Proyecto Mariano José de Larra en Internet

Ateneo científico y literario, artículo cinco.

Apertura de cátedras.

El Español, 6 de julio de 1836

Según habíamos anunciado, se instaló en la noche del jueves de la semana antepasada la cátedra de Hacienda y Crédito Público, a cargo del señor don José Antonio Ponzoa, antiguo catedrático de Economía Política y Estadística de la Universidad Central, y actualmente oficial del Ministerio de la Gobernación del Reino.

Notorios nos eran de mucho tiempo atrás los conocimientos de este profesor; pero si bien esperábamos cuanto de su ilustración se podía cualquiera prometer, no por eso dejaremos de confesar que nos sorprendió todavía muy agradablemente el excelente discurso que pronunció en esta ocasión, así excelente por los vastos conocimientos teóricos y prácticos que reveló como por el método, orden y lucidez con que sentó las primeras bases sobre que debe girar curso tan interesante.

El profesor comenzó su primera lección dando una idea del estado de civilización y de riqueza a que han llegado las sociedades modernas: punto que expuso con toda claridad, probando que su mecanismo particular y complicado es un resultado de los adelantos diarios de la inteligencia humana; infirió de ellas el cambio recíproco de sacrificios que debe naturalmente establecerse entre el Gobierno, jefe indispensable de una sociedad, y sus gobernados, sacrificios que explican la legitimidad de los gastos públicos; examinó su naturaleza y la influencia que ejercen directamente en la riqueza de un Estado.

Después de hacer una erudita reseña de las diversas opiniones admitidas en la antigüedad sobre los resultados de los consumos públicos y de la revolucíón saludable que había llevado a cabo el célebre Smith, demostrando las verdaderas funciones de la moneda y presentando bajo su verdadero punto de vista el poder vivificador de la industria en los tres manantiales de la riqueza pública, se detuvo a probar que todas las ventajas de la naturaleza son enteramente perdidas para la prosperidad pública donde no hay un buen Gobierno que sepa aprovecharlas, así como no hay obstáculos, por insuperables que parezcan, de que no triunfe la industria, apoyada en buenas instituciones, verdad a la que no damos bastante importancia en este país, donde bien poco, o nada, ayudamos a la naturaleza.

Probó de aquí que los gastos que exige la conservación de la sociedad, aunque sean una fuente de sacrificios para el pueblo, le retribuyen bienes incalculables, no estando por tanto el mal en esos gastos, sino en el abuso que han hecho y hacen los malos gobiernos de la legítima facultad de exigir parte de la riqueza particular para atender a los consumos públicos.

Este exordio condujo naturalmente al señor Ponzoa al objeto de la ciencia de la Hacienda, que definió: "El examen de los medios para atender a los gastos que exigen la consevación y progresos de la sociedad con el menor gravamen posible de sus individuos"; delindando en seguida sus límites y sus relaciones con las demás ciencias políticas.

Tan luminosa definición dio lugar a la designación de los puntos que abraza el estudio de la Hacienda; enunció algunas ideas generales sobre la imposición de las contribuciones y sobre la necesidad de la economía en los gastos de recaudación. No queremos pasar en silencio una comparación exactísima de que se valió al hablar de éstos, asemjándolos al agua que los malos cauces absorben y roban estérilmente al riego de los campos. No podía olvidar un punto igualmente importante, como era hablar acerca de los medios viciosos de distribución; extendióse sobre este ramo tan delicado y embarazoso de la Hacienda, que tanto pulso y tanta equidad requiere, y probó la necesidad de asegurar la mejor posible por medio de la responsabilidad de los agentes.

Demostrada en seguida, brevemente, la necesidad imperiosa que tenemos que cultivar estudio tan vital y tan atrasado entre nosotros, pasó a examinar la segunda mitad de su enseñanza, y cuya existencia se deriva y nace de la otra: queremos hablar del crédito público, recurso inmenso que para atender a sus gastos tienen los Gobiernos del día; sentó como principio irrecusable que toda esa magia y ese divino poder que al crédito se atribuye, no se da sin un buen sistema de Hacienda; es decir, que toda nación que no tenga conocidos y equilibrados sus gastos y sus recursos, toda nación donde los males cauces aborben inútilmente el agua del riego, debe renunciar a los beneficios del crédito.

Ya en otras ocasiones hemos manifestado cuánto convenimos con las ideas del señor Ponzoa, y no nos cansaremos de inculcar y apoyar esta verdad clarísima: como que creemos su comprensión y aplicación el único medio de salvar nuestra revolución, ahogada todavía bajo el peso y la maligna influencia de rancios abusos, y que no hará poco en no sucumbir completamente a la dilapidación y al desorden, enemigos cien veces más temibles que el mismo rebelde que con las armas la combate.

El señor Ponzoa, después de haber sentado las bases principales de la Hacienda y del Crédito, expuso el orden que se proponía seguir en la explanación de los puntos que debería su enseñanza abrazar, lo cual hizo del modo siguiente:

1.o Imposición, o examen de los recursos que pueden emplear los Gobiernos para atender a los gastos públicos.

2.o Recaudación, o examen de los medios más económicos de recaudar los impuestos, atendida su repectiva naturaleza.

3.o Distribución, o examen de los medios más económicos de pagar las cargas públicas.

4.o Responsabilidad de los agentes de Hacienda, o examen de las medidas que garantizan la buena recaudación y distribución de los fondos públicos.

5.o Investigaciones sobre la naturaleza y resultado del crédito público, y sobre los medios de consolidarlo.

6.o Noticia de los principales sistemas de Hacienda de Europa.

Y 7.o Análisis histórico-crítico de la historia de la Hacienda de España.

El profesor concluyó indicando las dificultades de la empresa que sobre sí tomaba al aceptar la invitación con que el Ateneo le había honrado, y los medios con que contaba su buen deseo para superarlas. Basta echar una rápida ojeada sobre el plan de esta enseñanaza, que dejamos indicado, para reconocer a primera vista la alta importancia, el cúmulo de obstáculos que ha de encontrar al plantearse por primera vez, en un país donde ha llegado ya la caries a los huesos en materias de Hacienda.

Nosotros tenemos gran confianza en las luces del señor Ponzoa; creemos que la instalación de este curso es uno de los más acertados medios de abrir los ojos a cuantos no ven claro en este asunto, y a los que no han meditado bastante su influencia; quisiéramos sólo que nuestros lectores participaran de nuestra persuasión, y que no encontraran fastidiosa o harto grave esta materia; quisiéramos que al leer el título de este artículo, no volvieran la hoja del periódico en busca de anecdotillas picantes o de comunicaciones de chismografía, y que no contemplasen extraordinaria la extensión que a la apertura de las cátedras del Ateneo vamos dando. Olvidemos alguna vez las personas y el ruido de apellidos que se mueve entre nosotros, para ocuparnos en las cosas. El estudio, el saber, la importancia dada a los conocimientos sólidos, han de hacer más para el bien del país que todas las averiguaciones personales, única mina que desgaciadamente se explota por ahora.

Posteriormente, el señor Ponzoa, en su segunda lección, ha confirmado todas nuestras esperanzas, haciéndose cada vez más acreedor a la gratitud pública en el desempeño de la cátedra más importante tal vez y necesaria en nuestra patria.