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Ascensión aerostática

La Revista Española, 30 de abril de 1833

No nos habíamos equivocado al anunciar para la tarde del domingo 28 del corriente la ascensión aerostática de don Manuel García Rozo. La más brillante concurrencia, llamada al parterre del Retiro por los anuncios que públicamente se habían fijado, nos presentaba, en uno de los más amenos sitios de esta capital, reunida la parte escogida de la población: la hermosura, la gracia, las brillantes y peregrinas galas de nuestras madrileñas, el lucimiento de la reunión y la presencia, sobre todo, de Sus Majestades y Altezas, que se dignaron honrar esta función, hacían de ella una de las más vistosas y solemnes que pueden verse en un gran pueblo.

Una ascensión aerostática es efectivamente un espectáculo vistoso y admirable; el descubrimiento de los globos es acaso el más asombroso de que puede gloriarse el entendimiento humano.

José Montgolfier, nacido en Darvezieus el 6 de agosto de 1740, ha inmortalizado su nombre con este descubrimiento, y no creemos ajeno de esta ocasión el dar una breve idea a nuestros lectores de la historia de este invento, cuyas utilidades apenas pueden preverse todavía, pero que ya ha prestado no poca luz a una infinidad de investigaciones físicas de la mayor importancia.

Montgolfier concibió la primera idea de sus globos en Avignon, a fines del año 1782; allí pensó la primera vez acerca del poder del aire enrarecido, e hizo su primera aplicación soltando públicamente un globo en junio de 1783 en la ciudad de Annouai. La concurrencia se asombró al ver al aeróstata lanzándose en las regiones superiores y navegando en medio de ese espacio, que poco antes se había creído ser el vacío absoluto.

No bien hizo su primer ensayo el célebre Montgolfier, todos los físicos de la época quisieron repetirle, y los más trataron de perfeccionar este invento, rústico todavía en su nacimiento. Monsieur Charles tuvo la feliz idea de encerrar en su leve globo un gas mucho más ligero que el aire: escogió el menos denso de los gases, que a poca costa puede obtenerse, el hidrógeno, llamado también aire inflamable, y que es quince veces menos pesado que el flúido que nos rodea. El diámetro de su globo de tafetán no era sino de doce pies; su capacidad, de novecientos cuarenta y tres pies cúbicos. Hizo su primer ensayo el 27 de agosto de 1783, en París, en el campo de Marte, a vista de un pueblo numeroso que la curiosidad había reunido.

No tardaron mucho varios físicos en concebir la intrépida idea de arrojarse a las regiones superiores, y poco tiempo después la realizaron el célebre Pilatre des Rosiers y D'Arlandes, colocándose en una barquilla desde la cual alimentaban el fuego que mantenía la dilatación del aire interior del globo. Esta máquina, del peso de más de 1.600 libras, se elevó a 300 pies de altura, pero siempre retenida desde el suelo por medio de cuerdas.

Faltaba, pues, emprender una prueba más peligrosa, arrojándose a navegar en el aire en un globo abandonado a sí mismo y a las vicisitudes de los vientos; y aquellos mismos físicos la efectuaron, elevándose en el Bois de Boulogne, y subiendo a la altura de 500 toesas. Empero se había hecho por el sencillo método de Montgolfier, y no se tardó en conocer que presentaba hartos riesgos: el combustible que tenían que emplear, los peligros a que el fuego los exponía, y el cuidado que requería este aparato de los físicos, los cuales no podían entregarse a sus observaciones científicas, hizo adoptar el medio del hidrógeno, indicado por M. Charles, cuyo nombre se asoció desde entonces al de Montgolfier por lo respectivo a este gran descubrimiento.

En diciembre de 1783, Mm. Charles y Robert subieron por medio del gas hidrógeno, y de entonces acá este medio ha sido el generalmente adoptado para estas ascensiones aerostáticas.

