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Ateneo científico y literario, segundo artículo

El Español, 16 de junio de 1836

Según en los artículos anteriores dejamos a nuestros lectores anunciado, se verificó en los días lunes y martes de esta semana la instalación de las cátedras de Economía política y Literatura española, a cargo de los señores Valle y Lista.

Presentándose a regentar la de Economía el primero de estos dos profesores, quien anunció que en atención a la incómoda estación en que estamos, y a la fatiga que naturalmente le causaba el desempeño de otros deberes más perentorios, no trataba por ahora de suspender y seguir por completo curso tan importante como el de la ciencia que se ha ofrecido a explicar, limitándose, por tanto, a abrazar en tres lecciones sucesivas tres de los puntos principales del ramo: procedió, desde luego, en la primera lección, a discurrir acerca de la creación, utilidad y medios de prosperidad de los Bancos, explicando al mismo tiempo las bases y condiciones del crédito, explanación en la cual debió de ser forzosamente parco, por no rozarse sin duda demasiado con el objeto de la cátedra de Hacienda y Crédito público confiada a las luces del señor Ponzoa, como ya hemos dicho, y para lo cual no creemos que se haya señalado aún día.

El profesor discurrió atinadamente acerca de los Bancos, depósitos de prosperidad pública, y cuya vida sólo puede pender de la confianza y del estado de seguridad del país en que se establecen, y desenvolvió la facilidad con que pueden girar fondos, muy superiores al caudal de depósito, destinado a responder a los pagos que diariamente se ofrecen en un establecimiento de esa especie. Anunció el papel moneda para objeto de la siguiente lección.

En la noche del martes conocióse muy de antemano cuán grande interés aplicaban los individuos del Ateneo, y una multitud de personas no inscritas en la sociedad, al curso de literatura española del señor Lista.

Queremos atribuir la ventajosa presencia de que ha sido objeto la cátedra de literatura, y el anhelo con que se ha agolpado una concurrencia numerosa a la primera lección a la reputación tan extendida del señor Lista. También es fuerza confesar que la literatura está al alcance de mayor número de personas: no es decir que haya mayor número de buenos literatos que de economistas o administradores en nuestro país, sino que versa este ramo de los conocimientos humanos sobre materias en que basta tener un mediano gusto y una regular educación para creerse juez competente: la medicina, la química y la literatura son ramos con que todo el mundo se cree llamado a decidir magistralmente, sin previos estudios; esta aserción, fácil de verificar hasta en las conversaciones más triviales de la vida, podría explicar la preferencia dada por los curiosos a esta cátedra; y no dejaría de pesar algo en la balanza la circunstancia de ser ésta la primera vez que debía hablar de literatura un profesor desde las innovaciones que una escuela, si no nueva, al menos moderadamente resucitada y reglamentada, ha introducido en el arte, y un profesor que habiendo explicado literatura en otras épocas de menos doctrinas contrapuestas, debía excitar la curiosidad de los que quisiesen saber a qué atenerse en esta lucha, o conocer la opinión personal de un hombre tan entendido, y que iba a verse en el compromiso de condenar una de ellas, o de admitir a entrambas escuelas.

Si estos ramos no diesen la clave de la mayor afluencia de oyentes a la explicación del señor Lista, sería preciso deducir que se da más importancia entre nosotros a la literatura y a los estudios amenos que a los estudios serios, y cuya necesidad no nos cansaremos de inculcar en un país donde no sólo no están formadas las costumbres del pueblo para las instituciones de la época, sino donde toda instrucción en punto de administración y economía nos parece poca para la urgencia que de ella experimentamos.

