Proyecto Mariano José de Larra en Internet

Primera representación de "Un año o el casamiento por amor", drama en tres actos.

La Revista Española, 4 de enero de 1833

Ancelot, uno de los mejores ingenios franceses del día, ha querido manifestar los inconvenientes de los matrimonios desiguales en este drama, en el cual, siendo dueño de un asunto que sin mucha dificultad hubiera producido una buena comedia clásica, ha querido pagar tributo a las innovaciones de los románticos, dando un ensanche al tiempo de la duración de su fábula, y presentando a la vista del espectador tres cuadros distintos en que, progresivamente, y siguiendo la marcha del corazón humano, desenvuelve a nuestros ojos las funestas consecuencias de estos enlaces poco meditados.

El conde de Sierra Blanca, joven arrebatado y perdido de amores por una bonita, pero simple costurera, no duda un momento en sacrificar a su amor las ideas de grandeza, el orgullo de su clase y las que él llama entonces preocupaciones humillantes para la virtud mal nacida; inútiles son las reconvenciones de una madre experimentada; una fatalidad invencible conduce al hombre a no ceder sino a la voz de la experiencia, y en un arrebato, hijo de las contradicciones imprudentes que sufre su pasión, proclama condesa de Sierra Blanca a la modesta costurera.

No tarda mucho tiempo el Himeneo en destrozar la venda del amor; y el conde, satisfecha su pasión, y solo días y días en una quinta con su esposa, no puede por menos de ver en ella a la Luisa mal educada con quien se enlazó. En balde pugna por darle una segunda educación que destruya la primera; los buenos modales, el buen tono, sólo se pueden aprender naciendo y viviendo entre ello: todos los esfuerzos del conde no bastan a nivelar a Luisa con la alta clase, y sí a apartarla de la baja. Luisa se ve humillada a cada instante en la clase en que es intrusa, y ya no pertenece a la suya; inútilmente huye de aquélla para restituirse a ésta; ya no es la costurera de antaño; ella es la primera que no puede tolerar la ordinariez de sus antiguas amistades. ¡Cuán infeliz no debe ser Luisa! Para colmo de su desdicha, la educación, las maneras, el lenguaje, son las únicas circunstancias que establecen en un matrimonio aquella armonía, única base de la felicidad; cuando son distintas en dos consortes, éstos llegan a no entenderse siquiera, y esas etiquetas y monadas , como las llama en la comedia el tío Buitrago, padre de la desventurada Luisa, y el vulgo, tienen desgraciadamente la mayor importancia en la común vida de los esposos. No basta la virtud, no basta la riqueza para ser feliz. De aquella fatal discordancia nace en el conde la tibieza, y de esta tibieza, la preferencia que no tarda en conceder a otra mujer, hasta que su esposa, sabedora de su desgracia y no pudiendo resistir a la idea de verse humillada y envilecida hasta en su propia casa, y a los ojos de su adorado esposo, pone término trágicamente a su existencia.

Además de los defectos que el público ha creído deber encontrar en este drama, hay quien atribuye su caída a no hallarse enteramente en nuestras costumbres, y a la tendencia que tiene, según muchos, a separar las clases, que se hallan aquí más confundidas e identificadas que en parte alguna; sólo de esta manera se explica la razón de haberlo coronado de aplausos el público de París no hace dos años, aún en sus primeras representaciones.

El público de Madrid lo ha silbado horriblemente; después de este fallo no tratamos de disculparle, por más que sea de Ancelot, y que veamos en él un objeto moral de grande importancia; sólo sí diremos que en nuestro entender hubiera podido tener un éxito menos desgraciado, con todas sus faltas, si el público de Madrid hubiera visto representado con todo su color el drama de Ancelot. La culpa está, pues, en los actores , nos interrumpirán. Tampoco creemos que tal ni cual actor tenga la culpa, porque no nos parece que baste que este actor o aquella actriz representen su papel menos mal o mejor que los otros. Esto podía bastar en nuestras comedias antiguas, donde no se veían por lo general caracteres distintos conspirando a un mismo fin, ni sentimientos ni pasiones; donde se harían floridísimas relaciones llenas de bellezas literarias para que las recitasen de memoria la dama y el galán, muchas gracias para que las dijesen el gracioso y la graciosa, y muchas sentencias para que las predicase el barba. En las comedias modernas de costumbres el actor no es nunca el órgano de que se vale el poeta para hacer saber al público sus redondas cuartetas y sus alambicadas metáforas, sino el personaje que representa; variando a veces de matices delicadísimos en su carácter, o de situaciones inmediatas y diferentes, pero parecidas, como con la Luisa de este drama nos acontece.

Es indispensable, pues, que cada actor dé a su papel el color que no pudo con la pluma prestarle el poeta, y que cree su carácter, copiándole de la sociedad, de la misma fuente de donde aquél le tomó; para lo cual es preciso que el actor tenga casi el mismo talento y la misma inspiración que el poeta, esto es, que sea artista. Y no basta que cada actor de por sí llene estas indicaciones; es después de esto de primera necesidad que concurran todos armoniosamente a un fin.

Sería muy puesto en razón, a nuestro parecer, que las campanillas no sonasen hhasta que las tocasen; lo demás es inverosímil y peligroso.

Vanitas vanitatum et omnia vanitas.
nach oben - hacia arriba © 2000-2011 Torsten Rox-Edling - Contactar