Los más célebres viajes aerostáticos son: el de Pilatre des Rosiers, el primero de cuantos se han atrevido a emprender estas asombrosas navegaciones, pero que desgraciadamente fué víctima de la imprudencia que cometió queriendo combinar ambos métodos, el de Montgolfier y el de Mr. Charles. 2.o El de Zambeccari, que pereció víctima también de una empresa mal concebida y peor dirigida. 3.o El paso del estrecho de Calais, verificado por Blanchard; edificóse una pirámide para solemnizar su intrepidez. 4.o El de la viuda de Blanchard, que murió abrasada por la imprudencia que cometió llevando consigo fuegos de artificio. 5.o El peligroso experimento en que Mr. Garnerin, padre de la que tuvimos en Madrid años pasados, y célebre físico, se desprendió del globo por medio de un paracaídas, usado por primera vez, y del cual salió con toda felicidad.

La física no había recogido, sin embargo, ningún fruto de su gran descubrimiento; pero Mm. Gay-Lussac y Biot, sabios bien conocidos en las ciencias exactas, verificaron una ascensión, la más notable por sus resultados útiles a los progresos humanos, en la cual hicieron varios experimentos sobre el estado eléctrico, el magnetismo y la constitución particular de la atmósfera en las regiones superiores.

Mucho sentimos que los límites de este artículo no nos permitan extendernos sobre esta interesante materia; dejando, empero, para otro número el mecanismo de los cuerpos aeróstatas, no podemos menos de observar que parece que una especie de fatalidad se opone constantemente a que el pueblo de Madrid vea este asombroso espectáculo.

La ascensión de Bealètti, en tiempo del señor Carlos IV, la de Robertson, la de madama Garnerin, y la de nuestro español Rozo, todas se han desgraciado. En vano esperó el público, ansioso, en la tarde del 28 la prometida ascensión: Rozo ponía en ejecución todos sus medios posibles: el globo, sin embargo, no llegó nunca a henchirse. ¿A qué atribuir esta rara coincidencia de desaires en un punto solo del orbe?

Si se nos demuestra que un aeronauta que ha dado pruebas de conocimiento y valor en sus anteriores ascensiones, ejecutadas en varios puertos de mar, en uno de ellos en presencia de un príncipe augusto, hermano de nuestro amado Rey, puede tener algún interés en abusar de la credulidad de un Soberano justo y de un pueblo; si esto se nos puede explicar y probar, convendremos con las hablillas del vulgo ignorante, que no ve en todo sino malicia y artería.

Pero una ascensión aerostática, una complicada operación física, no es una función de volatines. Mil circunstancias desgraciadas pueden atravesarse a malograrla; la ineptitud de los operarios, la insuficiencia o mala calidad de los ingredientes, la menor malicia acaso puede traer los resultados más funestos y no está siempre en la previsión ni en las fuerzas del hombre arrollar todo los obstáculos. Mucho habrá sufrido el público desairado; más creemos, sin embargo, que habrá sufrido el desventurado aeronauta. Compadezcamos, pues, su desgracia, y esperemos que será más feliz en otra ocasión.

No sabemos a cuál de las razones indicadas podremos atribuir la desgracia ocurrida. Algunos han creído que pudiera acaso el viento que azotaba el globo haber influído en que el gas, retrocediendo hacia el aparato, no pudiese nunca henchir la vasta capacidad de la tela barnizada. Si esto pudiese ser cierto sería todavía más digno de piedad y consideración el señor Rozo.

Todas las desgracias parecían haber sido llamadas al punto de la reunión. Cuando ya se había perdido la esperanza de ver subir el globo, una lluvia violenta e intempestiva se arrojó sobre los espectadores. SS. MM. se retiraron, y el público, malhumorado, se precipitó seguido por las hiadas pluviosas, dentro de las calles de Madrid, buscando en sus casas un amparo contra la inclemencia, y en sus conversaciones un ligero desahogo contra las vicisitudes de tan malograda tarde.

Por lo demás, tenemos la satisfacción de anunciar que reinó en la concurrencia el mayor orden, y que el público de Madrid dió en su compostura una nueva prueba de su ilustración y del respeto profundo de que está penetrado, siempre que se halla en presencia de sus augustos Soberanos.