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Necrología. Exequias del conde de Campo-Alange

El Español, 16 de enero de 1837

DOMINGO 15 DE ENERO

Vive el malvado atormentado, y vive,
y un siglo entero de maldad completa;
y el honrado mortal... nace y deja de ser...
Cienfuegos.

Ya hace días que se consumó el infausto acontecimiento que nos pone la pluma en la mano; pero por una parte el sentimiento ha apagado nuestra voz, y por otra no temíamos que el tiempo, pasando, amortiguase nuestro dolor.

Hoy se han celebrado en Santo Tomás de esta Corte las exequias del conde de Campo-Alange; hoy sus deudos y sus amigos, y la patria en ellos, han tributado al amigo y al valiente el último homenaje que la vanidad humana rinde después de muerto al mérito, que en vida suele para oprobio suyo desconocer.

En buen hora el ánimo que se aturde en las alegrías del mundo, en buen hora no crea en Dios y en otra vida el que en los hombres cree, y en esta vida que le forjan; empero mil veces desdichado sobre toda desdicha quien, no viendo nada aquí abajo sino caos y mentira, agotó en su corazón la fuente de la esperanza, porque para ése no hay cielo en ninguna parte y hay infierno en cuanto le rodea. No es lícito dudar al desdichado, y es preciso no serlo para ser impío.

El rumor compasado y misterioso del cántico que la religión eleva al Criador en preces por el que fue, el melancólico son del instrumento de cien voces que atruena el templo llenándole de santo terror, el angustioso y sublime De profundis, agonizante clamor del ser que se refugió al seno de la creación, alma particular que se refunde en el alma universal, el último perdón pedido, la deprecación de la misericordia alzada al Dios de justicia, son algo al oído del desgraciado cuando, devueltos los sublimes ecos por las paredes de la casa del Señor, vienen a retumbar en el corazón, como suena el remordimiento en la conciencia, como retumba en el pecho del miedoso la señal del próximo peligro.

Desde la tumba no es ya a los hombres a quien pide el hombre misericordia; los hombres no tienen misericordia para el caído y no dan su piedad sino al que no la necesita. En tan sublime momento no es a los hombres a quien pide el hombre justicia. Los hombres no prestan su justicia sino al fuerte contra el débil. A los pies del Altísimo no es ya a la opinión de los hombres a quien recurre el alma en juicio. La opinión de los hombres premia al mérito con calumnias. El odio le sigue y la persecución, como sigue la chispa eléctrica la cadena de hierro que la conduce.

¿Y no ha de haber un Dios y un refugio para aquellos pocos que el mundo arroja de sí como arroja los cadáveres el mar?

El conde de Campo-Alange ha muerto: una corta vida, pero de virtudes y de sacrificios, le ha sido más fecunda de gloria y de merecimiento que los cien años pasados por otros en la apatía o en la prevaricación. Su biografía es bien corta, las páginas de su historia pueden llenarse en breve; ¡pero ni una mancha en ellas! En la actual confusión que como a nuestras cosas y a nuestras ideas ha alcanzado a nuestra lengua, en la prodigalidad de epítetos que tan fácilmente aplicamos, parecerá nuestro elogio tibio; pero la verdad presidirá a él y el sentimiento de lo justo; tributo el más noble para la memoria del que nos le merece, que acaso a ese único premio aspiraba y a unas cuantas lágrimas sobre su tumba.

Donde son tan pocos los hombres que hacen siquiera su deber, ¿qué mucho será que el dictado de héroe se aplique diariamente a quien se distingue del vulgo haciendo el suyo? Llamamos patriota al que habla, y héroe al que se defiende. ¿Qué llamaremos un día al que nos salve, si alguien nos salva?

