Proyecto Mariano José de Larra en Internet

Ateneo científico y literario, tercer artículo.

Profesores nuevos. Señor Alcalá Galiano: compatibilidad del desempeño de un ministerio y una cátedra

El Español, 18 de junio de 1836

Parece que además de las cátedras ya instaladas, y de cuya inauguración hemos hablado todo lo extensamente que nos ha sido posible, se hallan aprobadas por la sociedad otras cuatro no menos importantes que las primeras, y para cuyo desempeño se han ofrecido otros tantos individuos de esta ilustrada corporación con un celo y una generosidad dignos del mayor elogio.

A saber: para la de legislación, don Joaquín Francisco Pacheco, conocido por ensayos dramáticos muy apreciables, y sobre todo por sus conocimientos en esta ciencia, probados por él en la redacción del Boletín de Jurisprudencia, que con general aceptación se está publicando en esta corte. Difícil e intrincada es la tarea que este joven literario y jurisperito carga sobre sus hombros; delicada y trabajosa es la explicación de esta enseñanza, y si ha de enredarse sobre todo en el laberinto de la legislación patria, más que saber, todavía le deseamos el hilo de Ariadna, sin el cual no creemos que se pueda dar en nuestras contradictorias compilaciones un solo paso.

Para la de literatura extranjera, don Fernando Corradi. Esta cátedra va a ser, que sepamos nosotros, completamente nueva en el país. El señor de Corradi se ha hecho conocer como uno de los jóvenes más estudiosos y que más esperanzas da a la patria, así por producciones que han visto la luz pública como por varios discursos pronunciados en el Ateneo en juntas generales y sobre materias literarias. En ninguna manera dudamos de su idoneidad y conocimientos. Quien para tal cargo se ofrece no puede ignorar la dificultad que sobre sí va a tomar: la cátedra de literatura extranjera supone, además de hallarse versado en la literatura nacional y en la literature antigua, gran conocimiento de las lenguas extrañas, y una lectura sostenida y rica de sus modelos. Ofrece, sí, mucho lucimiento y ocasión de comparar las diversas creencias, las costumbres diferentes, y en una palabra, el carácter peculiar de la civilización de cada pueblo. La literatura italiana es bastante conocida entre nosotros; pocos son los aficionados a las letras humanas que no tienen nociones más o menos profundas de la inglesa; la alemana, empero, que en el día se nos ofrece como la más esencial, como la más pensadora y filosófica, es casi desconocida, y en ella quisiéramos que el nuevo profesor se extendiese más, porque ella puede dar la clave de la situación política de los pueblos del Norte, y de lo que de ellos puede prometerse, o temer la gran revolución social que tan a duras penas y tan lentamente se está llevando a cabo en Europa de muchos años a esta parte.

Otro ramo importantísimo y de no menos dificultad y confusión que la legislación, es la historia nacional, descuidada entre nosotros hasta el punto de no poder ofrecer al estudio de los que quieren cultivarle, ningún libro elemental y medianamente razonado. Sólo poseemos crónicas; en eso podemos echarnos a reñir con la nación que más tenga, y compilaciones indigestas. Ni un solo historiador filósofo, ni una clave de nuestras revoluciones. Es decir, que tenemos materiales para escribir una historia; tenemos lo menos que puede tener un pueblo, la historia misma. ¿Cuál está sin la suya? Con respecto a la nuestra, no nos falta más que entenderla, escribirla y aprenderla. Esta cátedra, cuya instalación creemos urgentísima, de grave responsabilidad, estará a cargo de don Francisco Fabré.

Antes de su advenimiento al poder, parece que el señor don Antonio Alcalá Galiano se había ofrecido a desempeñar una cátedra de Derecho público. Ignoramos si en el día creerá que sus nuevas atenciones le han de dar vagar suficiente para atender a este compromiso; pues en cuanto a establecer dudas acerca de la incompatibilidad de la silla ministerial, y de una silla de catedrático, es demasiado ilustrado el señor Galiano, y sonlo también bastante nuestros lectores, para vivir persuadidos de que no sólo no existe incompatibilidad ninguna, sino de que semejante coincidencia sólo podría resultar en honor y gloria del ministro que pudiese realizarla. Hablando días pasados de la ausencia del señor ministro de la Gobernación, presidente del Ateneo, en ocasión de la apertura de las tres primeras cátedras, emitimos ya nuestras ideas en el particular. En el día sólo añadiremos que no se puede dar a nuestros ojos nada más recomendable ni más popular que un ministro contribuyendo con su talento privado a ilustrar a los hombres mismos, a quienes está, por otra parte, dirigiendo con sus talentos públicos. El saber es el primer título a la superioridad y al mando. Por mejor decir, no reconocemos otro, y emitir esas pruebas del saber no es sino glorioso en donde la desgracia o la impericia repetida nos dan derecho a dudar de todo el mundo. No hay cuadro más sublime que el que puede ofrecer el poder, deponiendo la fuerza para gobernar, y echando mano de la inteligencia; y no es menos el servicio que hace un hombre público gobernando que el que puede hacer enseñando. Si el tiempo de la fuerza está pasando, la palabra es el arma; la tribuna, la prensa; la cátedra son los campos de batalla. Las lecciones de un ministro catedrático son algo más populares, más francas, menos engañosas que los apretones de mano que puede dar un rey ciudadano a sus compatriotas.

Y ejemplos de esto hemos visto en países extranjeros. Sin ir más lejos, M. Guizot ha sabido ser al mismo tiempo ministro y profesor de Historia Moderna en el colegio de Francia. Mr. Cousin y Mr. Villemain, catedráticos a la vez y pares, han sabido llevar de frente la enseñanza pública en una cátedra y la discusión en la tribuna de los grandes intereses de la patria. Otros ejemplos pudiéramos citar; pero sólo queremos apelar a una prueba nacional inmediata, reciente, que uno de nuestros literatos ha dado de la preferencia que al saber concede sobre el pasajero oropel de la grandeza mundana y del poder; y advertimos de paso que la misma pluma que va a tributar al señor Martínez de la Rosa este homenaje de verdad, fue la que no hace muchos días juzgó poco favorablemente uno de sus dramas. Decimos esto, porque quisiéramos a toda costa rechazar cuando escribimos para el público toda sospecha de parcialidad; ningún fin que no sea generoso puede mover nuestra pluma. Nuestra conciencia puede equivocarse, nunca torcerse.

El autor del Edipo, al llegar al Ministerio, era ya secretario de la academia de la Lengua; y no sólo no trató de eludir este cargo, que a otra inteligencia más mezquina hubiera parecido pequeño para un ministro, sino que nunca suprimió ese título literario en los documentos que su puesto elevado le obligaba a expedir, prefiriéndole constantemente a decoraciones cortesanas, no siempre recompensa del mérito. Efectivamente, el señor Martínez de la Rosa comprende que en estos tiempos cualquiera puede ser ministro; pero secretario de la Academia, parece que no puede llegar a serlo sino quien lo merezca. Este rasgo del señor Martínez vale mucho más que el Aben-Humeya.

Convenimos en que la situación de los negocios en España y la posición misma del Ministerio son bastante dificultosas; y no sería de extrañar que no dejasen serenidad ni tiempo suficientes al señor Galiano para el desempeño de una cátedra, cosa que de suyo requiere siempre, por mucho que el profesor sepa, alguna preparación, y especialmente gran temple de alma; pero a eso opondríamos que el Ministerio de Marina por ahora, y desgraciadamente, no debe ser el más ocupado, a no tratar, como sería difícil en el día, de crear una marina, en cuyo caso convendremos en que ninguno otro pudiera dar más que hacer.

Sin embargo de esto, si en el estado de las cosas hubiese de pesar más la primera consideración que la segunda, no podríamos menos de manifestar nuestro dolor de que las circunstancias hubiesen de obligar al señor de Galiano a optar entre dos cargos tan honrosos: y diremos la razón. No tenemos motivos todavía para dudar de la utilidad del señor de Galiano como ministro; pero por grande que pueda ser nuestra confianza en sus talentos gubernativos, confesamos que tenemos todavía mucha mayor fe en sus talentos oratorios y en sus conocimientos para el desempeño de la cátedra de derecho público. Juzgamos que como profesor no habría acá nadie que pudiese rayar tan alto, y de esto nos son suficientes garantías su facilidad en producirse, su clara y elegantísima locución y su inagotable fecundia.

¡Pluguiese al cielo que pudieran ambas atenciones ser carga leve para sus hombros, y que le fuese posible de esa suerte salvar del naufragio que todo ministerio está destinado a padecer por ahora en España, laureles siquiera de profesor con que ornar su frente, si algún día la desgracia de las cosas y la inmensa dificultad de gobernar bien quiere que vea arrancados por la tormenta y hechos juguete de las olas embravecidas los que como gobernante aspira a coger en las altas regiones la política!