, que después de explicarse con su caballo le confunde. Es usted capaz de confundir al caballo de bronce, señor Aprendiz. ¡Para que le aguardaran a usted los literatos a pie firme, que toda es gente de a pie!

«La Universidad de Maudes.»Piensan algunos que ha puesto usted Universidad en Maudes porque allí tiene algunos terrones; es decir, que usted llama Universidad a todo lo que es suyo.

No quiero decir al Aprendiz que miente y que camina con mala fe, porque eso sería desvergonzarme con él, y todo menos eso; antes le disculpo y creo que si equivoca los textos que critica no es por ignorancia, sino por malicia. ¿Está usted contento, señor Aprendiz?

No critico sus muchos defectos gramaticales, porque lo ha hecho como debía el mismo señor Anfriso, que sabe muy bien su lengua, aunque tenga, como yo mismo he dicho, defectos en su estilo en general, al paso que al Aprendiz sólo le llamaremos gramático y buen hablista, como solemos llamar rabones a los mulos que no tienen rabo.

Y concluiré citando aquello de «Contéle mis apuros, riose de mí muy a su sabor». Y el público también, señor Aprendiz, ríe de usted y de sus apuros cuando despierta del sueño, que tan bien sabe comunicarle. Soy un servidor de usted, señor Aprendiz.

Número 20. Este número quiere desmentir algún tanto a todos los demás, y la crítica de la pretensa tragedia la Gabriela de Vergi no podía haberse hecho mejor. Alguna vez había de tener razón el señor Viejo Verde: y por ésta, loor a su sobrinito el encargado de la parte trágica.

Se nota también que en los últimos números ya se da el periódico un poco de aire a lo mercantil. Dios quiera que no se canse de enmendarse, aunque me cueste no volver a conciliar el sueño en las pocas siestas que quedan por dormir este año.

En fin, señor editor, el Correo necesita una reforma; menos prisa, más corrección, más gracia, más profundidad y elección acertada de asuntos, y redactores que los sepan manejar, y nunca está mejor dispuesto a recibir estos elementos que ahora que no tiene ninguno.

En el ínterin, yo he creído hacer a usted un singular favor probando una aserción de los redactores. Número 1. «Los redactores -dice- de este periódico se creen distantes de saberlas desempeñar (las funciones de periodista) con la perfección que requieren.»Creo haberlo probado; pero en caso que no, corno el periódico todavía durará algunas semanas, no me faltarán ocasiones de manifestar a usted los buenos deseos con que se presta a cuanto pueda serles útil su constante servidor y uno de los finos apasionados de su Correo, cuya vida guarde Dios muchos años para la feliz prolongación de mis siestas y de las de todos los españoles de entrambos mundos.

Texto transcrito por Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes