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Filología

El Pobrecito Hablador, 10 de octubre de 1832.

Supuesto que por la lengua pecamos, y que por ella hemos de morir, no será mucho que dediquemos a esta ramo de la literatura algunas de nuestras tareas. Bien se deja conocer que la lengua es para un hablador lo que el fusil para el soldado; con ella se defiende y con ella mata. Tengamos, pues, prevenidas y en el mejor estado posible nuestras armas, y démosle a este fin un limpioncito de cuando en cuando.

    Vayan, pues, hoy por hoy, para los aficionados a discurrir, un par de acertijos.

    ¿Qué entendemos cuando vemos impreso: «El embajador o ministro tal cerca de la corte de cual», etcétera?

    ¿Quiere decir que anda alrededor de aquella corte, sin poder nunca llegar a ella, como andaban las almas de los paganos cuyas exequias no se habían celebrado, en torno de la barca del viejo Caronte? ¿O padecen los pobres señores el tormento de la garrucha, que, como el lector sabe mejor que nosotros, consistía en colgar al paciente por los brazos, de suerte que tocasen las puntas de sus pies en el suelo al estirarse, pero sin poder nunca descansarlos en él, precisamente en la misma forma que dejó suspendido la pundonorosa Maritornes al hidalgo manchego del agujereado pajar? Nosotros no entendemos de otra manera aquello de andar cerca, y cierto que nos da verdadera lástima y dolor que unos señores de tal categoría se hallen en tan dificultosa posición. Líbreseles cuanto antes de aquel tormento, si es que somos cristianos, y lleguen ya por fin a sus cortes respectivas, y vivan en ellas como en tiempos de nuestros antepasados, que decían: «El embajador de Francia en la corte de España», etc. Porque si del que se halla en una corte se puede decir que está cerca de ella, ¿qué inconveniente habrá en que digamos que tenemos los ojos cerca de la cara y no en la cara?

    No hace mucho tiempo que vimos en la representación de una comedia titulada No más mostrador la frase siguiente: «Si el ridículo que nos hemos echado encima no nos hace morir», etc. Y en muchas partes vemos continuamente repetido este galicismo.

    ¿Qué cosa es un ridículo que se echa uno encima? ¿Se usa en castellano como sustantivo la voz ridículo, ni quiere decir nada usado de esta manera? Si los jóvenes que se dedican a la literatura estudiasen más nuestros poetas antiguos, en vez de traducir tanto y tan mal, sabrían mejor su lengua, se aficionarían más de ella, no la embutirían de expresiones exóticas, no necesarias y serían más celosos del honor nacional.

Texto transcrito por Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes