Proyecto Mariano José de Larra en Internet

Ateneo científico y literario de Madrid, primer artículo

El Español, 11 de junio de 1836

En la noche de antesdeayer, miércoles 8 del corriente, se reunió junta general de los individuos de esta sociedad con el objeto de proceder a la inauguración de las cátedras hasta ahora aprobadas. Ocioso sería extendernos en elogios de una sociedad que, a expensas propias, se constituye en tiempos tan difíciles, sin más objeto que el de facilitar la communicación de los hombres aficionados al saber, sin más interés que el de establecer un cambio mutuo de conocimientos, y de extender cada vez más la base de esa ilustración que sólo generalizada puede llegar a producir los grandes beneficios que de ella espera la humanidad. Objeto tan filantrópico lleva en su sola enunciación el más enérgico encomio; pero si en momentos de pasiones, en que se cruzan tan opuestos intereses, se necesita mucho amor al bien para separarse en cierto modo del movimiento político y entregarse a estudios y tareas literarias, ¿qué no se necesitará para hacer completa abnegación de su amor propio, de su tiempo, de intereses urgentes acaso, y consagrarse sin esperanza de premio a la enseñaza y la difusión de las ideas propias y costosamente adquiridas?

En este caso se hallan, sin embargo, los individuos del Ateneo de Madrid, que invitados por la sociedad, no han tenido inconveniente en prestarse a la difícil tarea de regentar las cátedras. Los señores Bordíu, Valle y Lista, al tomar sobre sí el desempeño de las cátedras de administración, economía política y literatura española, procedidos de ventajosa y justa reputación, hacen al público ilustrado de esta capital y a los aficionados al saber un servicio que difícilmente se pudiera agradecer bastante. Nosotros, en su nombre, así como en el nuestro, nos apresuramos a tributarles gracias y a darnos el parabién de poseer en el seno de la sociedad española, en esta su época de regeneración, hombres de mérito que saben sobreponer sus virtudes filantrópicas a sus mismos intereses y a la comodidad que les hubiera podido ofrecer una denegación. ¡Ojalá que su ejemplo sirva de estímulo a otros que se hallan como ellos en el caso de difundir las luces! ¡Ojalá que semejantes actos de bien entendido patriotismo sean apreciados en su justo valor, y acaben de convencer a los españoles de que el saber y el desinterés son los dos caminos que pueden conducir a un pueblo a su bienestar!

La junta general del miércoles fue presidida por el señor Vallejo, presidente de la tercera sección, por ausencia del señor presidente del Ateneo y actual ministro de la Gobernación, a quien sus ocupaciones sin duda más perentorias impidieron la asistencia, y por ausencia del vicepresidente y de los presidentes de la primera y segunda sección, a quienes hubiera tocado la presidencia en defecto de los primeros.

Hubiéramos deseado, sin embargo, que se hubiera podido disponer esta junta general de otra manera: la importancia de su reunión ofrecía a un presidente tan ilustrado como el del Ateneo una brillante ocasión de lucir su talento oratorio; y la instalación de las cátedras, en nuestro entender, merecía por su parte un discurso en que hubiera podido así realzar la importancia del objeto de la reunión como desplegar sus conocimientos acerca de la necesidad de que sean cultivadas entre nosotros ciencias que tan enlazadas están ya en el día con la suerte de nuestro suelo, y a cuya ignorancia son debidos muchos de los desaciertos que diariamente tenemos que llorar de muchos años a esta parte. Hubiera sido digno de un ministro que se ha preciado siempre de aspirar a lauros científicos y literarios, descender por un momento de las cumbres del poder, para ocupar una silla no menos honrosa que la ministerial; y pronunciando un discurso general acerca de la ciencia de la administración que le está precisamente cometida como gobernante, y de los otros ramos cuyas cátedras debían instalarse y en que tan entendido se mostró siempre, darnos la teoría al lado de la práctica. Seguros estamos de que esta ocasión perdida habrá sido un motivo de mortificación para el presidente del Ateneo, y es de sentir que haya faltado a esta solemnidad circunstancia tan precisa: nosotros, al menos, por solemnidad la tenemos, y no quisiéramos que la hubiera dado nadie menor importancia.

Persuadidos como lo estamos de que la inteligencia es la que ha de hacer en el mundo las revoluciones, la instalación de una cátedra es, a nuestros ojos, un hecho más importante que un triunfo militar, así como es mucho más lisonjero y ventajoso a la humanidad convencer a un hombre que matarlo.