El señor Lista ha empleado su vida entera en la enseñanaza, y en este sentido es uno de los hombres a quienes más debe el país. Discípula suya es casi toda la juventud del día, y ha desplegado constantemente tal tino y tal inteligencia en el conocimiento de nuestros autores y poetas antiguos, que se ha granjeado el título de intérprete suyo. No contento con inculcar preceptos y deducir oberservaciones, ha querido darnos también el ejemplo al lado de la admonición, y el tomo de poesías que de él corren entre los inteligentes no necesita de nuestros encomios para ser debidamente apreciado. Siguiendo el ejemplo de los poetas de nuestro Siglo de Oro, ha bebido abundantemente en las fuentes de la Grecia y del Lacio. Anacreonte, Píndaro, Horacio y Virgilio le han amamantado espiritualmente, digámoslo así, y en cuanto al estilo, a la dicción, al dialecto poético, a la corrección y pureza, Ricia y Herrera no rehusarían entre las suyas muchas de sus composiciones.

No era, pues, la duda de su aptitud ni la curiosidad de oírle hablar lo que animaba a los concurrentes. Sabíase de antemano que el señor Lista había de hablar bien y había de amenizar la parte didáctica y profunda de sus discursos con gracejo natural y no pocos destellos de su ingenio ameno, y a veces hasta cáustico y juvenalino.

Después de un elegante exordio, en que trató de enlazar ingeniosamente la serie de lecciones a que da principio con otra de feliz recuerdo para los inteligentes, que le oyeron explicar el mismo ramo en el antiguo Ateneo, entró el profesor a considerar la literatura en general, descendiendo después a la que especialmente debe ser objeto de sus discursos el presente año.

Al llegar aquí no podía menos de tocar en la dificultad de la división introducida entre los que cultivan las letras amenas: forzoso era exponer primero cuál era esta división, su origen, los dos géneros que de ella han emanado, la guerra que se siguen haciendo, y optar entre sus diferentes principios, o, explicados éstos, establecer por lo menos la diferencia de sus aplicaciones.

Aquí fue donde el señor Lista dirigió entre sus oyentes la duda que muchos podían abrigar: aquí donde se manifestó hombre de progreso, hombre que marcha en las épocas y que sabe atemperarse a las diurnas necesidades. Organo más bien de los conocimientos humanos, tales cuales marchan, que intérprete o defensor ciego de una escuela, el señor Lista parece reconocer el gran principio de que el saber no encuentra columnas de Hércules; el non plus ultra no tiene aplicación en la inteligencia humana. Desnudo de toda preocupación, colocóse fuera del palanque literario, para no tomar parte en la lid que no está el profesor destinado a terminar; quiso más bien, como juez del campo, pasar por delante de su vida perspicaz las proezas de los combatientes, y hacerse dispensador de la justicia distributiva, dando a Dios lo que es de Dios y al César lo que es de César.

Esto es comprender la posición verdadera del catedrático, el cual, en tiempos primitivos y oscuros para el vulgo, podía traer al mundo la misión de ver el primero con privilegiado instinto los secretos de la naturalzea, y enseñarles después a los demás tales cuales él sólo los entendiese; pero el cual también en tiempos más adelantados, y en que poco se puede añadir de caudal propio en punto a principios, sólo está llamado a desarrollar a la vista de los demás el estado del arte, y debe, indicados ya los diversos caminos, dejar al alumno el cuidado de escoger el que esté más en armonía con sus sensaciones o con su manera de ver y de entender lo bueno y lo bello.

Comenzó el señor Lista por dar razón de las voces clásico y romántico, que han venido a ser la enseña de los dos partidos que dividen el campo literario.

Llamóse clásico, dijo, desde los tiempos más remotos a toda producción que, adaptándose a los tipos dejados por los antiguos, y a las reglas que de ellos dedujeran los preceptistas, podía presentarse ella misma como objeto de imitación en la clase o aula. Y en este sentido, la significación de esta voz genérica la hace adaptable a todas las épocas y a todas las escuelas. Puede llamarse clásico, por tanto, a todo lo que en cualquier género es eminente y se presenta como digno de imitación. Tal es la etimología, tal la acepción lata de la palabra.

