Proyecto Mariano José de Larra en Internet

Ateneo científico y literario, artículo seis.

Cátedra de literatura extranjera. Cátedra de legislación.

El Español, 7 de julio de 1836

La facilidad con que se han encontrado sujetos indóneos en la sociedad del Ateneo para la instalación de tantas cátedras, y la rapidez con que se han visto planteadas, no han podido menos de llamar nuestra atención; y no dudando un punto de la ilustración de nuestros lectores, hemos creído que mirarían con igual interés este movimiento literario, y que no llevarían a mal que les diésemos cuenta sucesivamente de los discursos de inaguración de los señores profesores, por los cuales pudiesen, los que no asisten a sus lecciones, formar una idea de su mérito y y de su plan de enseñanza.

Felizmente nuestras esperanzas se han colmado, y tenemos la dicha de poder tributar elogios sobre elogios, así al celo como a las luces y generoso desprendimiento de los catedráticos.

El señor don Fernando Corradi, profesor de la cátedra de Literatura extranjera, no era de los que menos tenían que hacer para desempeñar de un modo satisfactorio su ardua tarea. No ofrecía esta enseñanza el interés, ni envolvía la urgencia, que las de Hacienda y Administración; pero después de poseer el Ateneo un excelente profesor de Literatura española, hubiera parecido faltarle algo a no haber habido quien se encargase de llevar a la par y como en parangón de las letras españolas la explicación de las extranjeras. El lujo mismo de esta enseñanza consentía menos disculpa, y era preciso ser mejor en el ramo que menos falta hacía.

El joven profesor se ha colocado, sólo con su discurso de inauguración, en un puesto muy distinguido entre las personas inteligentes. Antes de entrar en estudios comparativos de una a otra literatura, quiso muy acertadamente abarcar por una vez la literatura en general, descendiendo a las diferencias que en cada país le hacen sufrir las circunstancias locales, el clima, la vista exterior de los objetos físicos y el carácter peculiar que le imprime en puntos distantes entre sí la diversidad de religión, usos, preocupaciones, instituciones y civilización.

Una reseña breve de la antigua literatura griega le bastó para enlazar las épocas entre sí y entrar en el objeto principal de su discuso, la literatura moderna; esto es, no precisamente la que bajo nueva y audaz bandera se presenta de algunos años a esta parte con honores de revolucionaria, sino la que relativamente a la de Grecia y el Lacio se llamó moderna desde el nacimiento de las artes y las letras; la que surgió del caos producido por la irrupción del Norte de Europa sobre el Mediodía, mitad apoyada en la imitación de los restos antiguos salvados en el fondo de los claustros, mitad influída por la nueva religión del Hombre-Dios y los usos feudales y monárquicos de los siglos medios.

La Italia, como aquella que primero pronunciara elnuevo fiat lux de la literatura, empezó por ocupar su atención, pasando atinadamente muestra de sus más célebres restauradores, desde Dante Alighieri, que apareció un siglo antes de la invención de la imprenta, hasta nuestros días; habló con la detención que su discurso permitía de Petrarca, Bocaccio, Guicciardino, Fra Paolo, el Aretino, Macchiavelo, Sannazzaro, Dolci, Lascha, Rusante, Boyardo, Trissino, Ariosto y Tasso.

Apuntó que si la Italia había logrado la palma en la epopeya, no tuvo igual suerte en la musa trágica y cómica, lo que le dio motivo a hablar de sus poetas dramáticos, desde el autor de la Sofonisba, de Maffei, Metastasio, Goldoni y Alfieri, sin olvidar a Apóstol Zeno, Cesaroti, Monti, Pindemonte, Ugo Fóscolo y otros.

Hizo ver que cuando en Italia se coronaba al Petrarca, en Francia sólo reinaban los informes ecos de Marot, Joinville, Jodelle, Ronsard, y Garnier; habló de Comines y Rabelais, de Brebeuf y de Chapelain, que, aunque anatematizado por Boileau, tuvo su importancia. Detúvose en el siglo de Luis XIV, época de verdadera preponderancia literaria para la Francia, especialmente en el teatro, si más desgraciada que ninguna otra nación en la epopeya; y habló de los autores que florecieron en aquella época brillante, y hasta la Revolución francesa.

Habiendo discurrido sobre el carácter francés, como clave de la índole especial de su literatura, paró a pintar el de los alemanes, que tal sello de originalidad y de importancia da a sus escritos, enlazando con éstos sus instituciones, sus gustos y sus descubrimientos en las ciencias exactas.

Hizo ver que hasta Klopstock no hubo ningún poeta digno de atención, y analizó su Mejías y sucesivamente las obras de Gesner, Ramler, Rabner, y los trágicos Schlegel y Lessing; la obra célebre de Haller; asimismo, las producciones de Goethe, su extraordinaria influencia literaria en aquel país, y sus imitadores y rivales Hoffman, Zacharías, Werner y Schiller.

Al llegar aquí no podemos menos de recomendar a nuestros lectores, y a los que piensan seguir el curso del señor Corradi---y a los que den a la moderna literatura alemana toda la importancia que tiene, y que en otra ocasión apuntamos ya---, la excelente obra crítica del profundo Henry Heine, titulada De la Alemania, que tan victoriosamente refuta juicios aventurados de la célebre Madame Stäel sobre aquel país y su literatura; obra así interesante por su erudición, exacto criterio y filosofía, como por la escritora sobre quien recae la refutación.

La Inglaterra, por fin, ocupó una parte del brillante y eruditísimo discurso del joven profesor: habló todo lo extensamente que pudo del teatro de Shakespeare, de Dryden, Ottway, Adisson, Congreve, Nathaniel Lee, de Pope, de Rochester, de Milton y su Paraíso; de Gray, de Sheridan y de la revolución literaria llevada a cabo por Walter Scott, Byron y Cramper.

Después de haber lucido su mucha y bien digerida lectura en este vasto campo, el señor de Corradi dio fin a su discurso muy oportunamente, lastimándose de la fiebre de imitación que nos ha acometido en España, haciéndonos adoptar delirios exóticos que no están en nuestras costumbres ni en nuestro carácter, y renunciar a la picante originalidad, a la rica invención que en épocas más felices han sido la índole especial de nuestra literatura.

Posteriormente, el señor Pacheco ha inaugurado también la cátedra de Legislación, acerca de la cual seremos más breves de lo que quisiéramos. Pero primeramente, no tuvimos la fortuna de asistir a toda la primera lección del señor Pacheco, y así el juicio que acertamos a formar de lo que alcanzamos a oír se redujo a confirmarnos en la idea que ya teníamos del buen talento de este profesor; y, además, el señor Pacheco mismo dio poca importancia a su primera lección, y trató de abreviarla lo más posible, supuesto que debía ser por ahora la única, en atención al calor extremado. Para septiembre prometió anudar el roto hilo de su explicación, y para entonces nos prometemos de sus luces uno de los cursos más interesantes del Ateneo.