Después de leída el acta de la anterior junta general, anunció el señor Vallejo el objeto de la reunión, y pasó a instalarse sencillamente el señor Bordíu en la cátedra de Administración. Este ilustrado profesor, llevado sin duda de su modestia, no pronunció ningún discurso inaugural, y procedió desde luego a la primera lección, no presentando un cuadro general de la importantísima ciencia cuyos principios está llamado a explicar, ni menos una historia de su origen y progresos en la marcha de los tiempos pasados y presentes; tomó, por el contrario, estos últimos, tales cuales los encuentra, y dedujo la necesidad de la ciencia de la administración de la naturaleza misma de las cosas y del estado de los sistemas actuales de gobierno; procedió a deslindar analíticamente y con suma lucidez la jurisdicción de lo que propiamente se llama administración en el día, segregándola de la administración general y considerándola como uno de los ramos del Gobierno en su aplicación meramente interior. No hizo, pues, alarde de una erudición académica; pero anunció para sus sucesivas lecciones un juicio exacto, un entendimiento claro; y, lo que vale más que todo en este ramo tan positivo, conocimientos prácticos sumamente vastos. Su dicción es pura; su lengua es apropiada al asunto; y más que por la abundancia o riqueza de dotes notables, se recomienda por la claridad, la buena lógica, la precisión y la ausencia de defectos.

No pudo menos de rozarse con la politica, y en ella oyeron los espectadores desarrollados con tino los principios constitutivos que ya presumíamos ser la conciencia del profesor, desde que teníamos conocimiento de los opúsculos políticos y administrativos que acaba de publicar. Explicó las bases de los Gobiernos representativos, que en el día tienden a aventajar en derechos a los pueblos de Europa, equilibrando las exigencias modernas de sus necesidades con los intereses existentes y que nos han legado rodeados aún de prestigio y de fuerza las generaciones anteriores. Declaróse intérprete del gran sistema del equilibrio, tan ponderado, entre el pueblo, la aristocracia y el poder real, y podemos asegurar que el auditorio quedó en gran manera satisfecho de esta primera lección, que realmente nos ha hecho fundar grandes esperanzas en las luces del señor Bordíu.

Quedaron señalados los lunes y martes para las otras dos cátedras de Enseñanza Política y Literatura Española, que han de desempeñar los señores Valle y Lista, de quienes en verdad no nos prometemos menos que del profesor ya instalado.

Se puso en conocimiento del Ateneo haberse prestado el señor Ponzoa, oficial como el señor Bordíu del Ministerio del la Gobernación y antiguo profesor de Economía Política en esta corte, a desempeñar la cátedra de Hacienda y Crédito Público, prometiendo señalar día para ella. Repetimos al señor de Ponzoa igual acción de gracias, y no se nos oculta que éstas le son tanto más debidas cuanto que el ramo de que se ha encargado es, acaso, aquel en que más nos urge tener en España hombres entendidos. La Hacienda puede considerarse como la sangre de las venas del cuerpo social, y el crédito público, resorte mágico y artificio sorprendente de los Estados modernos, empieza a adquirir entre nosotros una importancia tanto más grande cuanto que nos es forzoso crear no sólo la ciencia del crédito, sino el crédito mismo. Objetos son éstos inseparables, si, como está probado, el primero es la base del segundo; y un sistema ancho y fecundo de crédito público no puede existir sino teniendo por base un sistema vivificador y económico, justo y atinado, de Hacienda. Si esta verdad hubiera sido familiar a nuestros gobernantes, no los hubiéramos visto en estos últimos tiempos tomar el crédito por la renta misma, quieriendo deducir ésta de aquél; hubieran, por en contrario, comenzado por crear la renta y afirmarla, seguros de que el crédito era una secuela indispensable y precisa de aquélla.

De dos suertes nos es forzoso hacer la guerra al partido retrógrado que trata de conservar su antiguo dominio: con las armas y con la palabra; en este sentido, no aplaudiremos menos los esfuerzos de los hombres ilustrados que se valgan de la segunda para preparar la época en que no sea necesaria la primera, que a los valientes que nos aseguren triunfos maricales; consideramos el medio de las armas como un mal indispensable, al paso que creemos ver en la palabra, expresión de la inteligencia, la verdadera arma digna de la humanidad, a quien la Naturaleza se la dio sin duda para aventajarla sobres las demás especies.

Salga el que sepa, y enséñeselo generosamente a sus hermanos; imiten los patriotas ilustrados el ejemplo de los profesores del Ateneo; fórmense sociedades literarias en las provincias, a imitación de las de la capital, y empezaremos a tener en nuestra regeneración una confianza que la fuerza, que puede vencer momentánea, pero siempre incompletamente, no puede inspirarnos, aun cuando fuesen sus triunfos más decididos y rápidos de lo que son hasta el presente.