La voz romántico, de origen inglés, tradúcese a nuestra lengua vulgar por el adjetivo novelesco; es decir, lo que tiene el carácter de la novela, género en realidad moderno, y poco o nada conocido de la antigüedad, pues sólo citó en ella el señor Lista el cuento fantástico de Theogenes y Cariclea, y de que, según dijo, quiso hacer una contraposición nuestro Cervantes en su Persiles. Efectivamente, sea ése o no el único destello novelesco que produjese la antigüedad, es constante que por lo menos, si hubo otros, nunca lograron la importancia de formar un género especial como posteriormente ha acontecido. Y en realidad, aunque pudiéramos citar como verdaderas novelas la Dafnis y Cloe de Lengus, las imitaciones de Aquiles, Tacio y de Zenofonte de Efeso, y del más desgraciado como Eumatio en su Ismene e Ismenias, no por eso deja de ser cierta la áserción del señor Lista, tanto por el carácter pastoril de aquellas producciones como por no haber encontrado sectarios que elevasen la composición a mayor altura.

La novela, pues, como dijo muy bien el señor Lista, no debió su verdadera existencia sino a la Edad Media, en que los hechos aventureros de los caballeros dieron margen a composiciones por la mayor parte fantásticas, en que entraban nuevas máquinas que se apoyaban en las nuevas creencias, en el nuevo mito y en las preocupaciones vulgares y no menos fabulosas que habían sustituído a las antiguas alegorías del paganismo.

Aquí explicó el señor Lista con suma lucidez la diferencia que la nueva religión puramente espiritual, en contraste con la sensual de los pueblos antiguos, debía introducir en la literatura, así como en la política y en las costumbres, y de ella derivó profundamente la distinción de lo que posteriormente se ha llamado género clásico y género romántico.

Destruída de esta manera la base del género antiguo, forzosa era la necesidad del nuevo; el fatalismo presidía a los pueblos antiguos, la moral iba a ser norte de los nuevos. Alterados los principios, habían de variar las aplicaciones. Hizo el profesor una luminosa distinción entre lo que es describir al hombre en general y lo que es individualizar a un hombre; y de aquí tomó motivo para explayar con numerosos ejemplos tomados en las obras de los autores clásicos y románticos la dificultad de conseguir el nuevo objeto que la literatura podía proponerse con la estrechez de las reglas sentadas por los antiguos preceptistas. Abierta esta brecha, nada le quedaba que conceder a los románticos. Sólo le quedaba una condición que exigir, a saber: que siendo la religión la diferencia esencial que así había variado la política como la literatura, era forzoso que sucediese realmente el fatalismo nocivo de la literatura antigua, la moral pura del cristianismo, objeto primordial de toda producción, sentada la base de que nada puede haber indiferente, nada que no sea trascendental para el lector que ojea un libro. Bajo erte punto de vista, ya admitido el género, condenó, sin embargo, el preferir varias obras que citó de la escuela moderna francesa.

Después de sentados de esta suerte los principios que urgía más deslindar, anunció el señor Lista que enunciaría en general las reglas generales de la razón, del buen gusto, que en todo género deben presidir a la composición, como secuela indispensable de la naturaleza de las cosas, para poder entrar en lo sucesivo al examen de la dramática española, que parece ser el objeto privilegiado de su curso.

En él nos prometemos lecciones de suma importancia, y animamos a los aficionados a nuestro teatro antiguo para que no desperdicien tan bella ocasión de seguir al señor Lista en el examen anatómico, digámoslo así, y filosófico, que de él va a hacer con su acostumbrada elocuencia y suma de conocimientos.

Nuestros célebres poetas sólo pueden ganar en ser cada vez más conocidos, y el extender el círculo de nuestras glorias nacionales, poniéndolas de manifiesto, nos parece sumamente oportuno en un pueblo como el nuestro, en que parece haberse apagado de tantos siglos a esta parte la chispa del genio, y por desgracia hasta el fuego del espíritu nacional, único resorte que puede llevar a los pueblos a realizar hechos grandiosos dignos de quedar grabados en la historia.