El conde de Campo-Alange no era un héroe como en menguados elogios lo hemos visto impreso. Nosotros creeríamos ofenderle o escarnecerle más que encomiarle con tan ridículos elogios. Ni había menester serlo para dejar muy atrás al vulgo de los hombres entre quienes vivió. Era un joven que hizo por principios y por afición, por virtud y por nobleza de carácter, algo más que su deber: dio su vida y su hacienda por aquello por que otros se contentan con dar escándalo y voces. Amaba la libertad, porque él, noble y generoso, creyó que todos eran como él nobles y generosos; y amaba la igualdad porque, igual él al mejor, creía de buena fe que eran todos iguales a él. Inclinado desde su más tierna edad al estudio, pasó sobre los libros los años que otros pasan en cursar la intriga y en avezarse a las perfidias de la sociedad en que han de vivir. Español por carácter y por afición, estudió y conoció su lengua y sus clásicos, y supo conciliar las aficiones patrias con ese barniz de buena educación y de tolerancia que sólo se adquiere en los países adelantados, donde la civilización ha venido a convencer a la sociedad de que para ella sólo las cosas, sólo los hechos son algo, las personas nada. Conocedor de la literatura española, su afición a la carrera militar le llevó a asistir al famoso sitio de Amberes, donde comenzó al lado de experimentados generales a ejercitarse en las artes de la guerra. De vuelta a su país, sus afectos personales, su posición independiente, su mucha hacienda le convidaban al ocio y a la gloria literaria que tan a poca costa hubiera podido adquirir. Pero su patria gemía despedazada por dos bandos contrarios que algún día acaso se harán mutuamente justicia. El corazón generoso del joven no pudo permanecer indiferente y dormido espectador de la contienda. Alistado voluntariamente en las filas de los defensores de la causa de la libertad y del Mediodía de Europa, desenvainó la espada, y desgraciadamente para no volverla a envainar. Casa, comodidades, lujo, porvenir, todo lo arrojó en la sima de la guerra civil, monstruo que adoptó el noble sacrificio, y que devoró por fin aquella existencia, bien como ha devorado y devora diariamente la sangre de los pueblos y la felicidad acaso ya imposible, de la patria.

Distinguido por su pericia y su valor, no se contentó con exponer su vida en los campos de batalla; la muerte le dio más de un aviso, que desoyó noblemente. Herido en jornadas gloriosas, fue ascendido al grado de coronel sobre el campo de batalla, y entre los cadáveres mismos que no hacían más que precederle algunos meses. Hizo más: cuando una revolución no esperada, y de muchos no aceptada, desarmó centenares de brazos y entibió muchos pechos que creyeron deber distinguir el interés de la patria del interés de un Gobierno que le había sido impuesto accidentalmente, Campo-Alange llevó al extremo su generosidad, y creyó que no era su misión defender el Estatuto o la Constitución; en una o en otra forma de gobierno la libertad seguía siendo nuestra causa; Campo-Alange, demasiado noble para ser hombre de partido, se vio español y nada más y no envainó la espada. No queremos ofender a nadie; pero si los demás que como él pensaban habían ofrecido hasta entonces su vida a la patria, él ofreció más, ofreció su opinión. Noble y tierno sacrificio que de nadie se puede exigir, pero que es fuerza agradecer. Y el que esto hacía no buscaba sueldos que no necesitaba, que cedía al erario, no buscaba honores, que en su propia cuna había encontrado sin solicitarlos al nacer.

No ofenderemos, ni aun después de su muerte, la modestia de nuestro amigo. Esa sencilla relación es el mayor elogio, es el epíteto más glorioso que podemos encontrar para su nombre.

¿Y cuándo cortó el plomo cobarde, disparado acaso por un brazo aún más cobarde, esa vida llena de desinterés y de esperanzas? Era preciso que la injusticia de la suerte fuese completa. Era preciso que la ilustre víctima no columbrase siquiera el premio del sacrificio; hubiera sido para él una especie de compensación el haber expirado en Bilbao, y el haber oído el primer grito siquiera de aquella victoria, por la cual daba su sangre. Era preciso que quien tan noblemente se portaba llevase consigo al sepulcro la amargura de pensar que había sido inútil tanto sacrificio.

El conde de Campo-Alange expiró dejando sumas cuantiosas a los heridos como él y desconfiando del propio triunfo a que con su muerte contribuía.

Pero era justo; Campo-Alange debía morir. ¿Qué le esperaba en esta sociedad? Militar, no era insubordinado; a haberlo sido, las balas le hubieran respetado. Hombre de talento, no era intrigante. Liberal, no era vocinglero; literato, no era pedante; escritor, la razón y la imparcialidad presidían a sus escritos. ¿Qué papel podía haber hecho en tal caos y degradación?

Ha muerto el joven noble y generoso, y ha muerto creyendo; la suerte ha sido injusta con nosotros, los que le hemos perdido, con nosotros cruel; ¡con él misericordiosa!

En la vida le esperaba el desengaño; ¡la fortuna le ha ofrecido antes la muerte! Eso es morir viviendo todavía; pero ¡ay de los que le lloran, que entre ellos hay muchos a quienes no es dado elegir, y que entre la muerte y el desengaño tienen antes que pasar por éste que por aquélla, que ésos viven muertos y le envidian!

Séale la tierra ligera. Si la memoria de los que en el mundo dejó puede ser de consuelo para el que cesó de ser, ¡nadie la llevó consigo más tierna, más justa, más gloriosa!

Texto transcrito por Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes