Proyecto Mariano José de Larra en Internet

Ascensión aerostática

La Revista Española, 16 de julio de 1833

Las cinco daban en el reló de la Trinidad, cuando entró un amigo mío en mi casa gritando y voceando:

--Vamos a ver el globo; ya es hora; no vamos a llegar a tiempo.

Estupefacto me dejó este inesperado apóstrofe. Mi amigo, sin embargo, traía botas de ante blanco, pantalón ancho, gran garrote para apoyarse, un abultado anteojo de larga vista debajo del brazo, sombrero blanco de ala anchísima para guarecerse de los rayos del sol: su traje era, en una palabra, el de un hombre que va a hacer un largo viaje a pie.

--Hombre --le dije--, yo estuve en la primera ascensión, en la cual no se elevó el señor García Rozo gran cosa del suelo, y mucho me temo...

--¡Oh! --me respondió--: no hay cuidado; esas cosas no suceden más que una vez en la vida. Esta es la segunda, y hoy subirá.

--Vamos allá en buen hora --le repliqué.

Y hablando de los peligros de la caída, del riesgo de morir por falta de respiración el temerario aeronauta en aquella enrarecida atmósfera, donde ya ni pájaros se encuentran, etc., etc., nos encaminamos al Campo del Moro, donde nos figuramos que podríamos ver al nuevo Dédalo tomando por lo menos la dirección de Extremadura.

Llegamos, nos posesionamos de un local ventajoso, y es inútil advertir a nuestros lectores que desde las cinco y media hasta las seis y cuarto no hicimos sino mirar al aire y asestar el anteojo; no había pájaro ni mala golondrina que cruzase las regiones atmosféricas que no se nos figurase el desgraciado y temerario Rozo, entregado ya a la merced del furibundo elemento. Por fin, vimos aparecer un correo y otro correo, y ya desde entonces era preciso ver cómo nos quitábamos la vez y el anteojo, y cómo hacíamos comentarios sobre la dirección del aire y el paradero del físico, y cómo nos torcíamos el cuello, y cómo maldecíamos, en fin, de nuestra mala vista y de la inutilidad del anteojo; pero el anteojo de mayor aumento no sirve para ver lo que no pasa; corrieron medias horas, horas enteras, y no se levantaba del suelo sino polvo.

Anocheció, en fin --era di notte e niente si vedea--, y desesperados y mohinos regresamos a Madrid y tratamos de informarnos del paradero del globo, que presumimos haber tomado una dirección enteramente opuesta a la posición que ocupábamos. Pero ¿cuál fué mi entusiasmo cuando pude reconvenir a mi amigo por su necia credulidad y su largo anteojo? En una palabra: averiguamos que el globo no se había henchido; que se había desprendido como dos varas del suelo en sus momentos felices, y que el señor Rozo había repetido la escena de don Quijote y Sancho cuando subidos en Clavileño se creían viajando en la región del fuego al leve soplo de los fuelles de la casa del Duque.

--Pero ¿qué causas --decía mi amigo--pueden haber impedido...?

--Esa es otra conversación --le interrumpí--. Felix qui potuit rerum cognoscere causas! Las causas, Dios las sabe; yo al efecto me atengo: el hecho es que el globo no se ha hinchado, y, como dice Cervantes: ¿Les parece a vuesas mercedes tan fácil hinchar un perro?

¿Quién tiene la culpa? No lo sé; lo que sí sé, y eso lo sé mejor que nadie, señor mi amigo el del anteojo, es que en mi presencia no volverá a hacer de estas ascensiones ningún aeronauta; que éste es chasco pesado para dos veces, y que, consista en lo que consista, al ver un anuncio de ascensión, diré, así como decía el loco: Quita allá, que es podenco; quita allá, que éste es Rozo.

Y diciendo y haciendo, despedí a mi amigo y fuíme a mi casa a bizmarme el cuello y la cabeza, que de torcerla y retorcerla, más la tenía yo para bizmas que para hacer consideraciones filosóficas acerca de los chascos que en esta miserable vida lleva el hombre un día y otro día.